Milford Sound

El minibus se desvió de la carretera por un camino de tierra. La infinita gama de marrones coloreaba de otoño el bosque en el que nos adentrabamos. No había paisaje, estábamos dentro de un laberinto de troncos erguidos, tapizados de musgo que impedían ver el infinito. El camino de piedras ralentizó el paso. El conductor paró el motor sin aviso alguno. Abrió las puertas y gritó en maorí

 <<Haere ki waho ka pai ki te tirohanga. Ka okioki tatou mo etahi meneti. Inaianei ka hoatu e ahau he kawhe me tetahi mea hei kai>>

Ninguno de los viajeros comprendía el idioma, pero con los aspavientos todos entendimos que nos teníamos que bajar del vehículo. Con cara perpleja nos preguntamos lo que sucedía sin que lográramos encontrar una respuesta. Mientras el conductor continuaba, tranquilamente, sentado dentro del minibús.

Deduje que nuestro destino aún estaba lejos. De las tres horas y pico que duraba el viaje hasta el Milford Sound desde Queenstown, no habían transcurrido dos. Me alejé unos metros para lograr ubicarme con el gps. Entonces ví que estábamos al lado de un río espectacular en dónde los rápidos conformaban junto con las montañas de la otra orilla un paraje de National Geographic

<<He pai ki a koe te waahi? He ohorere tenei tu, na to taraiwa>> me dijo el conductor dirigiéndose hacia donde yo estaba. Me fijé qué aquel hombre de semblante risueño, tez morena, ojos grandes y tatuajes en el cuello, iba cargado con un extraño artilugio y una cesta de picnic, seguido del resto de los pasajeros.

La corriente susurrante del río se convertía en un ruido ensordecedor, saltando los desniveles contra las piedras. La espuma blanca se diluía en los remansos formando espejos en donde se reflejaban las montañas rocosas de la otra orilla. Hipnotizada por el espectáculo buscaba el mejor de los encuadres disparando el obturador de la cámara a diferentes aperturas. El sol estaba alto y apenas podía jugar con las sombras, pero ello no impidió que durante unos minutos recorriera una buena distancia ribera arriba.

Cuando volví, el resto de turistas charlaban animadamente con una taza en la mano. Rongo, el maorí, había encendido fuego en un hornillo de leña portátil. Había hecho café y té para todos. De la cesta de mimbre, en donde guardaba cucharillas y tazas, sacó unos pastelitos dulces y azúcar. Me acerqué y le dije gracias, era la única palabra que sabía decir en su lengua <<Mauruuru koe>>. El hombre me mostró una perfecta dentadura alineada y tan blanca como la espuma del río. Juntando las palmas de las manos, flexionó el tronco una y otra vez como acto de agradecimiento por el esfuerzo en pronunciar su lengua.

Cuando llegamos a Milford Sound, la tripulación del barco nos esperaba a bordo. El barco recordaba a uno de aquellos viejos barcos que aparecían en el Mississippi de Mark Twain, con la gran rueda de aspas y la chimenea humeante. Desde la cubierta más alta vimos como los marineros soltaban amarras y el barco avanzaba por un agua del color de la tinta, entre escarpados acantilados. Las montañas alpinas estaban recubiertas de una tupida vegetación. De aquella alfombra verde lloraban enormes cascadas, como la de Lady Bowen que era la más alta del fiordo. En el paisaje abrupto se dibujaban formas como la mitra del obispo que daba nombre a la montañas “Pico Mitre”, de más de mil seiscientos noventa metros o el Monte Kimberley, conocido como “El León”.

En el trayecto hasta el mar de Tasmania el silencio ensordeció nuestros oídos y el paisaje cegaba nuestras pupilas. El fiordo Milford Sound era uno de los parajes más espectaculares que jamás había visitado.

Cuando desembarcamos, Rongo nos esperaba delante del minibús azul. Al verme, avanzó a mi encuentro y me entregó un pequeño paquete. Los viajeros no se percataron del obsequio, daba igual, me sentí avergonzada. Cuando abrí el regalo, vi que se trataba de un “Pounamu” en forma de anzuelo. Con el bonito amuleto de jade, Rongo expresaba el deseo de dar continuidad a una amistad que empezó con una taza de café al lado de un río.

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