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La navidad de Paula

El año nuevo comenzó como un día mas de cualquier mes, de cualquier año. Para cenar pan y cosas, como acostumbraba llamar a las cenas con fiambre y embutidos. Agua con gas para beber y de postre un par de galletas con chocolate. La única diferencia de la noche vieja, con el resto de las noches del año, era el insistente sonido del móvil, con mensajes en las redes sociales y en el whatsapp. Este año no fueron tantos como en otras ocasiones. La familia se repetía enviando fotos de los más peques. Las amigas no estaban de humor para selfies, ni para chistes. Dos divorcios y el tercero en camino era el balance del año que terminó. La televisión sólo se encendió para ver el vestido de la locutora dando las campanadas. Este año había cambiado el habitual semidesnudo por una coraza de metal terminada en una tela negra. No se sabía si quería imitar a la estatuilla de los “oscar” o a una armadura medieval remasterizada. Después de haberse sorprendido del atuendo, cambio de canal. Las sorpresa continuaba en el canal autonómico, un programa musical con un par de grupos que parecías sacados de una verbena de los años setenta. No salía de su asombro y alternaba la pantalla de televisión con la del móvil. En ninguna de las dos había nada interesante. Lo cierto era que hacía mucho tiempo que no había nada interesante, salvo alguna serie de pago o la descarga de algún libro. A eso de las dos de la madrugada, los ojos se cerraban y decidió que ya se había terminado la noche vieja.

La mañana de año nuevo transcurrió lentamente, procastinando, y con numerosas visitas al baño. Cogió frío y la molestia en el bajo vientre protagonizó la mañana. No tenía planes. Nadie la había invitado a comer. Tampoco tenía ánimos para preparar una comida especial. Odiaba las fiestas del principio al fin y estas navidades estaba aún mas reticente a cualquier tipo de celebración. Consideraba que todo aquello no era mas que un periodo en el que la hipocresía, el cinismo y el consumismo aumentaban de forma exponencial. No soportaba las reuniones familiares, ni las cenas de empresa, ni los reencuentros con amigos de los que el resto del año no sabía nada. Hubiera preferido coger un avión hacia el otro lado del mundo pero el sueldo sólo le permitia regresar a la cabaña heredada de sus padres en el norte del país. Y en la calle multitudes de personas iban de un lado a otro cargados con paquetes y bolsas. Pocos sonreían. Muchos se quejaban de los precios y del gentío que había en los grandes almacenes. En los bares y en los restaurantes era difícil encontrar una mesa en donde poder sentarse tranquilo a tomar un café o a comer cualquier cosa. Las luces que adornaban las calles le parecía un gasto innecesario. Todo aquello le parecía un gran show.

Un día, hacía muy poco, le preguntó a una amiga si no le daba vergüenza gastarse mil doscientos euros en un teléfono móvil cuando seres humanos, de países cercanos, se estaban muriendo de frío o ahogados en medio del Mediterráneo. A ello su amiga le contesto que su dinero lo gastaba en lo que le daba la gana, que para eso era suyo. En aquel momento, Paula se levanto, fue a la barra a pagar, después volvió a la mesa en donde estaba su amiga, cogió su abrigo y se fue sin mediar palabra.

Ahora pensaba si no hubiera sido mejor explicarle que con lo que le había costado su móvil nuevo había gente en el mundo que era capaz de comer durante varios meses. – Total a ella le da lo mismo, ¿para qué perder el tiempo con explicaciones? A esta no las sacas de su zona de confort ni aunque esté completamente arruinada – Se lo dijo al espejo que tenía en una mano, mientras con la otra se quitaba pelitos que le habían salido en el entrecejo.

Cuando acabó de depilarse se levantó del sofá, fue a la cocina y de la nevera saco el brik de leche y el bote de cacao. Abrió la puerta del microondas y puso a calentar el liquido con el cacao disuelto. Cuando estuvo listo, sacó un paquete de galletas y con todo en una bandeja se fue al salón. Eligío una película y merendó.

En el trascurrir de la tarde dio paso a otras cosas cuando termino la película, algunas lecturas y un poco de escritura, nada especial, ni siquiera había quitado el pijama desde hacía un par de días.

Cuando llegó la noche pensó que nada había cambiado de un año a otro, sólo el calendario que tenía colgado en la puerta de la cocina.

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Urueña. Un lugar para leer.

Los árboles bailaban con el viento o debería decir con los vientos porque sentía que me arañaba por todos lados como si viniera cargado de cristales rotos. Coloqué la bufanda de colores a modo de pasamontañas sin quitarme los mitones. Cuando los tejí no recordaba el frío de los Campos de Valladolid. Demasiado tiempo de aquel diciembre del noventa y siete cuando, de camino al trabajo en la ciudad, se hacían escarchas de hielo en mis pestañas. En las gafas, las gotas de lluvia no me dejaban ver las casas de adobe. Subí la cremallera del anorak. La muralla medieval no era capaz de detener el temporal. No supe si porque era domingo de diciembre o porque vivía muy poca gente en el pueblo, éramos los únicos transeúntes deambulando por el adarve y los cubos. Desafiando a Meteo, quería ver los campos que en aquellos días se teñían de verdes. 

Un turista, con la misma cara de frío que yo llevaba, se cruzó sin mediar palabra. Un hombre con ropa de trabajo nos dijo buenos días.

En la plaza vi un cartel que ponía “librería”. En el cristal un cartel con el horario. Faltaba menos de media hora para el cierre. Sin dudar, abrí la puerta de madera y cristal, la de la derecha. No sonó ninguna campanilla ni el maullido de ningún gato. Olía a papel y madera. Una pared con fotografías en blanco y negro, de políticos y presidentes, se habían hecho hueco entre los libros; justo enfrente de la puerta, como queriendo recibirnos. Las fotos eran originales, se notaba. Eran fotos hechas desde distancias relativamente cortas. Eran imágenes que recordaba de haberlas visto en algún lugar. Supuse que la imaginación me estaba haciendo una jugarreta o que tal vez fueran similares a las de algún periódico o fueran premios de foto-periodismo. Al fin y al cabo las fotografías a políticos y presidentes se repiten a diario en cada periódico. Volví a mirarlas con más detenimiento. Allí también había imágenes de conflictos armados, de países en guerra.  Recordé a Bauluz, pero aquellas fotos no eran de Javier. Me giré y vi una vitrina de cristal que guardaba unas cuantas cámaras fotográficas. Todas reflex, todas profesionales. Aquel lugar era un lugar mágico. Contenía mis dos pasiones: fotografía y libros. Las estanterías de madera cubrían las cuatro paredes de la estancia repletas de libros que llegaban a un techo también forrado de madera. Me sentí nerviosa, como un niño en una tienda de juguetes. No sabía para dónde mirar. Los ojos no acertaba a leer los títulos. Aquel pequeño lugar era la librería que siempre había soñado tener. Respire hondo. Vi un libro de Leguineche entre otros muchos títulos que conocía. Pensé en comprarlo. Luego se me olvidó. La emoción no me dejaba buscar y elegir como lo suelo hacer cada vez que me pierdo en una librería. Había muchos libros de viajes. En un montón, sobre la mesa central vi que Urueña era el título de un pequeño libro que parecía una guía del pueblo. Movida por un resorte invisible cogí el libro y sin mirarlo me fui al fondo de la librería. Allí estaba Tamara. Su nombre lo supe después de la visita a Urueña. Le pregunté por el libro que tenía entre mis manos. Me explico que era de imágenes de fotos que Fidel Raso había tomado en distintos momento. Le pregunté si tenía más libros sobre el pueblo. Me enseñó otro, más técnico, más histórico. Una cosa llevó a la otra y entablamos una conversación. Yo quería saber todo sobre aquel pueblo de Castilla que salía en las guías de viajes y en algún artículo sobre libros. Era la Villa del Libro y no lograba entender cómo y por qué aquel pueblo tuviera la fama de ser el pueblo en dónde más librerías había por número de habitantes. Al principio noté cierta extrañeza ante mis preguntas sin atisbo de gesto alguno, esa intuición que casi nunca me falla y que me hace sentir lo que nadie ve. Pero ella, respondiendo a mis preguntas, fue contando cosas del libro, del pueblo, de la librería. Pausadamente, sin prisas. En Urueña no parecía que alguien tuviera prisa. Yo si tenía prisa. Esa prisa por no llegar a ningún sitio. Nadie nos esperaba y teníamos unas vacaciones sin planes. Tamara nos contó su amor por los libros viejos y nuevos. Algunas peculiaridades de aquella librería más parecida a una biblioteca particular que a lo que los grandes mercados de libros nos han acostumbrado. Su voz dulce y suave, de ritmo acompasado hacía que fuera un placer escuchar sus explicaciones. 

Perdí unos instantes la noción del tiempo. Me hubiera gustado quedarme allí mismo, en un rincón, viendo pasar los días y los viajeros de Urueña. Haciendo cualquier cosa, ayudando en cualquier tarea. Sin importar salario, vivienda… nada. No necesitaba nada para disfrutar de aquel paraíso de calma repleto de historias. La admiraba. Tamara debía tener mi edad y allí estaba entre sus libros haciendo probablemente lo que más le gustaba hacer, leer; apartada del mundo y tan sumergida en el.

Nos contó que en el club social se comía bien si lo que queríamos era tapear. Que no nos extrañara lo de “centro social”. Volví a imaginar… un lugar llenos de mayores ociosos contando batallitas o un centro con televisión y un futbolín con la música a todo volumen en dónde los jóvenes del lugar tramaban sus fiestas. No. El Centro Social era eso mismo, literalmente un centro social. Fuera de las murallas, más parecido al bar del pueblo que a los antros que me había imaginado. Tenía varias estancias y por los carteles vi que también era el consultorio de un médico que pasaba visita un par de días a la semana. También debía de tener una sala en dónde hacer eventos. A la derecha, según se entra, está el bar; cuatro mesas y la barra. En una de las paredes la carta. El camarero de nuestra edad o de la edad de Tamara, atendía a los lugareños en la barra y a otros clientes de las mesas. Quitamos nuestros abrigos y enseguida, una mesa quedó libre. Pedimos un caldo, unas carrilleras y queso de cabra con cebolla caramelizada. La presentación era exquisita y la comida espectacular. 

Urueña, es sin duda la sorpresa del año que acaba. El lugar para perderse entre sus calle, por sus caminos y encontrarse leyendo un libro a la sombra de su ermita románica. Sacando fotos a las mañanas de niebla o a la recogida del cereal. Conversar tranquilamente con esas gentes del campo que mirando al cielo te dicen lo que pasará mañana. O simplemente viendo pasar el tiempo lentamente en alguna plaza o corro, como dicen allí.

A Tamara se le olvidó contarnos que el libro “Urueña. Un destino de primera”, lo había escrito ella, si que dijo que las fotos eran de Fidel Raso; pero la brevedad de la visita fue tiempo suficiente para descubrir sin querer que había conocido a una periodista amante de la buena literatura, de los viajes y de los gatos. Una mujer, de esas pocas que existen, llenas de magia que te gustaría tener cerca y compartir historias tomando un té y un pedazo de tarta de manzana.

Regresaré a Urueña cuando Bóreas se duerma. Oleré las amapolas, el tomillo y la lavanda, los endrinos y los rosales silvestres. Entraré en sus museos.Y por la noche, con una copa de vino, escucharé a la lechuza ulular y leeré uno de esos libros que te hacen viajar.

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Tarde de lluvia

Cuando la tormenta amainó y dejó de llover, salió del portal y se volvió al coche, arrancó el motor y conduciendo despacio se fue a su playa favorita. Aparcó frente al muro que separaba la calle de la playa de arena. Sacó su e-book, lo encendió, seleccionó la última pantalla que había leído para retomar la lectura del libro que desde hacía horas estaba leyendo. Comenzó a imaginar que era Laura. No importaba quien fuera Miles, tan sólo deseaba sentir la atención que el escocés procuraba al amor de su infancia. Que la historia transcurriera en Palma era circunstancial pero le gustaba poder identificar los lugares por dónde pasaba la protagonista. Al fin y al cabo, aquella también había sido su ciudad.El repiqueteo de las gotas de lluvia en el capó del coche hizo que su mirada enfocará el infinito. Un infinito incierto y sin norte. La calle estaba vacía y el mar que tenía delante rugía y saltaba chocando contra las rocas. La arena se había vuelto oscura. El olor a arena mojada y salitre le recordaba los días de verano de su infancia. Todo se había vuelto oscuro. Bajo la mirada y siguió leyendo. Dentro del viejo Ford Focus se sentía a salvo. Atrás quedaban los recuerdos de una juventud repleta de nombres y algunas pasiones. Continúo leyendo la novela escrita por su amiga, deseando que no acabara. Escuchaba la voz de los personajes como quien escucha desde lo alto de la escalera la conversación de los amigos. Su imaginación inventó el aspecto de los protagonistas y el decorado de la escena. -Sin duda Laura debe ser María- pensó. El personaje se le parecía, aunque la protagonista era bibliotecaria y su amiga era enfermera. Aquella no recordaba en nada a su historia pero de igual modo le encogía el alma. Sentirse amada era cuanto había deseado en su vida. Conocía muy bien lo que era desear a quien no te desea. Le habían herido muchas veces, pero el último dolor que sintió hizo que dejara todo y se fuera. Fue en primavera cuando rompió su universo ideal, su microcosmos perfecto y sin despedirse de sus amigos abandonó su vida para comenzar un nuevo capitulo de su propia novela. Tal vez, ahora fuera la oportunidad definitiva de lograr la felicidad. Aún intentaba recuperar los trozos rotos para intentar recomponer sus ganas de vivir, pero las cosas no estaban resultando fáciles y el miedo le impedía avanzar. En aquella tarde de tormenta decidió silenciar su móvil y evitar dar explicaciones. La tormenta regresó y se hizo oír en fuertes truenos que retumbaron como si fueran explosiones. La lluvia caía ahora con más fuerza. Miró por la ventanilla y vio como un río de agua de lluvia arrastraba los  restos de hojas, envoltorios y toda la suciedad que había por el suelo. El cielo se había pintado de negro y la luz del día se convertía en oscuridad. Sólo eran las cinco de la tarde de aquel jueves del mes de septiembre.

Un escalofrío le erizó la piel al ver aquella silueta desdibujada por la lluvia en el cristal inmóvil al lado de la ventanilla del copiloto. Parecía una mujer conocida, incluso su ropa le resultaba familiar. Cerró fuertemente los ojos cuando se dio cuenta que aquel parecido le recordaba a su abuela. Al abrir de nuevo los ojos, la imagen había desaparecido pero en su interior algo le producía una gran inquietud. Encendió el móvil y los tonos del whatsapp se sucedieron alertando de un montón de mensajes. Sólo uno llamó su atención _ He visto en Facebook que hay inundaciones graves ¿estas bien?. Por favor llámame. Te amo._ Volvió a desconectar el móvil mientras corrían las lágrimas por sus mejillas, la silueta de aquella mujer le había traído recuerdos que creía olvidados. Continuó leyendo el libro hasta que al final de la tarde salió el sol y escuchó las campanas de la iglesia. Miró la hora en el móvil. Se había hecho muy tarde. Miles y Laura estaban juntos e iban a tener un hijo. Bajó la ventanilla y miró a su alrededor comprobando que no hubiera nada que le impidiera irse de allí. Arrancó el coche, puso la radio y con una maniobra rápida salió del aparcamiento dirigiéndose al pueblo.

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Domingo

Hoy, es un domingo de esos en los que los planes se posponen, un domingo de desayuno lento entre legañas, la cama revuelta y café humeante. Las manecillas del reloj avanzan a su ritmo. Mojo los suspiros que me recuerdan la infancia, dentro de la taza, con la voracidad de quien no ha cenado la noche anterior.

El café no desempolva la modorra, los planes toman forma de sueño bajo la luz del sol de invierno. Esa luz que a hurtadillas llega al sofá y se va hasta la cocina, y que me obliga a cerrar los ojos.

Probablemente, en un rato, cuando el sol este detrás de la montaña y haya que encender la lámpara, pensaré en esa excursión que no hice, en esa aldea que no visité.

Pero al cuerpo hay que escucharlo y de tanto en tanto mimarlo, acunarlo y dejarlo dormir bajo el resplandor de diciembre, en casa. En esta casa de risas y llantos. En esta casa de recuerdos en dónde siempre está ella. En donde ya no chocan los cacharros en el fregadero; la televisión no habla y habla de buena mañana; donde el ruido de la lavadora enmudeció en la noche; la cocina dejó de quemar el carbón y la chapa se oxida; ya nadie entra y sale al corredor para encender un cigarro y lanzar el humo al aire y la colilla a la calle; el vendedor de cupón dejó de pararse delante de casa, el panadero ya no aprieta el claxon del furgón; ya pocos venden por los pueblos.

Veinte años después queda el silencio y la pereza de veinte años más viendo pasar el tiempo, asomada, mirando al  valle, con la presencia de tu recuerdo.

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La playa

Llegamos a la playa cuando la luna se reflejaba en el mar. El Pantaleu era una silueta abultada y oscura a unos metros de la orilla. Se quitó la ropa y desnuda fue sumergiendo todo su cuerpo con la lentitud que obliga el frío del agua en el calor del verano. Seguí sus pasos.  El bañador apretaba la barriga, intentaba levantar el culo y sujetar unos pechos que habían perdido la consistencia de la juventud. Conocía el fondo de arena. Evité nadar a la derecha para no hacer pie encima de las rocas aristadas que el agua tapaba. Tres brazadas y casi había alcanzado las boyas que prohibían el paso de los veleros. Oía cómo los cables de acero chocaban contra el palo mayor. Una tenue luz roja y otra verde marcaban el lugar exacto del balanceo del Simpsom.  Sí. Un día logré navegar hasta allí. También me tiré al agua desde el Peregrino, en aquella misma cala. Hay lugares que siempre son destino para una historia. Metí la cabeza bajo el agua como queriendo limpiar de mi memoria aquellos recuerdos, aquella tarde de besos robados y copas vacías, lo malo y lo bueno, el pasado y el presente. No fueron suficientes las inmersiones para despejar de mi cabeza las incógnitas de mi vida.

En la orilla, él me observaba, pensando en que todo había sido una pesadilla o tal vez ni siquiera pensaba en mí.

Pasaron los años. No volvimos a bañarnos en aquella playa. De tarde en tarde nos robamos besos.  Él posa su mano en mi pierna y sonríe. Yo, sigo soñando.   

Hoy no es fácil escribir.

Las historias se esconden más allá del teclado del ordenador. Llega la pena y el dolor a través de un mensaje en el móvil.

A la mente llegan recuerdos de los veranos, de cuando era niña. De cuando iba a tu casa a buscarte. De las cenas con tortilla, vino y queimada en la bodega de Pajares de los Oteros. Crecimos juntas y él nos observaba. Aquella navidad en Benidorm cuando nosotras salíamos por los pubs por la noche, y por el día tomábamos el sol en la playa. Recuerdo otro fin de año en tu casa brindando con champán. Por algún rincón guardo las fotos. Me los encontraba por el paseo, por la plaza, por cualquier calle. Los dos siempre juntos. Y nosotras a lo nuestro. Las dos nos fuimos lejos de casa. Cuando yo regresaba, nos encontrábamos y ellos me ponían al día de cómo te iba, de tus logros, de tus viajes.

Hace años del último abrazo que nos dimos y hoy estoy demasiado lejos para acompañarte en esta despedida que te parte por dentro a ti y también a la mujer mas fuerte que conocí. Pero la vida es así, una suma de sueños y pesadillas; de alegrías y tristezas; de recuerdos y vivencias; de todas esas cosas que te desgarran y te recomponen. Y las fuerzas para seguir adelante van saliendo de dentro, para ver amanecer los días, o contemplar la puesta de sol en el horizonte. Y valoras el instante. Y esa personita que está a tu lado te dará toda la fuerza para perseguir tus sueños y los de ella.

Hoy no puedo mas que secar mis lágrimas y recordarle con todo mi cariño. Otra vida arrancada. A la muerte no me acostumbraré jamas. El dolor se acumula con cada persona que se va.

Al norte de mi vida

Aquella mujer de piernas infinitas, salió por la puerta dando un portazo. Cerré los ojos y me froté la cara con las manos. Me giré y miré a un horizonte sembrado de tejados, chimeneas y campanarios. Una ciudad de ventanales que esconden historias como la mía.

Comencé a trabajar en este edificio a los catorce años como chico de los recados. Cada mañana dejaba la prensa en cada uno de los despachos de la última planta. A aquella hora los jefes no estaban. Observaba cada estantería, cada mesa, cada sillón. Pasaba el dedo por los libros. Inspiraba el olor del poder. Me juraba que algún día llegaría a tener mi propio despacho en aquella planta.

Mi turno acababa a las cinco de la tarde y a las siete asistía a las clases en el instituto. Mi padre siempre me decía que debía estudiar para ser un hombre de bien. Me sentaba en la primera fila y siempre respondía acertadamente a las preguntas de los profesores. Era el más pequeño de la clase de nocturno. Los chicos de mi edad no trabajaban y asistían a clase por la mañana.

A los dieciséis ayudaba al conserje. Repartía la correspondencia y algunos paquetes que traía el cartero. Sacaba brillo a los dorados del hall. Regaba los ficus plantados en aquellas macetas enormes que presidían la entrada. De tanto en tanto enceraba la puerta de entrada al edificio, de madera de roble, el pasamanos de la escalera y el espejo del ascensor. Acompañaba a los clientes hasta los despachos en donde tenían las citas. Reía las burlas de los empleados que se mofaban de mi pequeña estatura y de mis mofletes colorados. A menudo les servía el café con leche que salía de aquella cafetera americana que estaba al lado del ascensor. Ernesto me pedía que le hiciera los cafés con una cafetera italiana que había en una pequeña cocina al lado del trastero. Le decía que sí, que no se preocupara y me iba a la cafetera al lado del ascensor, echaba el café de la jarra de cristal y volvía a la cocina, lo volcaba en una taza de loza blanca para servírselo a Ernesto. Él se pavoneaba ante los demás presumiendo de que le hacía el café en la vieja cafetera italiana. Todos se reían de Ernesto porque era el único que no se había dado cuenta que su café era como el de los demás.

Algunas tardes me quedaba ayudando a María. Con su delantal a rayas grises y negras, encima de aquel riguroso luto que llevaba desde que muriera su hijo pequeño meses después de nacer. María era una mujer alta, fuerte, acostumbrada al trabajo duro y a la que nunca le faltaba la sonrisa en aquellos labios estrechos. Acostumbraba a llevar un moño bajo, casi a la altura del cuello, perfectamente peinado, destacando los pendiente de plata y azabache. Le gustaba cantar mientras barría o pasaba la mopa. Aquella mujer de olor a rosas, se encargaba de limpiar los despachos de la última planta. Su rectitud y los años en la empresa le otorgaron total confianza del dueño de la empresa y al director general. Ese sentido de responsabilidad era imprescindible para acceder a aquella planta en dónde los temas mas delicados y comprometidos se dejaban encima de la mesa, los cuadros eran valiosas obras de arte y en donde encontrar un fajo de billetes entre los papeles de las mesas era en cierta manera habitual.

María nunca entendió por qué quería estar con ella hasta tarde. Limpiaba el polvo de las mesas de caoba, vaciaba los ceniceros de plata, ordenaba las revistas, los libros, ahuecaba los cojines, cerraba armario, también limpiaba los baños y se encargaba de mantener limpias y planchadas las camisas que los jefes guardaban en un pequeño vestidor para los casos de apuro, junto con alguna corbata y algún que otro traje. La pulcritud de los ejecutivos era una característica de aquella empresa. Ni una salpicadura de café, ni una pequeña mancha de tinta en el puño de la camisa. La imagen y la corrección en las formas era impecable. Al resto de los trabajadores también se les pedía estos requisitos. La flexibilidad aumentaba a medida que disminuía la relación personal con los clientes y loa empleados estaban mas cerca del sótano.

Un día le conté a mi madre que los chicos del trabajo llevaban las camisas blancas como la cal y los cuellos y los puños tan tiesos como el cartón de las cajas de zapatos . –– Sus madres y esposas les almidonarán las camisas después de lavarlas con blanco nuclear–– No entendí bien lo que mi madre me explicaba. Dos días después, encima de la silla de mi cuarto había una camisa blanca como la nieve y con los puños y los cuellos que parecían de cartón. Me la puse con todo cuidado para que no se manchara y no se hiciera ninguna arruga. Mi madre también me había comprado unos pantalones de tergal en color gris y me había sacado los zapatos de cordones negros que me puse para el funeral del abuelo Pablo. Me miré al espejo y parecía un ejecutivo en miniatura. Me gustó el aire serio y mayor que me daba la nueva vestimenta. Al llegar a las oficinas, todos tuvieron algún comentario para mi nueva imagen. Yo sonreía y seguía de largo sin hacer comentarios. Me sentía muy mayor.

Cuando terminé el Instituto dejé de ayudar a Felipe, el conserje y a María, la señora de la limpieza. Hacía las fotocopias que los chicos de la primera planta, a los que continuaba llevando el café y algún croisant de la panadería de la esquina. Un día me dijeron que me sentara en la última mesa de la enorme sala. Me dieron tareas que ya no recuerdo.

Pasaban los años y poco a poco cambiaba de mesa y de planta. Dejaron de pedirme café y la correspondencia la cogíamos, cada uno, de un casillero que colocaron en la entrada del personal.

Al salir del trabajo me iba a la universidad. El derecho mercantil era mi asignatura favorita junto el civil.

Lloré cuando me dijeron que María había muerto. Abracé a Felipe por última vez una tarde lluviosa de enero cuando recogía sus cosas para disfrutar de una merecida jubilación en su pueblo de la Mancha. Besé a mi primera novia, en el rellano de la escalera por la que nadie subía ni bajaba. En alguna fiesta de finde año me emborraché con el cava que los jefes de departamento habían comprado en un supermercado cercano. Acabé la carrera y me ascendieron. El sueldo estaba bien para mis gastos y ahorraba pensando en mi boda con Marta, en comprar un piso en las afueras y tal vez un coche. Fui cambiando de pisos y llegué a la última planta.

Cada mañana entro por la puerta de personal. Sacudo los pies en el felpudo. Meto la tarjeta en el controlador de horario y subo en el ascensor de personal hasta la planta en dónde está mi despacho. Treinta años después doy los buenos días y saludo a mis compañeros antes de encerrarme entre las cuatro paredes, sentarme a esta mesa de caoba o tumbarme en ese sofá de piel marrón. En mi mesa están los casos más difíciles esperando mi defensa.

Aquí estoy, en esta jaula de lujo y cristal sobre diez plantas repletas de empleados que bajan la cabeza cuando les saludo cada mañana. Conozco cada rincón de esta empresa. He pasado por todas la categorías. He llorado y he reído. Algunas noches me quedé acompañado de una jarra de café, una montaña de papeles, el bote de lápices y la ambición de seguir subiendo hasta llegar al cielo.

Cuarenta y seis años ¿Y ahora qué?

Afuera luce el sol. Es medio día. Marta me acaba de dejar. Ha venido a que le firme los papeles del divorcio. Ha preferido quedarse con el ático y el Z4. Nunca le ha gustado conducir. Ahora se pasea con la capota del deportivo plegada por las zonas mas exclusivas de la isla. Me quedo con el chalet de la playa, a donde me mudé hace un par de meses. A ella nunca le gustó la zona porque no había boutiques. El Mercedes G me vendrá bien para ir a la sierra. Con lo demás ya veré que pasa. Podría quedarse con todo. Al fin de cuentas todo cuanto teníamos lo eligió ella.

Inspiro, me levanto, descuelgo la americana de la percha que hay en el pequeño vestidor. Abro la puerta del despacho y a paso ligero atravieso la sala en dirección a la escalera. Bajo los diez pisos corriendo, cruzo la puerta principal, levanto los brazo y grito ––¡Soy libreeee!––. La gente me mira pero me da igual. Vuelvo a gritar ––¡Soy libre!–– Rompo en una carcajada que llama la atención, aún mas que los gritos. Me quito la corbata, desabrocho los tres primeros botones de la camisa y los de los puños. Subo las mangas hasta el codo. Hace calor. Camino hasta el parque inglés que está al otro lado de la calle. Un grupo de jóvenes escuchan música en un enorme radiocasete mientras charlan y juegan a cartas, sentados en la hierba. Me descalzo y con los zapatos en la mano recorro el césped. Me canso. Me siento en la hierba. Suena Love of my live de Queen. Miro al cielo y veo las copas de los árboles. Creo que son olmos. Entre las ramas veo una nube pasar. Cierro los ojos. La música suena lejana. Los chicos ya se han ido. Vivo un instante de soledad en el parque. Cruzo las piernas en posición de loto y concentro mi mente en mi respiración. Volveré a meditar cada amanecer y en cada puesta de sol. Las buenas costumbres del pasado deben recuperarse.

Los pies van dejando mis huellas en la arena. Las olas borran las pisadas y mojan mis dedos. El agua está fría. El sol se refleja en la arena mojada. Camino lentamente. Los recuerdos martillean mi cabeza. Quiero pensar. Las imágenes de mi vida pasan como si viera una película de cine mudo. Fuimos felices hasta que no supimos dejar de aburrirnos juntos. Tal vez trabajé demasiado. Le compré todo lo que deseó. Nunca trabajó después de aquel beso en el rellano de la escalera. No hay culpables. Lo hicimos lo mejor que sabíamos en cada momento. No sirven reproches. El tiempo ha pasado y lo que ahora parecen errores en su momento fueron decisiones. Esto es vivir, equivocarse, aprender de las equivocaciones y seguir viviendo.

––Un café solo– Le pido al camarero.

Escribo un mail: Me voy. Dejo la empresa. Os vendo las acciones si las queréis. Mandaré a alguien para recoger mis cosas. Gracias por todo.

Me tomo el café. Miro el móvil. Repaso el correo sin interés. Una cincuentena de mensajes en el WhatsApp. Vuelvo al coche. Conduzco hacia casa. Aparco en el garaje. Entro en casa. Camino hacia el dormitorio y me desvisto. Veo un cuerpo de hombre maduro en el espejo del armario. Un cuerpo de un metro ochenta de complexión fuerte, pero sin sobrepeso. No tiene los abdominales marcados, su abdomen es plano. Su cuerpo no está depilado como los cuerpos de los hombres de las revistas para hombres. Tampoco tiene demasiado vello. Su piel es morena. Su rostro es cuadrado con la barba incipiente, hace un par de días que no se afeita. Es una barba de esas que cuando besan pican y rascan a las mujeres. Veo unos grandes ojos verdes, de mirada tristes y pestañas largas. Las cejas espesas pero contorneadas le dan expresión a su rostro. Mechones de pelo ondulado salpican la frente y acarician el cuello ancho que se prolonga en una espalda ancha, recta y de piel fina que termina en un culo terso y respingón. Veo unas piernas fuertes y largas como dos columnas de esas que hay en las ruinas romanas. Vuelvo a mirar los ojos del hombre reflejado en el espejo. Me veo y no me conozco. los años han pasado sin observarme, sin mimarme, sin quererme. Ha pasado los años mirando y sin verme. Abro el grifo del agua caliente. Entro y dejo que el chorro que sale de la alcachofa resbale desde la cabeza y recorra mi cuerpo. Me enjabono con la esponja, con movimientos circulares. Comienzo en la cara, sigo hasta los pies. Centímetro a centímetro, me froto con la suavidad con que Marta me enjabonaba después de hacer el amor. Nos metíamos juntos en la ducha. Decíamos que duchándonos juntos tardaríamos menos, pero nuestros cuerpos se excitaban con el contacto del otro y volvíamos a hacer el amor. Dejo que el agua fría arrastre el jabón hasta el desagüe. Abro la puerta corredera de cristal, cojo la toalla, seco el cuerpo reencontrado. Salgo del baño y me voy al salón. Me pongo un whisky y me tumbo desnudo en el sofá. Elijo una película de Netflix. Cambio de canal y dejo un documental de viajes. Un escritor inglés recorre Europa en tren siguiendo una antigua guía de viajes. Me quedo dormido.

Despierto de madrugada. Deben ser las cuatro o tal vez las cinco. Me visto y voy al trastero. Recupero la maleta que utilizamos en el último viaje cultural. Fue a Atenas. Fue hace quince años. No le gustaba viajar.

Meto la maleta con algo de ropa y un par de mudas, en el maletero del coche, arranco con dirección al puerto. Llego una hora antes de la salida del ferry. Tengo suerte y puedo comprar el último pasaje en camarote. Dormiré durante toda la travesía y así podré conducir hasta que me canse. No he planificado itinerario, no he hecho planes ni los haré.

El barco atraca en el puerto de Barcelona a las siete de la tarde. Las dos veces que estuve en esta ciudad fue para planificar con un cliente la estrategia del juicio en el que era culpable. Fue otro caso ganado y la acusación tuvo que pagarle una millonada. Me llevé un buen porcentaje de la indemnización. Las comisiones bajo manga ayudaban a pagar las joyas de Marta. No conozco la ciudad.

Mientras espero que baje la rampa para que puedan salir los coches, busco un hotel en internet. Elijo al azar uno de cuatro estrellas. Programo el GPS. Los coches y los camiones salen y ahora me toca a mi. Sigo el rumbo que marca la pantalla y las indicaciones que una voz femenina me va diciendo.

Hay mucho tráfico. Observo de pasada los edificios. La rotonda con la estatua de Colon es impresionante. La voz del GPS me dice que continue dos kilometros por la Ronda Litoral.

Llego al hotel que no tiene garaje. El GPS me indica que hay un parking en Urquinaona. Dejo la maleta en el coche. Me registro en el hotel y salgo de nuevo. Quiero recorrer las calles de la ciudad.

Subo por Bruc y cruzo la Gran Vía de les Corts Catalanes, sigo hasta la plaza Tetuán, recorro el paseo San Juan. Callejeando llego a la calle Provenza. Me giro hacia la derecha y al fondo, a pocos metros, la veo, impresionante, majestuosa. Llego al pie de uno de mis sueños ¡la Sagrada Familia de Gaudí!. ¡Estoy cumpliendo uno de mis mayores deseos! Inmóvil ante tanta belleza, intento fijarme en cada uno de los detalles de esta fabulosa obra de arte. Veo las grúas y consciente de la magnitud de tal colosal obra, aún sin terminar. Camino rodeándola hasta llegar a la entrada principal. Observo las distintas épocas de construcción. El color de la piedra delata el paso del tiempo. Las calles están vacías. Mañana regresaré para ver el interior y subir a sus torres. Barcelona es una ciudad especial que me ha enamorado a primera vista. De regreso al hotel decido quedarme un tiempo. El suficiente para conocer sus monumentos, sus calles y tal vez su gente. Me meto en un garito. Suena Giulia y los Tellarini, cantan Barcelona; la canción de la película de Woody Allen. La gente baila. Me acerco a la barra. Pido una cerveza.

Los días van pasando y pienso en nuevos destinos. Me apetece seguir ruta hacia el norte. Navegar por el Sena; caminar por los prados del Cervino; ver las cataratas del Rhin; oler los tulipanes de Holanda; meditar al lado de la Sirenita de Copenhague; recorrer los fiordos noruegos; recorrer en trineo el Polo Norte. Al fin de cuentas el trabajo me ha impedido viajar. El trabajo y los peros que Marta ponía a todo cuando le planteaba volar para conocer otros países. Cambiaré el Mercedes por una autocaravana. Me será mas práctico y más personal. Así disfrutaré del lado más salvaje del recorrido y podré despertar cada mañana en plena naturaleza. He visto en alguna revista que están bien equipadas.

Ayer encendí el móvil después de dos meses viajando por Europa. Quise escribirle a mis amigos y decirles que estoy bien. Les envié una selfie desde la terraza de La P’tite crêperie en Stein am Rhein. Las pequeñas mesas decoradas con un estilo especial o tal vez la camarera que atendía a los clientes me atrajeron. Tenía hambre y había pedido una crêpe de espinacas con queso y una cerveza de la zona.

El pueblo me pareció un lugar de cuento. Las calles empedradas y las casas de colores, con los tejados de pizarra. Los letreros de los comercios y los bares eran de hierro o de madera. Es una ciudad histórica que en la edad media fue un cruce de caminos siendo un importante centro comercial atravesado por el Rhin. Después de la comida di un largo paseo a la orilla del río. Mas tarde aparqué la autocaravana al pie de las cascadas, en el pueblo de Schaffhausen. Apagué el movil y me dormí con el sonido del agua en la oscuridad de la noche.

A la mañana siguiente seguí ruta hacia el norte. Fui parando según mi instinto y mi corazón me indicaban. Así hice kilómetros y kilómetros hasta llegar hoy a Helsinki. Han pasado seis meses desde que salí del edificio en dónde supe lo que era la envidia, la competitividad, el trabajo duro y la soledad.

En la orilla del Báltico el agua esta tan helada como estuvo mi corazón durante todos esos años en los que creí que era feliz por hacer todo lo que se esperaba de mí.

Helsinki no me dice nada. Paseo por sus calles y me topo con un gran edificio blanco. Su gran escalinata despierta mi curiosidad. Consulto en google y veo que se trata de la catedral luterana construida en homenaje al gran duque Nicolás I, zar de Rusia. Es de estilo neoclásico. Nada que merezca mi admiración a no ser por la historia que tiene. Continuo callejeando y veo un edificio mas interesante, se trata de la catedral ortodoxa Uspenski, de estilo neobizantino. Entro. Huele a cera. Los feligreses llevan en la mano unos cirios encendidos, son muy finos. Están de pie. No hay bancos. El Patriarca de barba blanca y vestiduras doradas, predica desde un altar en el que no hay estatuas, sólo imágenes planas hechas con pan de oro. Tampoco hay órgano. Expectante y observando cada movimiento me quedo quieto al lado de una columna. La misa llega al final y salgo por una puerta lateral. Me quedo mirando la ciudad. Hay una buena vista.

Despierto entre la espesa niebla de Savonlinna y me quedo enamorado del puente levadizo que lleva al castillo. El lugar me parece mágico y tremendamente bucólico. Los patos sacuden sus plumas al salir del agua. Una señora mayor pasa en bicicleta. El aparcamiento está cubierto de hojarasca. Desayuno mirando por la ventana de la autocaravana. El paisaje es espectacular. Ayer todo estaba oscuro. Estaba cansado. Hay días en que la espalda se resiente de los kilómetros. Pero sólo la espalda. Mi mente esta ansiosa de seguir viajando.

Un par de semanas en este país. Una fuerza difícil de describir me atrae poderosamente. Recorro palmo a palmo este territorio. En cada pueblo encuentro algo que me sorprende. Lo de viajar con la casa puesta ha sido una excelente idea. Paseo por los mercados. Entro en los bares. Observo a la gente. Los niños me sonríen en los parques. Disfruto de los mil lagos y de la inmensa vegetación. El otro día visité una mina de amatista. Entre las piedras encontré el mineral morado. La guía nos dijo que todas las que encontráramos nos las podíamos quedar. Hace años que se dejó de explotar y ahora es una atracción turística. Se conserva tal cual era. Los niños disfrutan escarbando y hacen una fiesta cada vez que encuentran las piedrecitas de color morado.

Hace dos meses que vivo en una cabaña de madera, escondida entre pinos y abedules. A pocos metros del lago Inari. Un par de veces a la semana me acerco al pueblo de Ivalo. Doy una vuelta por el “zemtrum”, hago la compra de la semana y busco algún lugar para tomar algo. A menudo voy a cenar al Kultahiippu que en finlandés quiere decir pepita de oro. Es el restaurante del hotel. Tiene una decoración acogedora, con paredes forradas de madera. No tiene mucha luz. Sobre las mesas hay una lamparita que ilumina los snaks que me han puesto nada mas sentarme. Pido asado de reno con puré de patata. Bebo cerveza. Me invitan a más cerveza. Algunos hombres están jugando a cartas. Parecen borrachos. Me despido y regreso a la cabaña. En esta época del año siempre es de día.

Otros días me quedo en Inari y doy un largo paseo, observo a la gente que va en bicicleta. No hay tráfico.

Hace medio año que decidí ser libre. Primero fue liberarme del compromiso con Marta. Después me liberé de un empleo que me encerraba en una jaula de maderas nobles y grandes ventanales, siempre disfrazado de triunfador, sin permitir un pliegue ni una arruga en dónde esconder el miedo y la inseguridad. No culpo a nadie. Quise triunfar. Llegar a lo mas alto. Gané mucho dinero. Me permití lujos que jamas había soñado pero que nunca disfruté. Mis noches no fueron interrumpidas por el llanto de un niño. Tampoco me recibió ningún perro, ni ningún gato. Marta decía que les tenía alergia, pero ella jamás tuvo animales y sus padres tampoco. La señora Antonia planchaba mis camisas, preparaba el desayuno y también la cena. Nunca supe si Marta sabía cocinar. Los fines de semana era yo quien preparaba las tortitas, el zumo de naranja y el café. Se lo llevaba a la cama. A medio día nos íbamos al restaurante habitual o al club de golf, o al club náutico. Una vez compré un velero que no navegó. Marta decía que se mareaba. Mis amigos preferían los yates a motor. Cada verano viajábamos a lugares con cocoteros y arena blanca. Ella se quedaba en la piscina del hotel y yo paseaba por la playa.

En el lago veo que la familia de samis se va a pescar con una barca. Los saludo. Viven en una cabaña cercana a la mía. Son buena gente. El otro día, la mujer me trajo una bandeja con salmón ahumado. No hablo su idioma pero creo que me entendió cuando le dí las gracias. La familia de samis es grande, tienen tres niños y los cuatro abuelos también viven en la cabaña. Los he visto secar las redes en unas estacas de madera. Me llaman. Con gestos me indican que me vaya con ellos en el bote. Sonríen y yo también sonrío. Me hablan mientras la barca se adentra en el lago. La mujer saca pescado seco y pan de una cesta, lo reparte. El marido vierte una bebida desconocida en unas tazas de madera y me acerca una. Bebo un trago que me resbala quemando la garganta hasta llegar al estomago. Debe tener muchos grados de alcohol. Me rio. Todo comienza a darme vueltas. Los niños me señalan y se ríen. Cantan. Son buena gente. Regresamos. La pesca no ha ido bien. Al despedirnos en la orilla del lago me abrazan.

La cabaña es pequeña pero lo suficiente grande para vivir cómodamente. Me recuerda a las cabañas de los buscadores de oro de las películas del oeste. En medio de la sala hay una chimenea de leña con puertas de cristal que permiten disfrutar del fuego desde el sofá. A la izquierda de la chimenea hay una librería con algunos libros en finés y otros que he acumulado de estos meses viajando. Al fondo está la cocina. La nevera y un termo de agua son los únicos electrodomésticos que hay en la casa. La ropa la lavo en la lavandería del pueblo. A la derecha hay una puerta que lleva al dormitorio y al baño. La cama es cómoda y el edredón de plumas me quita el frío. En la parte de atrás de la cabaña hay una pequeña sauna. Todas las casas tienen una sauna en el jardín. El médico del pueblo, que habla inglés, me ha contado que la gente, después de tomar una sauna, se baña en el lago o retoza entre la nieve. De momento no siento interés por vivir esa experiencia.

Al médico lo conocí un día que tuve un accidente con el hacha. Cortaba leña para encender la chimenea y el mango salió volando para caer de canto encima de mi empeine. El pie se puso como un bombo y me asusté cuando ví que no podía andar. Los vecinos me acompañaron al consultorio y el médico sacó un ungüento de un tarro de cristal. Me untó el pie y al cabo de un par de horas ya se había bajado la inflamación y el dolor había desaparecido. Al día siguiente me lo encontré en el bar y me contó que me había untado el pie con un remedio que acostumbraban a usar los esquimales. Desde aquel día charlamos, practicando así, el idioma de la Gran Bretaña. Nos hemos hecho muy amigos. Intercambiamos libros. Me ha regalado un viejo tocadiscos y algunos lp’s de música folclórica rusa y finesa. Dice que buscará los grandes éxitos de los setenta y los escucharemos juntos. Me cuenta historias de la cercana Rusia. También me explica quien es quien en el pueblo.

Me he acostumbrado a dormir en verano, en pleno día. Resulta extraño no poder guiarme por la luz del sol. Podría parecer que sin trabajar estaría aburrido tumbado en una hamaca o en el sofá , o tal vez bebiendo en el bar. Pero no. Aprovecho el día cortando leña y ordenando el leñero para que esté todo listo en invierno. Paseo por el bosque y recojo los frutos y bayas, tal y como me han enseñado mis vecinos. Los días de mas calor, me baño en el lago. He aprendido a pescar. En otoño, dicen que me llevaran a cazar alces y osos. Algunas tardes camino hasta el pueblo. He descubierto que hay una biblioteca que además tiene un departamento de música y otro con ordenadores. No tengo interés por conectarme con el ordenador. Supongo que en algún momento tendré que revisar la cuenta del banco. En la cabaña no tengo televisión ni radio y lo cierto es que no lo hecho de menos. La mayoría de los libros de la biblioteca están escritos en finés pero tienen un departamento con libros en otros idiomas. He visto que hay un par de estantes con libros en castellano. La biblioteca es muy grande y siempre hay mucha gente. El médico del pueblo me comentó que incluso tienen algunos volúmenes de poesía catalana. También me explicó que en otoño comienzan las clases de lengua saami para extranjeros.

He disfrutado del verano. Aún no ha nevado. Ya he visto la noche y he notado el descenso de la temperatura. La chimenea permanece encendida día y noche. Mis vecinos me han enseñado a ahumar el salmón. Como lo que pesco y algo de carne seca que compro en el pueblo. Gracias al señor Andreas Paulov, el médico, distingo las setas buenas de las malas que han comenzado a salir en el bosque. Somos grandes amigos. El me ha explicado muchas de las costumbres de estas gentes. Andreas es ruso. Cruzó la frontera por el bosque hace muchos años. Había terminado la carrera de medicina y buscaba nuevos mundos alejados del ejercito rojo y de la represión comunista. Llegó a Nellín y de allí decidió vivir en Inari en dónde un sacerdote ortodoxo lo acogió en su casa y le enseño la lengua y las costumbres. Como, por aquel entonces, no había médico, el sacerdote habilitó una consulta en la parte trasera del templo. La voz se corrió y los enfermos del pueblo dejaron de ir a Ivalo y visitaban al señor Paulov que con cariño y remedios curaba casi todos los males.

Ha pasado un año y cada día soy mas feliz en mi cabaña al lado del lago. Dos tardes a la semana voy a clase para aprender a hablar el lenguaje de mis vecinos los esquimales. Somos seis en clase: tres rusos, un portugués, un chino y yo. El profesor es profesora. Se llama Tiia y también vive en el pueblo. Tiene ciertos rasgos esquimales pero es alta, delgada, morena y con unos profundos ojos verde esmeralda. Habla algo de español. Me ha contado, mientras tomábamos un té, en el descanso de la clase, que un verano visitó la Sagrada Familia y se baño en una playa de Palafrugell. Le he prometido que le cocinaría una tortilla de patata. Le gusta Manuel de Falla y sueña con pasear por la Alhambra de Granada.

Las actividades varían dependiendo de la época del año. La gente del pueblo me llama por mi nombre y me invitan a los eventos del pueblo. El otro día alguien tenía una armónica. La pedí prestada. La hago sonar. Sin pensar, salen las notas de aquel viejo blues que le tocaba a Marta en nuestro primer verano, cuando pedíamos deseos a las Perseidas en la playa de Sa Rápita. Ya no recuerdo el rostro de la mujer de las piernas infinitas. Tiia me acaricia la mejilla y yo sigo tocando para ella. Frente a la chimenea le ofrezco un vino caliente con canela y piel de limón.

Amanece. La moto del vecino me despierta. Tiia se gira y me mira. Juntos vemos nevar a través de la ventana del dormitorio. Añado mas leña a la chimenea y vuelvo a la cama con una bandeja en la que hay café, tortitas y zumo de naranja.

Resaca de fiestas

Estrenamos año y parece que estrenamos vida. El fin de las navidades se termina con regalos; premios que sirve como aliciente para incorporarse al trabajo, a los estudios, a la rutina del día a día. Este nuevo año trae cambio de lustro, cambio de decenio y cambio de gobierno.

Mucho cambio para adaptarte tras un montón de días de comidas, fiestas, viajes, reencuentros; adaptarte de nuevo a los madrugónes, a los desayunos apurados, a los atascos, a los jefes, a los compañeros, a las clases de a los niños, a las extraescolares de los niños, a los juegos de los niños, a las colas del supermercado y de la gasolinera, a las partidas de póker de tu pareja, a los cafés de los miércoles con las amigas, a la paella del domingo con la suegra y los cuñados, al vecino que grita, al perro que ladra, a la vecina chismosa que te espía tras el visillo . Una adaptación qué te llevará un tiempo, el tiempo que duren las rebajas, el tiempo de distracción con los chollos y gangas que los comercios y grandes almacenes recuperan del lejano octubre. Cosas que fueron primicia hace unos meses y que, en el volátil mundo del diseño y la moda, no tuvieron el éxito suficiente para agotarse antes de dar por finalizada la temporada. Y ahí estás, aplacado el estrés de las mañanas, rebuscando por la tarde, en los cajones de los saldos. Buscando por los rincones de los aparadores y estanterías, dejas de pensar que enero llega cargado de subidas de precios; la luz sube, el agua sube, la lista de la compra sube, el ocio sube, el transporte sube, los carburantes suben. Y tú hablando de lo que has ahorrado comprando lo que no necesitabas o es que ¿realmente lo necesitabas?

Entre compra y compra te vas a comer y pides una ensalada sin frutos secos, sin fruta y con nada de salsas porque tenemos que bajar los quilos que has cogido con las comidas de las fiestas, las comidas de empresa, las comidas con los amigos, los picoteos mientras cocinamos, los viajes a la nevera mientras vemos la tele con los niños, las palomitas y los chuches del cine… ––¡Ay Dios y ahora cómo bajo tanta caloría! –– gritas a tu amiga en un acto de desesperación mientras te tomas un chocolate con churros, para reponer fuerzas después de tanto paseo de tienda en tienda y además ––¡Con este frío apetece un chocolatito! –– Convences a los niños, a la pareja, a la amiga, al amigo y hasta a la vecina del quinto, porque la culpa compartida pesa menos y no quieres reconocer que te has saltado la dieta que comenzaste por la mañana.

Y entre churro va y churro viene, cuentas la lista de los buenos propósitos y haces números, comparas las ofertas del los gimnasios, las clases de pilates, las de yoga, las de aquagym, las de padel, las de tenis, las de zumba, las de spinning, las de fitnnes, las decross… Te planteas un entrenador personal. Y dices convencida que cada día, después del trabajo, iras a caminar y que también tendrás tiempo para leer, para cocinar sano y preparar tuppers para llevarte al trabajo, para cuidarte y aprovechar para hacer ese tratamiento rejuvenecedor o unas sesiones de presoterapia que te ayuden con la dieta, o hacerte ese tratamiento del que te habló tu peluquero, ese fin de semana en el spa del hotel rural del Pirineo…

Ya son las nueve de la noche y te quedan treinta minutos de atascos antes de llegar a casa. Los atascos de cada día desde que te compraste el pareado en la urbanización de las afueras. –– La casa está cerquisima del centro. He mirado lo que he tardado cuando fuy a mirar el terreno , y solo fueron cinco minutos–– dijiste a tu pareja al volver, aquel domingo de enero, de la urbanización aún sin urbanizar. Y los dos os fuisteis camino de la promotora a firmar el contrato de arras de la casa a la que hoy tardarás en llegar mas de media hora… y ayer, y antes de ayer… cada día treinta, cuarenta, cincuenta minutos… en ir al trabajo y otro tanto en volver. –– Pero es que la casa es una pasada, tiene jardín y un baño dentro de cada habitación –– justificabas cuando tu suegro os decía que pillarías atascos por la mañana y por la tarde.

Por fin estas sentada en el sofá del salón. Ya te has puesto el pijama y estás tan cansada que encargas pizza para cenar.

Te vas a la cama y cuando le estas contando a tu pareja todo lo que has comprado y el dinero que te has ahorrado te das cuenta que estas hablando sola, ya nadie te escucha…todos duermen. Apagas la luz de la mesita de noche y antes de saber el total al que asciende el engorde de la Visa, el móvil se te cae al suelo y sigues durmiendo.

Y mañana vuelta a empezar. Un día mas de la cuesta de Enero.

Carta a los Reyes Magos

Queridos Reyes Magos:
Un año mas, por estas fechas, estais de camino a este mundo. En su momento veníais de Oriente. Ahora no tengo ni idea, porque tal y como estan las fronteras… cualquiera se atreve a cruzar en camello y además cargado con oro, no es un metal de los mas valiosos actualmente pero sigue cotizando en bolsa. Del incienso, ahora dicen que es tóxico y contamina; si fuera así no vivirían tanto los curas -digo yo-. Y la mirra pues no sé la verdad, es que en los tiempos que corren no tiene mucha utilidad. ¡Tenéis que modernizaros y pasaros al petroleo, los diamantes, el cobre, el coltán o cualquiera de esos que tanto ansian tener los gobiernos. No traer a nadie carbón. ¡Sí , hay gente que fue mala durante el año! Pero es que ya no está de moda porque también contamina. Fijaros que malo debe ser el carbón, que cerraron todas las minas y ahora los mineros deambulan por las calles paseando bolsas y controlando a los que hacen zanjas, que tampoco hay muchas porque dicen que no hay dinero para obra pública. Los pobres están aburridos, aunque muchos se van de vacaciones a Benidorm. En sustitución al carbón podéis traer unos sacos de pellet que es ecológico, aunque se haga de madera, en realidad de serrín -como si el serrín no saliera de la madera y la madera de los árboles- .
Ya veis que todo cambia muy aprisa. El mundo está revuelto y no sé yo si podréis llegar a tiempo para traer todo lo que pedimos en las cartas.
Este año volveré a pediros que hagáis magia para que de una vez por todas, en España, tengamos un gobierno estable y que sea capaz de cumplir eso que llaman Constitución -sobretodo en lo de la vivienda y el empleo dignos- que con tantas reformas, me parece a mi que se les olvida de cumplir lo que no modifican. Ya que estamos, a ver si hacéis que suban las pensiones y quiten todos los recortes que aún quedan desde que estaba el gallego.
También os pido que traigáis cultura. Me da igual si es en formato electrónico o analógico. El caso es que la gente se culturice leyendo, viendo teatro, cine, visitando museos y escuchando música.
Quiero viajes. Conocer lugares y ver como vive la gente. Igual así nos civilizamos un poco y copiamos las cosas buenas que tienen otros países, incluso del tercer mundo.
Y por último, pediros un poco de paz, calma y tranquilidad para todos, porque vaya temporada que llevamos sacando a los antidisturbios a la calle. Está bien que trabajen pero en otros asuntos, no dando garrotazos… no nos merecemos tantos palos y mas si es verdad eso de que estamos en un estado democrático con libertad de opinión.
Hacer lo que podais, ya sé que la cosa está fea.

Un saludo.
Pinín El Folixeru

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