Las olas

Cuando Isabel Pujol tuvo en sus manos, por primera vez, el libro de Virginia Woolf “Las olas”, desconocía mi existencia. En realidad yo nunca conocí a la señora Pujol. Hace dieciocho años que de tarde en tarde, quienes sí la conocieron, me cuentan anécdotas de su vida.

Murió un mes antes de que yo conociera a su nieto, y cinco meses después del nacimiento de la hija de su nieta, la que llevaba su nombre siguiendo la tradición de poner el nombre de la abuela a la primera hija, Isabel. De su muerte, también me explicaron cómo fue, se puso enferma subiendo a un autobús, justo cuando subía los escalones. Se iba de excursión, con los vecinos y las amigas del pueblo. No murió allí mismo, duró unos días. Postrada en la cama, en el hospital, después de una intervención, la aorta se rompió por otro lado y ya no hubo solución. El adiós de la señora Pujol fue un duro golpe del que ya no se habla, y que todos recuerdan, menos yo.

Las heridas que deja la muerte tardan años en curar, no cicatrizan, solo hacen una costra que pica, a veces escuece, y en las tardes de mayo, la familia se las rasca recordando en silencio. Es ese escozor, el que te impide abrir los armarios, vaciar los cajones y descubrir los secretos, los recuerdos, las cosas que llenaron los instantes del que se fue.

Pasaron los años y el dolor, aún presente, se enquistó en un río de lágrimas contenidas, un mar de llanto invisible. Todos se acostumbraron a su ausencia, al vacío que la abuela dejó. Hasta que volvieron las fuerzas, entonces, se abrieron las puertas de los armarios, se vaciaron cajones y las pertenencias de “la Meme” fueron llenando bolsas de basura y cajas de recuerdos. Apiladas en el garaje, nadie se atrevía a abrir el fantasma del pasado, hasta que llegaron más trastos y necesitaban hueco en el garaje-trastero.

No recuerdo bien si era mañana o tarde, invierno o verano, tal vez otoño, o quizás primavera, no sé, da igual. Habían pasado muchos años y su hija me ofreció la colección de libros, cajas y cajas repletas de libros de tapa dura en polipiel verde, libros de tapa dura en polipiel marrón y otros que no estaban encuadernados en polipiel.

Fui sacando, mirando, eligiendo, revisando el interior que no hubiera una carta, una foto, un marcapaginas, algo íntimo que descubriera el breve instante que marcaba. Pero no había nada. Aquella montaña de cajas repleta de libros, ahora era mía. No era de los nietos, ni de los hijos, era mía porque supieron que me gustaban los libros, porque son seres inertes con alma de papel.

Y hoy, en un ejercicio de escritura, aparece un fragmento de uno de esos libros que aquella tarde, de no recuerdo que mes, desempolvaba y seleccionaba. ¿Destino, casualidad?

Los libros deben pervivir generación tras generación. No importa que su lectura no sea inmediata. Puede que Isabel Pujol no leyera a la Woolf, algún día, su bisnieta, Isabel, leerá este libro y el resto de la colección, o tal vez solo guarde algunos de los libros de su tía. Quizás, para entonces, todos los libros vuelvan a estar empaquetados esperando un nuevo lector…quien sabe lo que deparará el futuro.

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4 comentarios sobre “Las olas

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  1. No hace oír música para oír música.

    Virginia, como de costumbre, nos descubre un mundo nuevo de sensaciones, sensaciones que ella misma percibía, pero que son tan difíciles de plasmar sobre un papel. Pero para ella no había límites cuando de escribir se trataba, su único límite, aunque prefiero llamarlo frontera, fue un río.

    Es una novela realmente complicada de leer. Los monólogos interiores mezclados sin permiso de continuidad, pueden hacer que más de una vez el lector se tenga que detener a pensar qué demonios está leyendo, perdido en la inmensidad de las palabras, en la profundidad del mar, viéndose arrastrado por las olas que lo empujan a lo más profundo de su ser.
    Pero ahí está una de las maravillas que logra siempre Virginia: lo aparentemente sencillo, lo vuelve lo más complicado posible. Porque lo cierto es que no es sencillo, la mente humana es una de las cosas más complicadas que existen, y como bien decía ella, los pensamientos son aleatorios, sin orden, una idea lleva a otra, un pensamiento viene predecedido por otro. Ella lo plasma tal cual en sus obras, siendo «Las olas» donde más profundamente se ve esta huella tan característica de su escritura. Es el lector quién tiene que ordenar esas ideas, quién tiene que darle incluso un sentido.

    Y qué manera tan bella de hablar del proceso tan hermoso y triste que supone nuestra existencia, desde que amanece vemos esas olas llegar con tanta fuerza y vemos cómo las mismas se van apagando, mientras el sol se esconde.
    Principio y fin.
    Cuanta belleza en esos pasajes como hilo conductor de la historia.

    La muerte, el suicidio, siempre presente en sus escritos. La sombra que acechaba su alma quueda plasmada en cada obra, cabe preguntarse si tal vez tanta belleza no era más que una llamada de auxilio.
    Pero nadie la oyó.
    Y bajo el agua quedará siempre ese grito.

    Muchas gracias por el post! ❤️

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