La lavandería

Al despertarse y no encontrar a su dueña, la vieja Tula se meo sobre el edredón. La caniche era el bebé que María no pudo tener. El mismo animal se portaba como tal, dependiendo en todo momento de su dueña. Desde que había llegado a la casa con tres meses de vida, la perrita no se separaba de su ama. Cada noche dormía junto a ella ocupando el lado izquierdo de la cama. Otras veces, cuando las noches eran más gélidas de lo habitual, la pequeña Tula se hacía hueco entre el matrimonio, incluso hubo alguna vez en que se metió dentro de la cama hasta que agobiada, probablemente, por el calor que desprendían los dos humanos o por la falta de espacio que le dejaban para estirar sus cuatro patas, Tula salía de debajo del nórdico y se ovillaba a los pies de la cama.

Andreu dormía plácidamente hasta que le despertó la humedad sobre sus pies. Le llegó el olor intenso a orín y se levantó cabreado. Tula había saltado de la cama gruñía y arañaba la puerta con ambas patas.

—¿Qué has hecho? —gritó Andreu a la perra —¡ya me has jodido el domingo, maldito chucho, maldito el día que te traje a esta casa!

Asustada, la perra reptó hasta refugiarse debajo de la cama.

Andreu quitó el edredón y separó la funda del relleno. No había otra opción que llevarlo a la lavandería. «¿Por qué no harán lavadoras domésticas con capacidad para edredones de camas grandes?» pensaba a la vez que introducía la ropa de cama en bolsas.

Hacía unos años las lavanderías de lavadoras inmensas que funcionaban metiendo monedas se habían puesto de moda. Un local sin empleados; dos zonas diferenciadas: una de secado y otra de lavado; una mesa para doblar la ropa y un par de bancos para esperar el final del proceso de limpieza. La primera vez que María las vio recordó haberlas visto en las películas americanas.

La esposa de Andreu empujó la puerta. El local estaba vacío, tenía suerte. El tambor de una de las lavadoras giraba haciendo ruido. Las otras dos maquinas, de menor capacidad, estaban libres. Introdujo el edredón y metió las monedas, María se sentó a esperar frente a la lavadora leyendo la última novela de Leticia Sierra en el Kindle. No había pasado dos minutos y la puerta de la calle se abrió sin hacer ruido. Un hombre de mediana edad se sentó en la zona de lavadoras. La mujer sintió como el hombre sacaba el móvil del bolsillo y se dispuso a mirar la pantalla. Sin levantar los ojos del ebook, la mujer miró de soslayo los zapatos del hombre; estaban limpios y parecían poco usados. No se atrevió a girarse. No saludó al hombre, tampoco lo miró a la cara. El hombre permanecía inmóvil. Le extrañó que no llevara bolsas que contuvieran ropa o que estuvieran vacías para recoger la colada de alguna de las secadoras que estaban en marcha.

La lavadora daba vueltas con el edredón que Tula había meado. María comenzó a inquietarse, perdió la concentración con la presencia del hombre que se había sentado a su lado. «¿Qué hará este hombre sentado en una lavandería?» Pensó en qué tal vez hubiera entrado a descansar huyendo del frío de aquel sábado de enero, o tal vez quisiera conectarse al wifi de la lavandería para consultar algo en Internet. Retomó la lectura de “Animal”. Leyó un párrafo sin enterarse de lo leído, repitió la lectura. El hombre seguía mirando su móvil. María volvió a mirar los zapatos de ante azul oscuro; subió la mirada hasta ver que su chaqueta era también de ante, hacía juego con los zapatos. No vio su cara. Su pelo era castaño. Su complexión más bien delgada. Podría ser un atracador que esperará a un despiste de su víctima y robarle el bolso mientras sacaba o metía la ropa en la máquina. «No llevó cartera, ni bolso… no tiene nada que robarme». Pensó en enviarle un mensaje a su marido para que viniera y le acompañara hasta que se terminara el secado del edredón. La opción de que fuera un violador la descartó, los ventanales del local daban a una calle transitada y la luz del mediodía iluminaba el local, no le pareció un escenario propicio, los transeúntes se darían cuenta de lo que sucedía en la lavandería y llamarían a la policía. Inspiró y espiró en silencio. Consiguió centrarse en la lectura, cuando sintió que alguien estaba a un palmo de ella.

—¿Podría vigilarme la bolsa mientras voy aquí al lado a comprar? —dijo una anciana que esperaba a que la lavadora finalizara de lavar el edredón.

María se sobresaltó y se le enredaron las palabras. Asintió moviendo la cabeza. No había visto a la octogenaria. El hombre de los zapatos de ante azul se levantó y sacó un edredón de la secadora. La dueña de Tula, aliviada, continuó leyendo las aventuras de Olivia Marassa hasta que el pitido de la lavadora le recordó que el edredón que Tula había meado estaba lavado.

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