El encuentro

Te vi entrar, cruzar el pasillo y hablar al camarero. Con ese aire despistado, paso decidido y enfundado en mocasines de ante marrón; espalda arqueada por la altura; las manos huesudas y uñas nacaradas, metidas en los bolsillos laterales del pantalón verde de tartán. La mirada escondida tras el cristal y el acetato rojo burdeos; con la seriedad que te da la barba canosa y el cabello largo y rizado, como de viejo bohemio. Me saludaste con un beso en la frente y una sonrisa perezosa. Sentado frente a mí, al lado de la chimenea encendida. Olía a encina quemada, barrica vacía y Esencia de Loewe. Miraste al fuego luego a mí. Sentí como se me aceleraba el pulso y se tensaban mis labios.

Nadie nos reconoció, nadie supo quienes éramos. Fue una buena idea mimetizarnos con el resto de comensales que nos miraban de soslayo, porque nuestras caras les sonaban. Debieron vernos en alguna revista, pero eso da igual. Habíamos decidido ser discretos, pero no ocultarnos.

Permanecimos uno frente al otro, sin atrevernos a romper el momento mágico. Me miraste atento, sin parpadear, tamborileando con tus dedos nudosos en la mesa, esperando que hablara y te dijera lo feliz que me sentía por tenerte allí, pero las palabras no se atrevieron a salir de mi boca. Mis piernas temblaban debajo del mantel de lino beis. Todo era mas fácil a través de una pantalla aunque seguía sin entender la última frase que me escribiste en el chat “Todo es mentira, no creas nada de mi”

Sonó el violín con notas de Bach. Un camarero veterano descorchó con un movimiento seco la botella del gran reserva que habías pedido al entrar.

Todo es tan real que el ayer se hace hoy y siento el sutil sonido de tu lengua chocando contra el paladar, saboreando el liquido rojo dentro de tu boca. Elevaste la copa hasta la altura de tus ojos e hiciste girar el vino en círculos, comprobando el color y la textura del liquido fermentado hacía más de treinta años; oliste los aromas afrutados que se filtraron por tus fosas nasales. Tras observar el ritual, el camarero llenó hasta la mitad nuestras copas. Me describiste las sensaciones que percibías al catar el vino, afrutado, carnoso, lleno, perfumado, con tonos violetas…

—Pruébalo —me dijiste.

Dí un pequeño sorbo que paladeé imitando tu veteranía como experto catador de caldos.

—Es un Ribera de mil novecientos noventa. Un Gran Reserva para celebrar nuestro encuentro. Con mucho carácter, como tú.

Sonreí. Era el mejor vino que había probado jamás, sin esa acidez con la que en mi ignorancia, distingue lo malo de lo bueno. Distinguí las sensaciones que me describiste. Brindamos una vez más.

Eras un hombre diferente. Lo supe cuando te vi la primera vez en la cubierta trasera de tu libro que leí con la avidez de quien se enamora del personaje y del escritor. Aquella atracción desmedida me precipitó en una búsqueda convulsa. Me conformaría con leer sus libros y saber todo lo publicado de su vida —pensé cuando vi tu foto.

Meses después, te encontré. El café de media tarde me había desvelado y a ti no te dejaba dormir el perro de la vecina. Coincidimos en el universo virtual, en forma de dos puntos verdes en el listado de amigos conectados en el messenger. Me escribiste un hola y yo te respondí con un ¿qué tal?. Las banalidades fueron dejando paso a preguntas mas íntimas y así vimos salir el sol. Tú desde tu casa, en Madrid, y yo en la mía, en Ibiza.

A medida que los días pasaban tu discurso no encajaba con lo que había leído sobre ti.

—¿Qué vas a tomar? — me preguntaste sin levantar la vista de la carta.

—Probaré la sopa de trucha. Nunca he comido pescado de río…

—Yo tomaré lechazo al horno, este vino pide carne.

Los violines dieron paso a un fagot. Beethoven me incitó a tararear la música que había sido una banda sonora de mi infancia.

—Perdóname Paula, estoy nervioso. Ha sido verte y no lograr articular palabra. A mi edad, y parezco un chaval en su primera cita. Han sido muchas las noches imaginándote, pensando en este momento. Sin embargo…

—También estoy nerviosa. No tengo nada que perdonarte. Eres mi escritor favorito y tenerte enfrente me hace muy feliz, tampoco sé que decir… y eso que hemos hablado horas y horas en los últimos meses —dije tímida.

A la tercera copa fuiste Javi y comenzaste a llamarme Pauli. No logré sacarte una carcajada, pero de eso ya estaba avisada, no te gustaba reír. Pero sonreíste al contarte mis planes para nuestro encuentro. Sorprendido levantaste las cejas.

—¿Qué dices? ¿Cómo voy a presentar mi libro mañana? Soñaba con un fin de semana romántico en este hotel maravilloso y tú me organizas la presentación del libro en un pueblo de doscientos habitantes, eres increíble… ¿No quieres seducirme? — dijo guiñando el ojo

—Hay tiempo para todo. Creí que te haría ilusión presentar el libro en la villa del libro. La intención era llevarte y darte la sorpresa… — te dije decepcionada mientras un hilillo de lágrimas resbalaba por mi mejilla y un mal presentimiento se alojaba en mi estómago

El camarero regresó con la carta de los postres.

—Les recomiendo degustar nuestros quesos locales y alguno de nuestros postres caseros.

—¿Podríamos probar una selección de postres? —preguntaste al camarero guiñándome un ojo. Sabías que era golosa y me tentaste.

El camarero tomo nota. Acariciaste mi mano con la tuya temblorosa .

—Me he sorprendido de tus planes. Me halaga que te preocupes. No estoy acostumbrado a que me hagan la vida fácil. Ni siquiera mi editorial organiza las presentaciones en librerías, solo se ocupa de los grandes eventos.

Tus ojos despedían la ternura de un niño cuando me atreví a besarte en los labios. Fue un beso suave, delicado y ligeramente húmedo que sostuviste hasta quedarnos sin respiración.

—Me gusta pasear por la naturaleza aunque sea con frío y niebla. No suelo hacerlo con… —dijo antes de apartarse unos metros para coger el móvil.

Después de la llamada, su gesto había cambiado. La cara amable y relajada, ahora, estaba tensa y con la mirada perdida.

—¿Algo va mal? Te decía… que por supuesto que podrémos recorrer los montes Torozos y después de la presentación podremos ir a Tordesillas. Deseo disfrutar contigo y de ti; vivir juntos momentos irrepetibles en lugares mágicos —dije sin dejar de buscar sus ojos

El camarero nos ofreció licores de diferentes sabores. Bebimos en pequeños vasos helados. Entre sorbo y sorbo nos besamos y nos confesamos los anhelos del encuentro. Hablamos de nuestros sueños, de nuestras vidas, hasta que la música dejó de sonar y las luces fueron apagándose poco a poco.

Quedamos solos bajo la bóveda de ladrillo centenario de lo que fue una bodega. Habías elegido el mejor de los restaurantes en donde beber el mejor vino de la ribera del Duero.

La siguiente noche disfrutamos del cielo estrellado en Tordesillas.

—¿Te acuerdas del paseo bajo la luna por el puente medieval? Estábamos bajo cero y no teníamos frío. Nos enamoramos perdidamente y nos dejamos llevar por mis locuras, y por la tuyas, que también tenías.

No volviste a Madrid y yo no regresé a la isla.

Recorrimos los campos de Castilla, colinas de tierra roja en donde se alineaban, retorcidas, las cepas viejas con sarmientos crucificados en infinitos tutores de alambres y entre medias, caminos por donde pasaba el tractor llevando el fruto a las bodegas.

Curva va, curva viene. En la ribera ya no quedaban hojas en los olmos viejos.

Cruzamos pueblos de viejas casas. Adobe y ladrillo aguantando las vigas de madera, carcomidas por el tiempo. Y seguimos caminando por las Tierras del Duero y a la izquierda el campo se vestía de trigo y a la derecha de surcos de arado. Y el camino entre pueblos y pocas urbes llenaron de barro nuestros zapatos. Castilla no es tan llana. Caminos del Cid, de Delibes, de Machado, Ribera del Duero, Rueda, Cigales, Toro, Tierra de Campos, palomares y chozos.

Siempre viajando en mi destartalado Seat; y llegamos hasta este pueblo, al final del Duero. No hablábamos portugués, nos emborrachamos escuchando fados. Vivimos frente al río, entre viñedos. Juntos, ajenos a un pasado y presentes en un futuro que se nos ha ido.

Me dejaste llena de recuerdos y solo te tengo a ti para compartirlos, aunque estés ahí, enterrado y no me contestes. Te fuiste amándome pero no me diste tiempo a conocer tu secreto. Tu vida era más que libros y clases de escritura. Ocultaste todo tu vida, una familia de la que ni a mi me hablaste. La escondiste en lo más recóndito de ti inventándote una vida que no era de nadie. No te culpo. Te has llevado tu secreto.

Hoy tus hijas me han llamado. No sé cómo me han localizado, tal vez fue tu editor. Quieren venir a vernos. No saben qué has muerto.

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