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Una tarde cualquiera de marzo de 2020

Escuchar la radio y oír una voz conocida tantas veces como quieras es lo bueno de los podcast. Fuera, se oyen las palmadas de las ocho de la tarde. Una recomendación de una oyente y Tamara habla de música y libros. La música de “El latido de la tierra”, de Luz Gabás pone música al programa y a la tarde. Oscurece en la isla pero aún se ve el cielo gris. Laya ladra al oler a Bimbo, el perro de los vecinos. La calle es empinada, con casas de piedra antigua. Son casa centenarias, algunas restauradas, otras menos. Pasa la policía y el pickup de protección civil, con música y bocinazos, también hacen sonar las sirenas. Subo el sonido del ordenador. Somos pocos vecinos. Yo no salgo a aplaudir. Aplaudiría a los enfermos, a los familiares de los muertos, a los que tienen que enfrentarse a la reducción de ingresos por los ERTES . David Bowie canta “Absolute Beginners”, sigue el programa. Mi compañero de vida sube a verme y detrás Nima. Ya es de noche . Los mensajes de WhatsApp continúan llegando. Añoro a la familia y pienso en los días que no fueron. Pienso en mi madre y agradezco que no haya vivido este marzo de 2020, sus pulmones y su corazón no hubieran resistido. Tuve la suerte de poder darle el último beso.

Pienso en el abuelo de noventa años que se ve sólo en el medio hostil, frio, de gente enmascarada. Le pinchan, le conectan tubos a maquinas que meten ruido. No entiende nada y su familia no sabe cómo se encuentra. Probablemente no aguantará y no le pondrán decir adiós. Monica Naranjo canta Sobreviviré. Apago el ordenador. Son las ocho y media. Hora de hacer la cena. Mañana, un día menos para ver los campos de Castilla y las olas del Cantábrico.

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No puedo gritar

Dejé de pensar en escribir un diario del confinamiento cuando me enfrenté a la realidad de mi hospital y a la realidad de mis sentimientos cuando volvía a casa. Hasta entonces había permanecido alerta ante un probable contagio que no fue.

Sentí la necesidad inminente de desconectarme de la realidad más absoluto, la del estado puro de los pacientes, de los trabajadores de la sanidad, de las cifras y de la falta de material. De nada servía, ni sirve, gritar que pongan medios de protección cuando no hay. De nada sirve que hay que proteger a la población y a los propios enfermos que aún no han sido presa del virus devorador. Gritos en el desierto e impotencia. Como la impotencia que vivo cada mañana al recibir noticias oficiales. ¿Tiro la toalla? ¿Qué puedo hacer? Nunca me asustó el contagio, ni de covid 19 , ni de TBC, ni HIV, ni de los miles de virus que pululan por el hospital y por la calles. Me asusta la impotencia, la inacción. Me dan terror las lágrimas que derramo al llegar a casa. Cifras que no decrecen, compañeros que aumentan en positivos de PCR. Busco respuestas en la información y nadie da una explicación clara, un porque, un hasta cuándo, una solución. Las hipótesis me matan.

Mi cabeza permanece bajo el ala de esa avestruz en la que a veces me convierto o me obligan a convertirme. Y es que me gustaría tanto poder tener poderes y, con una varita mágica que no tengo, dar unos golpecitos y hacer que todo termine, y que termine bien, y que recuperen la vida, y que todos se abracen a la familia o a los amigos, o que no se abracen pero que puedan respirar el aire puro que ahora, en estos días, es mas puro.

Del cautiverio no siento ansiedad. Siempre fui de estar en casa. Mi vida me enseñó a permanecer sin ir a jugar con los niños al parque, tampoco recuerdo cumpleaños de otros amiguitos, no tuve infancia en la calle. Mi infancia transcurrió recluida de casa en casa y también en mi casa. Así aprendí a entretenerme con cosas, con cualquier cosa, desde la radio hasta imaginar otros mundos, otras historias o esconderme bajo las faldas de una mesa capilla en la que no había brasero.

En mi adolescencia entraba y salía, pero entraba mas que salía. Entraba con amigas que reían y cantaban sentadas en el sofá de aquella diminuta salita, en donde celebrábamos cualquier cosa o ninguna, pero en lo que mas importante era estar juntas porque éramos amigas.

Puedo permanecer días leyendo, escribiendo, cocinando, o plantando esquejes de las pocas plantas que tengo en mi patio. Alguna película. He descubierto que en Instagram también recitan poesía y que los cantautores que aún no se han llenado los bolsillos o que no se han vendido a gobiernos, dan conciertos para hacer más corta la falta de libertad.

No salgo a dar aplausos a los sanitarios. Porque fuimos recortados y maltratados por dos gobiernos que no supieron valorar nuestro trabajo, porque entonces no fuimos héroes como tampoco lo somos ahora. Porque no quiero homenajes para limpiar conciencias que no vieron ni reconocieron lo importante de una sanidad pública y de calidad, garante de la salud de todos nosotros.

Sábado y domingo, no quiero saber la realidad de muertos , de infectados, de pacientes en UCI o de aviones que aterrizan prometiendo material.

No dudo del esfuerzo de los políticos, ni de los gestores de la sanidad. No critico a los ciudadanos que sacan a su perro a pasear una docena de veces al día. Tampoco las multas a quien no cumple la ley. No culpo a nadie hoy. Culpo a los de ayer, a los que se cargaron todo. Culpo a quien no nos oyeron. Culpo a los que buscan como locos personal que sustituya a los que yacen en las camas de los mismos hospitales en donde dejaron su vida todos estos años de escasez .

Y sigo aquí, frente a la pantalla. Porque sólo nos queda la palabra y la esperanza. Con la humedad permanente en unos ojos que languidecen, con el corazón oprimido y ese dolor en el pecho que no se va, ese dolor de impotencia y ansiedad de una batalla perdida contra gigantes que no son molinos en soledad.

Mi grito está mudo y sólo quiero evadirme a otros mundos, a otros pasados o a otros futuros, pese a que el futuro …sabe Dios que pasará en el futuro.

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Diario de un confinamiento

Reflexiones

Segundo día de confinamiento y sexto día de mi reclusión. Jamás había recibido tantos chistes absurdos en mi WhatsApp. Me río por no llorar, como dice el dicho. La verdad es que aunque madrugue, el día me pasa demasiado rápido. ¿Y dicen que la gente se aburre en casa y quieren sacar al perro que no tiene, cada dos horas? Me vuelvo a reír.

El país ha dejado de tener las noticias habituales en los telediarios. Todo un programa de televisión hablando sobre la pandemia. Y ese tono melodramático que pone el Ferreras… Que ya lo sabemos, que hay que quedarse en casa y que si tienes síntomas hay que llamar al 061. ¿Qué se muere gente? También lo sabemos. Me gustaría saber qué otras enfermedades añadidas tenían, porque no les hacen autopsia. Eso, ¿a qué no lo sabías? Claro no te has leído el protocolo de manejo de los cadáveres del Ministerio de Sanidad. Si no trabajas con enfermos y muertos, lógico. A nadie le importa lo que hacen con ellos. A los familiares igual sí, no sé. Pero seguro que tampoco conocen el protocolo .

Y es que la gente no lee, ni tampoco atiende cuando se le explican estas cosas que pasan estos días. Probablemente si no fuera que a mi me preguntan por múltiples casuísticas… tampoco me interesaría saber si primero hay que poner la mascarilla o los guantes, o si te pueden despedir si la empresa hace un ERTE, o si puedes ir a la peluquería, o si te encontrarás abierto el chino de debajo de casa que vende fruta y tornillos, o si puedes tomarte algo tranquilamente en la panadería que hace uno de los mejores chocolates del barrio. Son tantas cosas nuevas para memorizar que, claro, hay que hacer un gran esfuerzo mental para retenerlas todas juntas.

No nos queda nada de estar en casa…Te aconsejo que si no te gusta escribir ni leer y te cansan los programas de la tele, las series y las pelis, te pongas a colocar los armarios a lo MariKondo que después vendrán los llantos y dirás que no tienes tiempo.

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La navidad de Paula

El año nuevo comenzó como un día mas de cualquier mes, de cualquier año. Para cenar pan y cosas, como acostumbraba llamar a las cenas con fiambre y embutidos. Agua con gas para beber y de postre un par de galletas con chocolate. La única diferencia de la noche vieja, con el resto de las noches del año, era el insistente sonido del móvil, con mensajes en las redes sociales y en el whatsapp. Este año no fueron tantos como en otras ocasiones. La familia se repetía enviando fotos de los más peques. Las amigas no estaban de humor para selfies, ni para chistes. Dos divorcios y el tercero en camino era el balance del año que terminó. La televisión sólo se encendió para ver el vestido de la locutora dando las campanadas. Este año había cambiado el habitual semidesnudo por una coraza de metal terminada en una tela negra. No se sabía si quería imitar a la estatuilla de los “oscar” o a una armadura medieval remasterizada. Después de haberse sorprendido del atuendo, cambio de canal. Las sorpresa continuaba en el canal autonómico, un programa musical con un par de grupos que parecías sacados de una verbena de los años setenta. No salía de su asombro y alternaba la pantalla de televisión con la del móvil. En ninguna de las dos había nada interesante. Lo cierto era que hacía mucho tiempo que no había nada interesante, salvo alguna serie de pago o la descarga de algún libro. A eso de las dos de la madrugada, los ojos se cerraban y decidió que ya se había terminado la noche vieja.

La mañana de año nuevo transcurrió lentamente, procastinando, y con numerosas visitas al baño. Cogió frío y la molestia en el bajo vientre protagonizó la mañana. No tenía planes. Nadie la había invitado a comer. Tampoco tenía ánimos para preparar una comida especial. Odiaba las fiestas del principio al fin y estas navidades estaba aún mas reticente a cualquier tipo de celebración. Consideraba que todo aquello no era mas que un periodo en el que la hipocresía, el cinismo y el consumismo aumentaban de forma exponencial. No soportaba las reuniones familiares, ni las cenas de empresa, ni los reencuentros con amigos de los que el resto del año no sabía nada. Hubiera preferido coger un avión hacia el otro lado del mundo pero el sueldo sólo le permitia regresar a la cabaña heredada de sus padres en el norte del país. Y en la calle multitudes de personas iban de un lado a otro cargados con paquetes y bolsas. Pocos sonreían. Muchos se quejaban de los precios y del gentío que había en los grandes almacenes. En los bares y en los restaurantes era difícil encontrar una mesa en donde poder sentarse tranquilo a tomar un café o a comer cualquier cosa. Las luces que adornaban las calles le parecía un gasto innecesario. Todo aquello le parecía un gran show.

Un día, hacía muy poco, le preguntó a una amiga si no le daba vergüenza gastarse mil doscientos euros en un teléfono móvil cuando seres humanos, de países cercanos, se estaban muriendo de frío o ahogados en medio del Mediterráneo. A ello su amiga le contesto que su dinero lo gastaba en lo que le daba la gana, que para eso era suyo. En aquel momento, Paula se levanto, fue a la barra a pagar, después volvió a la mesa en donde estaba su amiga, cogió su abrigo y se fue sin mediar palabra.

Ahora pensaba si no hubiera sido mejor explicarle que con lo que le había costado su móvil nuevo había gente en el mundo que era capaz de comer durante varios meses. – Total a ella le da lo mismo, ¿para qué perder el tiempo con explicaciones? A esta no las sacas de su zona de confort ni aunque esté completamente arruinada – Se lo dijo al espejo que tenía en una mano, mientras con la otra se quitaba pelitos que le habían salido en el entrecejo.

Cuando acabó de depilarse se levantó del sofá, fue a la cocina y de la nevera saco el brik de leche y el bote de cacao. Abrió la puerta del microondas y puso a calentar el liquido con el cacao disuelto. Cuando estuvo listo, sacó un paquete de galletas y con todo en una bandeja se fue al salón. Eligío una película y merendó.

En el trascurrir de la tarde dio paso a otras cosas cuando termino la película, algunas lecturas y un poco de escritura, nada especial, ni siquiera había quitado el pijama desde hacía un par de días.

Cuando llegó la noche pensó que nada había cambiado de un año a otro, sólo el calendario que tenía colgado en la puerta de la cocina.

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Urueña. Un lugar para leer.

Los árboles bailaban con el viento o debería decir con los vientos porque sentía que me arañaba por todos lados como si viniera cargado de cristales rotos. Coloqué la bufanda de colores a modo de pasamontañas sin quitarme los mitones. Cuando los tejí no recordaba el frío de los Campos de Valladolid. Demasiado tiempo de aquel diciembre del noventa y siete cuando, de camino al trabajo en la ciudad, se hacían escarchas de hielo en mis pestañas. En las gafas, las gotas de lluvia no me dejaban ver las casas de adobe. Subí la cremallera del anorak. La muralla medieval no era capaz de detener el temporal. No supe si porque era domingo de diciembre o porque vivía muy poca gente en el pueblo, éramos los únicos transeúntes deambulando por el adarve y los cubos. Desafiando a Meteo, quería ver los campos que en aquellos días se teñían de verdes. 

Un turista, con la misma cara de frío que yo llevaba, se cruzó sin mediar palabra. Un hombre con ropa de trabajo nos dijo buenos días.

En la plaza vi un cartel que ponía “librería”. En el cristal un cartel con el horario. Faltaba menos de media hora para el cierre. Sin dudar, abrí la puerta de madera y cristal, la de la derecha. No sonó ninguna campanilla ni el maullido de ningún gato. Olía a papel y madera. Una pared con fotografías en blanco y negro, de políticos y presidentes, se habían hecho hueco entre los libros; justo enfrente de la puerta, como queriendo recibirnos. Las fotos eran originales, se notaba. Eran fotos hechas desde distancias relativamente cortas. Eran imágenes que recordaba de haberlas visto en algún lugar. Supuse que la imaginación me estaba haciendo una jugarreta o que tal vez fueran similares a las de algún periódico o fueran premios de foto-periodismo. Al fin y al cabo las fotografías a políticos y presidentes se repiten a diario en cada periódico. Volví a mirarlas con más detenimiento. Allí también había imágenes de conflictos armados, de países en guerra.  Recordé a Bauluz, pero aquellas fotos no eran de Javier. Me giré y vi una vitrina de cristal que guardaba unas cuantas cámaras fotográficas. Todas reflex, todas profesionales. Aquel lugar era un lugar mágico. Contenía mis dos pasiones: fotografía y libros. Las estanterías de madera cubrían las cuatro paredes de la estancia repletas de libros que llegaban a un techo también forrado de madera. Me sentí nerviosa, como un niño en una tienda de juguetes. No sabía para dónde mirar. Los ojos no acertaba a leer los títulos. Aquel pequeño lugar era la librería que siempre había soñado tener. Respire hondo. Vi un libro de Leguineche entre otros muchos títulos que conocía. Pensé en comprarlo. Luego se me olvidó. La emoción no me dejaba buscar y elegir como lo suelo hacer cada vez que me pierdo en una librería. Había muchos libros de viajes. En un montón, sobre la mesa central vi que Urueña era el título de un pequeño libro que parecía una guía del pueblo. Movida por un resorte invisible cogí el libro y sin mirarlo me fui al fondo de la librería. Allí estaba Tamara. Su nombre lo supe después de la visita a Urueña. Le pregunté por el libro que tenía entre mis manos. Me explico que era de imágenes de fotos que Fidel Raso había tomado en distintos momento. Le pregunté si tenía más libros sobre el pueblo. Me enseñó otro, más técnico, más histórico. Una cosa llevó a la otra y entablamos una conversación. Yo quería saber todo sobre aquel pueblo de Castilla que salía en las guías de viajes y en algún artículo sobre libros. Era la Villa del Libro y no lograba entender cómo y por qué aquel pueblo tuviera la fama de ser el pueblo en dónde más librerías había por número de habitantes. Al principio noté cierta extrañeza ante mis preguntas sin atisbo de gesto alguno, esa intuición que casi nunca me falla y que me hace sentir lo que nadie ve. Pero ella, respondiendo a mis preguntas, fue contando cosas del libro, del pueblo, de la librería. Pausadamente, sin prisas. En Urueña no parecía que alguien tuviera prisa. Yo si tenía prisa. Esa prisa por no llegar a ningún sitio. Nadie nos esperaba y teníamos unas vacaciones sin planes. Tamara nos contó su amor por los libros viejos y nuevos. Algunas peculiaridades de aquella librería más parecida a una biblioteca particular que a lo que los grandes mercados de libros nos han acostumbrado. Su voz dulce y suave, de ritmo acompasado hacía que fuera un placer escuchar sus explicaciones. 

Perdí unos instantes la noción del tiempo. Me hubiera gustado quedarme allí mismo, en un rincón, viendo pasar los días y los viajeros de Urueña. Haciendo cualquier cosa, ayudando en cualquier tarea. Sin importar salario, vivienda… nada. No necesitaba nada para disfrutar de aquel paraíso de calma repleto de historias. La admiraba. Tamara debía tener mi edad y allí estaba entre sus libros haciendo probablemente lo que más le gustaba hacer, leer; apartada del mundo y tan sumergida en el.

Nos contó que en el club social se comía bien si lo que queríamos era tapear. Que no nos extrañara lo de “centro social”. Volví a imaginar… un lugar llenos de mayores ociosos contando batallitas o un centro con televisión y un futbolín con la música a todo volumen en dónde los jóvenes del lugar tramaban sus fiestas. No. El Centro Social era eso mismo, literalmente un centro social. Fuera de las murallas, más parecido al bar del pueblo que a los antros que me había imaginado. Tenía varias estancias y por los carteles vi que también era el consultorio de un médico que pasaba visita un par de días a la semana. También debía de tener una sala en dónde hacer eventos. A la derecha, según se entra, está el bar; cuatro mesas y la barra. En una de las paredes la carta. El camarero de nuestra edad o de la edad de Tamara, atendía a los lugareños en la barra y a otros clientes de las mesas. Quitamos nuestros abrigos y enseguida, una mesa quedó libre. Pedimos un caldo, unas carrilleras y queso de cabra con cebolla caramelizada. La presentación era exquisita y la comida espectacular. 

Urueña, es sin duda la sorpresa del año que acaba. El lugar para perderse entre sus calle, por sus caminos y encontrarse leyendo un libro a la sombra de su ermita románica. Sacando fotos a las mañanas de niebla o a la recogida del cereal. Conversar tranquilamente con esas gentes del campo que mirando al cielo te dicen lo que pasará mañana. O simplemente viendo pasar el tiempo lentamente en alguna plaza o corro, como dicen allí.

A Tamara se le olvidó contarnos que el libro “Urueña. Un destino de primera”, lo había escrito ella, si que dijo que las fotos eran de Fidel Raso; pero la brevedad de la visita fue tiempo suficiente para descubrir sin querer que había conocido a una periodista amante de la buena literatura, de los viajes y de los gatos. Una mujer, de esas pocas que existen, llenas de magia que te gustaría tener cerca y compartir historias tomando un té y un pedazo de tarta de manzana.

Regresaré a Urueña cuando Bóreas se duerma. Oleré las amapolas, el tomillo y la lavanda, los endrinos y los rosales silvestres. Entraré en sus museos.Y por la noche, con una copa de vino, escucharé a la lechuza ulular y leeré uno de esos libros que te hacen viajar.

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Tarde de lluvia

Cuando la tormenta amainó y dejó de llover, salió del portal y se volvió al coche, arrancó el motor y conduciendo despacio se fue a su playa favorita. Aparcó frente al muro que separaba la calle de la playa de arena. Sacó su e-book, lo encendió, seleccionó la última pantalla que había leído para retomar la lectura del libro que desde hacía horas estaba leyendo. Comenzó a imaginar que era Laura. No importaba quien fuera Miles, tan sólo deseaba sentir la atención que el escocés procuraba al amor de su infancia. Que la historia transcurriera en Palma era circunstancial pero le gustaba poder identificar los lugares por dónde pasaba la protagonista. Al fin y al cabo, aquella también había sido su ciudad.El repiqueteo de las gotas de lluvia en el capó del coche hizo que su mirada enfocará el infinito. Un infinito incierto y sin norte. La calle estaba vacía y el mar que tenía delante rugía y saltaba chocando contra las rocas. La arena se había vuelto oscura. El olor a arena mojada y salitre le recordaba los días de verano de su infancia. Todo se había vuelto oscuro. Bajo la mirada y siguió leyendo. Dentro del viejo Ford Focus se sentía a salvo. Atrás quedaban los recuerdos de una juventud repleta de nombres y algunas pasiones. Continúo leyendo la novela escrita por su amiga, deseando que no acabara. Escuchaba la voz de los personajes como quien escucha desde lo alto de la escalera la conversación de los amigos. Su imaginación inventó el aspecto de los protagonistas y el decorado de la escena. -Sin duda Laura debe ser María- pensó. El personaje se le parecía, aunque la protagonista era bibliotecaria y su amiga era enfermera. Aquella no recordaba en nada a su historia pero de igual modo le encogía el alma. Sentirse amada era cuanto había deseado en su vida. Conocía muy bien lo que era desear a quien no te desea. Le habían herido muchas veces, pero el último dolor que sintió hizo que dejara todo y se fuera. Fue en primavera cuando rompió su universo ideal, su microcosmos perfecto y sin despedirse de sus amigos abandonó su vida para comenzar un nuevo capitulo de su propia novela. Tal vez, ahora fuera la oportunidad definitiva de lograr la felicidad. Aún intentaba recuperar los trozos rotos para intentar recomponer sus ganas de vivir, pero las cosas no estaban resultando fáciles y el miedo le impedía avanzar. En aquella tarde de tormenta decidió silenciar su móvil y evitar dar explicaciones. La tormenta regresó y se hizo oír en fuertes truenos que retumbaron como si fueran explosiones. La lluvia caía ahora con más fuerza. Miró por la ventanilla y vio como un río de agua de lluvia arrastraba los  restos de hojas, envoltorios y toda la suciedad que había por el suelo. El cielo se había pintado de negro y la luz del día se convertía en oscuridad. Sólo eran las cinco de la tarde de aquel jueves del mes de septiembre.

Un escalofrío le erizó la piel al ver aquella silueta desdibujada por la lluvia en el cristal inmóvil al lado de la ventanilla del copiloto. Parecía una mujer conocida, incluso su ropa le resultaba familiar. Cerró fuertemente los ojos cuando se dio cuenta que aquel parecido le recordaba a su abuela. Al abrir de nuevo los ojos, la imagen había desaparecido pero en su interior algo le producía una gran inquietud. Encendió el móvil y los tonos del whatsapp se sucedieron alertando de un montón de mensajes. Sólo uno llamó su atención _ He visto en Facebook que hay inundaciones graves ¿estas bien?. Por favor llámame. Te amo._ Volvió a desconectar el móvil mientras corrían las lágrimas por sus mejillas, la silueta de aquella mujer le había traído recuerdos que creía olvidados. Continuó leyendo el libro hasta que al final de la tarde salió el sol y escuchó las campanas de la iglesia. Miró la hora en el móvil. Se había hecho muy tarde. Miles y Laura estaban juntos e iban a tener un hijo. Bajó la ventanilla y miró a su alrededor comprobando que no hubiera nada que le impidiera irse de allí. Arrancó el coche, puso la radio y con una maniobra rápida salió del aparcamiento dirigiéndose al pueblo.

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Domingo

Hoy, es un domingo de esos en los que los planes se posponen, un domingo de desayuno lento entre legañas, la cama revuelta y café humeante. Las manecillas del reloj avanzan a su ritmo. Mojo los suspiros que me recuerdan la infancia, dentro de la taza, con la voracidad de quien no ha cenado la noche anterior.

El café no desempolva la modorra, los planes toman forma de sueño bajo la luz del sol de invierno. Esa luz que a hurtadillas llega al sofá y se va hasta la cocina, y que me obliga a cerrar los ojos.

Probablemente, en un rato, cuando el sol este detrás de la montaña y haya que encender la lámpara, pensaré en esa excursión que no hice, en esa aldea que no visité.

Pero al cuerpo hay que escucharlo y de tanto en tanto mimarlo, acunarlo y dejarlo dormir bajo el resplandor de diciembre, en casa. En esta casa de risas y llantos. En esta casa de recuerdos en dónde siempre está ella. En donde ya no chocan los cacharros en el fregadero; la televisión no habla y habla de buena mañana; donde el ruido de la lavadora enmudeció en la noche; la cocina dejó de quemar el carbón y la chapa se oxida; ya nadie entra y sale al corredor para encender un cigarro y lanzar el humo al aire y la colilla a la calle; el vendedor de cupón dejó de pararse delante de casa, el panadero ya no aprieta el claxon del furgón; ya pocos venden por los pueblos.

Veinte años después queda el silencio y la pereza de veinte años más viendo pasar el tiempo, asomada, mirando al  valle, con la presencia de tu recuerdo.

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La playa

Llegamos a la playa cuando la luna se reflejaba en el mar. El Pantaleu era una silueta abultada y oscura a unos metros de la orilla. Se quitó la ropa y desnuda fue sumergiendo todo su cuerpo con la lentitud que obliga el frío del agua en el calor del verano. Seguí sus pasos.  El bañador apretaba la barriga, intentaba levantar el culo y sujetar unos pechos que habían perdido la consistencia de la juventud. Conocía el fondo de arena. Evité nadar a la derecha para no hacer pie encima de las rocas aristadas que el agua tapaba. Tres brazadas y casi había alcanzado las boyas que prohibían el paso de los veleros. Oía cómo los cables de acero chocaban contra el palo mayor. Una tenue luz roja y otra verde marcaban el lugar exacto del balanceo del Simpsom.  Sí. Un día logré navegar hasta allí. También me tiré al agua desde el Peregrino, en aquella misma cala. Hay lugares que siempre son destino para una historia. Metí la cabeza bajo el agua como queriendo limpiar de mi memoria aquellos recuerdos, aquella tarde de besos robados y copas vacías, lo malo y lo bueno, el pasado y el presente. No fueron suficientes las inmersiones para despejar de mi cabeza las incógnitas de mi vida.

En la orilla, él me observaba, pensando en que todo había sido una pesadilla o tal vez ni siquiera pensaba en mí.

Pasaron los años. No volvimos a bañarnos en aquella playa. De tarde en tarde nos robamos besos.  Él posa su mano en mi pierna y sonríe. Yo, sigo soñando.   

Ya nos queda poco. ¡Ánimo!

Marzo, abril, mayo y ya estamos en junio. Seguimos con el Estado de Alarma en vigor. Han obligado el uso de las mascarillas. Los comercios, los bares y hasta las grandes superficies están abiertos al público. En los funerales no se pueden dar abrazos ni besos. Los parques infantiles están cerrados pero los niños juegan en las calles. Y así podría ir diciendo cosa por cosa; cada uno de los lugares públicos; cada una de las contradicciones de las normas. Pero no, no voy a hablar de eso ni tampoco de las reyertas que se traen los diferentes grupos políticos vanalizando la salud de los ciudadanos; utilizando la enfermedad como moneda de cambio para conseguir adeptos o para demostrar los ruines que son capaces de ser.

Sin embargo hay otras personas que sin salir en medios de comunicación han ido aportando sus granitos de arena haciendo críticas constructivas e intentando buscar soluciones a lo que no se supo hacer bien. Esos, junto al personal de los centros sanitarios – todo el personal – son los grandes luchadores de la pandemia. Ahora toca ver el trato de los políticos y del gobierno hacia la sanidad de este país.

Y tampoco voy a hablar de esa prensa amarilla que buscó grandes titulares, contando los muertos uno a uno como si fueran trofeos de una cacería, buscando culpables o fotografiando evidencias.

De todo esto, en unos meses sólo quedará la hemeroteca. Pocos sabían de la existencia de la “gripe española” y pocos sabran dentro de algunos años, del Covid 19.

Porque la vida pasa y a los españoles no nos gusta recordar los males, pero si las fiestas y los saraos. Las terrazas estan llenas de bocas con mascarillas y sin ellas. Sólo faltan los turistas extranjeros. De momento no ha habido repuntes escandalosos, ni se han anunciado muchas muertes. De algunas nos hemos enterado los que seguimos interesados en las estadisticas. Pero ojos que no ven, corazón que no siente. Y como ya podemos salir a la calle, pasamos menos tiempo tragando la telebasura que nos caliente la neurona.

Decían los pitonisos de la pandemia que todo esto generaría un cambio de mentalidad en la población. No la he percibido. Tal vez si seccionamos a la población en empresarios y trabajadores, el cambio de mentalidad sea mas palpable y se pueda distinguir mejor a los empresarios que se preocupan por la seguridad de empleados y usuarios de los que se limitan a cumplir la norma de mínimos. También se les ve el plumero a quienes criticaron que lo que aquí parecían “experimentos con gaseosa” -lo digo por el teletrabajo y otros sistemas de organización- ha funcionado, ahora planifican su implantación mas allá del mes de julio. ¡Señores, que esto ya se hacía desde hace lustros en los países avanzados!. Sí avanzados, porque España pese a quien pese, en cuestion de nuevas tecnologías aplicadas al mundo laboral le ha costado mucho arrancar; y lo de pasar lista cada mañana está muy arraigado. Claro que a los españolitos hay que darles un poco de caña porque para eso se hacen las normas… Y si no miremos a Suecia en dónde les dijeron que debían ser responsables y no hizo falta prohibiciones.

¿Y que nos queda de los buenos propositos del inicio del confinamiento? Ha pasado tan rápido que no nos ha dado tiempo de colocar todos los armarios, hacer las ñapas pendientes, leer los libros que sacamos de la estatería para leerlos si o si. Tampoco pudimos continuar haciendo ejercicio con los videos de yoga, ni de pilates. Y es que los días pasan volando y con toda la familia en casa cualquiera se organiza para tener tiempo y dedicarlo a uno mismo.

Alguna cosa habremos hecho bien: descansar y cocinar. Al menos es lo que todo decís. Pero no acabo de entender que la combinación aburrimiento y la cocina acaben siempre en una comida calorica e hipercarbohidratada. A mi favor tengo que decir que aguanté estoicamente sin hacer la tarta de manzana, la de zanahoria, la de yogurt o la “de la abuela”. ¿Realmente tanto se ha cocinado, tantos viajes a la nevera se han hecho?

Ya nos queda menos para volver al pasado. ¡Ánimo! Sólo cabe reflexionar sobre si hemos aprendido a hacer las cosas bien y otra pandemia no nos pille desprevenidos, porque no dudemos de que alguna otra nueva enfermedad nos llegará.

Tempus fugit

Estos días vivo de recuerdos y sueños

Un paseo por el mar y un beso

Me visita el pasado

Llamo al futuro

Contesta el presente

Lluvia que moja un abrazo

Lágrima que brota del vacío

Mi grito es mudo

Mi sueño húmedo

Tus dedos acarician los míos

Los míos quieren acariciar tu cuerpo

Silencio, silencio, silencio

Juegos de sexo sin sexo

Sueño el pasado

Lloro el futuro

Cierro los ojos al presente.

Quise irme.

Dormir

Desperté

Volvería a irme durmiendo

Supongo que despertaré

En el patio

Los troncos contra la pared, esperan amontonados, unos al lado de otros, haciendo un monton, asomando sus aros. Son troncos de acebuche, de almendro, de algarrobo. Los hay de todos los grosores, perfectamente cortados, a la misma longitud. Están secos. Se secaron antes de que llegara el invierno. Este invierno ya no se quemarán en la chimenea. Tal vez aviven el fuego en la barbacoa. Frente a ella, cinco macetones enormes. De barro rojizo. Tienen plantas supervivientes del frío. Algunas hojas estan marrones por el exceso de lluvias, otras amarillas. Plantas arómaticas y plantas crasas, juntas. Especies diferentes esperan el sol del verano para crecer. El perejil esta muy alto. Ha crecido en exceso y sus hojas están deformes. El tronco ha engordado de lluvia y sombra. La yerbabuena crece bajo sus ramas y una albahaca recien trasplantada permanece espectante a que sus raices tomen asiento y puedan estirarse a lo largo del fondo de la jardinera. La jardinera es fea. Es el único contenedor de tierra que es de plástico. Imita a esas, de piedra que adornan jardines delimitando el cesped, al lado de enanitos de nariz roja y mejillas prominentes, de tamaño de niño pequeño. Yo no tengo niños, tampoco tengo enanito, ni jardín. Tengo un patio con macetas, una mesa metálica con sillas de plástico y una barbacoa de obra. Pero se oyen los pájaros. Anidan en el tejado, junto a las palomas. Por la mañana me despiertan. En el patio hay un ficus de hojas tristes con manchas. Se parecen a las manchas de mi espalda que los años y el sol han pintado de marrón. Miro las cuatro macetas pequeñas qué están delante de las grandes; una cinta, un incienso y dos suculentas. El incienso se apagó y las moscas han vuelto. Un niño llora y su madre lo riñe en árabe. Tampoco sé árabe. El niño llora y la madre grita. Siento las pisadas de mis vecinos que hacen ejercicio, corren alrededor de su patio. En mi casa hay silencio. Levanto la cabeza y veo el cielo gris. Faltan dos horas para el aplauso y la charla con los vecinos. Hola y adiós; ¿cómo va? Bien bien; hace frio; vamos a dar una vuelta; de vuelta del trabajo; que calor. Trece años de saludos de cortesía y conversaciones vacías. Tras los aplausos de las ocho una pequeña tertulia. Se van las mujeres y los hombres quedan charlando. Cada uno en el quicio de su puerta. La calle es estrecha, con casas de piedra y aceras también estrechas. Cada uno cuenta una cosa. A veces coinciden. Otras preguntan. No pueden hablar de futbol, supongo que les gustaría. No hay futbol, ni basquet. Los deportistas ya no juegan juntos, entrena cada uno en su casa. En la tele no retransmiten ningún deporte. Sólo noticias, películas y viejos programas, o nuevos programas hechos desde casa. Los oigo desde el sofá. Me negué a aplaudir y lo mantengo. Siento envidia de la tertulia, estoy ocupada y la envidia se pasa. En menos de veinte minutos las puertas vuelven a estar cerradas. Vuelvo a mirar las plantas. Faltan flores de vivos colores. El patio está triste. Mi espalda y mi cabeza duelen. La migraña a vuelto. Las pastillas no hacen nada. Cierro los ojos. Veo el mar y las dunas. Paseo por el camino de madera a la orilla de la playa. Una cerveza fría, la puesta de sol, paseo de vuelta al camping, mañana mas. Abro y cierro los ojos de nuevo. Pájaros cantando en un silencio sepulcral. Necesito pasear por la cornisa de una muralla, subir ala torre de una catedral, descubrir una librería en cualquier ciudad, un helado de vainilla, la música del saxo en la calle peatonal, cruzar el río, pasear por el bosque. Cierro los ojos y sueño.

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