El hombre del traje gris

Continuación de “La mujer de rojo”

Desde el salón del noveno piso del edificio “Zorbas” se disfrutaba de la calma transmitida por el azul de la bahía y el olor a salitre que llegaba desde aquel mar levemente agitado mezclado con el olor a bronceador. No importaba levantarse del sofá para admirar el paisaje. Los tres inmensos ventanales permitían la entrada de los últimos rayos de sol de la tarde tiñendo el blanco de la única pared de un tono anaranjado. Sobre la enorme alfombra de colores chillones que tapizaba la totalidad del suelo, dos cojines color azafrán gigantescos, conjuntaban con el sofá del mismo color. En el suelo, montones de libros esparcidos en monolitos de volúmenes clasificados por colores, convertían la estancia en un lugar especial. De algún lugar salía una música de violín, apenas inaudible. Olía a incienso y aceites esenciales de cítricos. Del marco de la puerta corredera, de la terraza que rodeaba la casa, colgaba un carillón de viento hecho de conchas e hilos de colores. En la terraza, no había muebles, solo una hamaca de playa apoyada contra la pared. La casa no era grande. Al otro lado del pasillo estaban las dos habitaciones, la cocina y el baño. Todo pintado en un blanco cegador, sin adornos, sin lujos. Alguien dijo un día a Nadia que su casa era muy zen. No dio explicaciones, simplemente sonrió.

Aquel lunes no era muy diferente del resto de los lunes del último mes. Mañana de ajetreo en la redacción hasta el cierre de edición. Por la tarde se encerraba en casa leyendo, terminando algún trabajo o simplemente dejando que los pensamientos pasaran.

“No es la resaca de la cena de ayer. Es un percutor de palabras incisivas atronando en mi cerebro. El dolor no se ha ido desde aquel día. Mi médico diría que somatice el disgusto. Ir con él a la playa y darle otra oportunidad, no fue una buena idea. ¡Maldito Bestard!. Soy incapaz de todo. Apenas soy capaz de leer, ni de ver la tele. Aquí estoy, acurrucada en una esquina del sofá, no dejó de darle vueltas al monólogo que me vomitó. Y yo pensando que se había decidido a no retomar la discusión que nos separó. Pero no. Retomó el papel de ofendido en cuanto salió del agua. Jamás lo hubiera imaginado. Después de todo, el día de la bronca, solo me limité a decir lo que pensaba en aquel mismo momento: que el partido era un nido de trepas ineptos y vividores, hipnotizadores de serpientes, vendedores de humo, manipuladores de inocentes; qué pocos había que fueran políticos honestos y defensores de los principios del partido. Creo que también le dije que sus políticas sociales no eran más que palabras vacías en los panfletos electorales. Ahora reflexiono y con el paso de los días me doy cuenta de que me pudo el cabreo y la indignación. Decirle eso duele, aunque el supiera que no me faltaba razón. Claro que cuando estás tan dentro de la organización, como lo está él, puede ser lógico que piense que a los míos con razón o sin ella. Al fin y al cabo es la mano que le da de comer. Otra cosa fue llamarle cínico, titiritero y glotón, si hubiera sido otro directamente me hubiera puesto la cara del revés. Pero vaya que aunque me pasara con las opiniones, era mi opinión. Enfadarse y desaparecer es de críos. Así les va. Así le va…siempre solo. Y es que todo ellos so. fieles herederos de Carlos III. No tiene sentido que después de tanto tiempo yo saco la bandera blanca y el buen rollito de una tarde de playa y él despotricando de mis formas y mis opiniones, fastidiando un ratito de relax, y los mojitos, porque después de aquel monólogo que soltó cualquiera se quedaba a beber unos mojitos en el Chill Out del club de vela. Y esa forma que tiene de abroncarte, sin levantar la voz, ni gesticular; esa frialdad con la que me llamó ignorante, embustera, utópica y perroflauta; con sus ojos clavándose en los míos hace mas daño que un escándalo en medio de la calle. Solo le faltó decirme que estaba loca… , eso sí que no se lo hubiera consentido. En realidad no sé cómo pude aguantarle el discurso. Y es que soy imbécil, o tal vez sea más tolerante, y yo sí qué se aguantar un chaparrón. Y total, por muy digna que aguantará el discursito, aquí estoy, una semana después y esperando , entre sollozo y sollozo, que me llame pidiendo perdón. Aquel discurso prepotente, cargado de egocentrismo pueril no es tan fácil de olvidar. Con lo terco que es… no llamará.”

El teléfono interrumpió el soliloquio de Nadia.

—Hola Carolina. ¿Qué tal?. Veo que aún conservas mi número de móvil. —dijo Nadia en un tono ácido y cortante

—Hola bonita. Tú también el mío. Je, je. Te he llamado para invitarte a cenar o a comer, lo que te apetezca. ¿Te acuerdas que íbamos a firmar el amnisticio?

—Sí, sí, el amnisticio. ¡Claro!

—¿Te va bien mañana? ¿Te hace un llonguet o prefieres algo mas formal?

—El llonguet va bien. Mi economía no es tan boyante como para sentarme a la mesa de cualquiera de los restaurantes a los que sueles ir.

—¿Y tú que sabes a dónde voy? —Le respondió Carolina súbitamente ofendida.

—Da igual cómo lo sé. ¿Te va bien quedar en el Es Vaixell a las ocho o prefieres el Bosch?. A medio día me es imposible.

—Mejor al lado del mar. Nos vemos en el Es Vaixell.

“Y ahora ¿qué le habrá picado a esta que llama para quedar con tanta urgencia? Conociéndola, algo se trae entre manos, y seguro que nada bueno”

El teléfono volvió a sonar.

En la pantalla podía leerse “El capo Armando”

—Nadia, haz la maleta. Te vas a Madrid.

—¿Cómo?. ¿Cuándo?

—Qué te vas a Madrid a una reunión de periodistas. Me han pedido que envíe a alguien para el seminario sobre los “Fake en redes sociales” y he pensado en ti.

—¿Seminario de redes sociales? ¿Y no lo hacen online?

—No. En un rato tendrás las tarjetas de embarque en el correo. Te vas pasado mañana. Tienes tiempo para dejar al perro en la guardería y comprarle comida al gato. Así que no hay disculpa que valga.

—Ni tengo perro , ni tengo gato. ¡Ya te vale! —contestó indignada —¿Pasado mañana?. Imposible. Pasado mañana hay pleno en el ayuntamiento y se prevé movida gorda con el tema de la recalificación de los terrenos en Na Burguesa y la prohibición de fumar en la calle.

—A la mierda el pleno. Tú te vas a Madrid sí o sí

—¡Como tu digas!, pero en Cort se va a liar una gorda. A ver a quién envías.

—Eso ya no es asunto tuyo. Pasado mañana me harás una videollamada desde Madrid para informarme quienes han ido del resto de medios. Y ponte las pilas que a la vuelta tendrás mucho trabajo con el pajarito azul.

“Con lo que me ha costado que los de la asociación me filtraran la movida que traman y ahora el lumbreras me envía a twittear”

Las llamadas del jefe y de Carolina borraron a Bestard de los pensamientos de la periodista. Un hambre feroz la hizo saltar del sofá y atracarse de crema de cacahuete untada en pan de molde con trozos de plátano. Devoró el sándwich viendo un canal de televisión en el que ponían una reposición de un clásico de cine en blanco y negro. No pasaron ni diez minutos del último bocado y Nadia dormía con el móvil en una mano y el mando a distancia de la tele en la otra.

Embarcó en el boig 737 a la hora prevista. La ventaja de no llevar equipaje le procuró ocupar su asiento antes que el resto de pasajero. Le tocó la cuarta fila comenzando por la cola. Le dio igual. No tenía el cuerpo para vuelos y hubiera preferido seguir el seminario por videoconferencia como ya había hecho en otras ocasiones. Segundos antes del despegue, cerró el libro y lo dejó encima del asiento del medio, junto con la cazadora de cuero. Al rato cambió de asiento poniéndose al lado de la ventanilla; levantó el parasol; se quitó el jersey quedando en camiseta; abrió la válvula de salida de aire que está justo al lado del botón de llamada a la azafata; cogió la botella de agua abrió el tapón y bebió, la cerró y la colocó en el portaobjetos del respaldo delantero. No entendía por qué aquella mañana estaba tan nerviosa. Sacó el móvil y en modo vuelo se puso a escribir. Sentía una presión en el pecho y un escozor en la garganta. La migraña continuaba. Miró por la ventanilla. El avión giraba a la derecha justo encima de la Islas Malgrats. Seguía en ascenso y vio la Dragonera en toda su extensión. Hacía buen día y quedaba una hora de vuelo. El bocata de tortilla de patata del bar de la terminal, le había dejado una pesadez en el estómago. Ahora sentía acidez. Tenía un presentimiento de que algo iba a suceder y eso la inquietaba. Dejó de escribir, apago la pantalla del móvil y decidió hacer ejercicios de respiración para tratar de relajarse el tiempo suficiente para que la sobrecargo le ofreciera algo que tomar. Vertió la crema de leche en el té cuando atravesaban Valencia. Retomó la lectura. Cerró el libro en el cielo de Madrid. Habían pasado unos minutos de la cinco de la tarde cuando el avión rodaba fuera de pista al encuentro del finger

Afuera estaba el cielo gris. Combatiría el frío de los primeros días de otoño y deseaba que la ropa no le estorbara. Detestaba llevar la cazadora en la mano. Nunca le había gustado sentirse embutida en la ropa . Guardo el libro en la mochila y espero un buen rato hasta que llegó a la terminal.

La torre de la iglesia de Barajas seguía en su sitio. Una vez visitó el pueblo. Estaba justo al lado del aeropuerto. No entendía cómo la gente podía aguantar el ruido continuo de los motores. “Hay gente muy resignada” —pensó

El avión ya estaba aproximándose a la T3. En pocos minutos el finger succionaba a la aeronave uniéndose con la terminal mediante el pasillo móvil. Mientras la tripulación finalizaba la maniobra, todos los pasajeros sacaban sus cosas del compartimento superior. Conectaban sus móviles y los tonos de los mensajes sonaban por todo el avión. Aquel momento era igual en todos los viajes que había hecho. Los pasajeros mostraban la inquietud y las ganas de salir de la aeronave. Había sido un trayecto de una hora, “muchos tendrán ganas de fumar”, pensó. La cola de gente que ocupaba el pasillo central comenzó a avanzar. Afuera, los operarios se frotaban las manos como cara de frío. El cielo gris oscuro amenazaba con descargar agua. Las previsiones meteorológicas anunciaban fuertes tormentas, aunque pocas veces acertaban. La oscuridad se hacía cada vez mayor y aunque el reloj de la sala de espera marca las doce del mediodía parecía que fueran las nueve de la noche. Los pasajeros en transito por las salas del aeropuerto caminaban perezosos hasta la salida. Dudaba si coger el metro o un taxi. No tenía prisa. Se decidió por dirigirse hacia la boca del metro. No le gusta Madrid. No le gusta el metro de Madrid. Esperó en el andén dos minutos. Desconfiaba de los viajeros que esperaban en el andén, en cualquier andén de cualquier estación, de cualquier metro. Apretó la mochila contra el pecho y la espalda contra la pared. Subió al vagón parado delante de ella. Olía mal, el olor a sudor hizo que instintivamente aguantara la respiración. Tapó boca y nariz con el fular de colores que había comprado en el mercadillo de Montmartre. Se sentó en el único asiento libre que vio. Un senegalés enorme y un musulmán pequeñito, parecía marroquí, parecían flanquearla. Supo que era un senegalés porque hablaba por teléfono y su voz sonaba igual que la de la chica que trabajó en casa de su madre. Al musulmán no necesitó oírlo hablar, lo supo por su vestimenta. Cruzó las piernas y dejó los brazos sobre la mochila. Repitió el nombre de cada una de las estaciones en donde iba parando el vagón. Subía gente, mucha gente. Le faltaba el aire y el mal olor aumentaba. A medida que se acercaban al centro subían quinceañeras maquilladas con olor a colonia barata vistiendo minifalda, camisetas ajustadas y una cazadora tejana. Faltaban un par de paradas. Una aplicación en el móvil le indicaba el trayecto. Un señor con barba gris, traje gris, sombrero gris y zapatos negros subió al tren. Llevaba un saxo dorado colgado del cuello. “¿Por qué casi todos los saxos son dorados?“, pensó. Aquel hombre en medio del pasillo, justo a mitad del vagón, inspira e espira unas cuantas veces antes de llevarse la boquilla del saxo a su boca.

Suena la música que sale del saxo. Arrastra las notas que suenan suave. Es una canción triste. La barba gris esconde el semblante del hombre. Sus ojos son oscuros y brillantes. Los dedos van marcando las notas en las llaves del saxo. Una lágrima surca la mejilla y se esconde en la poblada barba gris. Lo mira y ella descubre que la mira. Apartó la vista y busco otra mirada cómplice. El metro va lleno, unos leen libros, otros teclean en la pantalla del móvil, otros hablan por teléfono. Una madre le pregunta a su hijo que ha comido en la casa de los abuelos. Dos amigas adolescentes hablan y ríen. Una anciana revuelve en el carro de la compra. El señor del bigote tiene la mirada perdida y el periódico bajo el brazo izquierdo, con la mano derecha agarra la barra que va atornillada al techo. Las adolescentes con olor a colonia barata se han ido al final de vagón y se escuchan las risas, la gente las mira, pero no les dicen nada. El hombre de traje gris sigue tocando con sus ojos clavados en Nadia. Le aguanta la mirada con recelo. Le gusta su música. Le sonríe entre dos notas. No parece ser muy mayor, puede que tenga su edad. Se acaba la canción y se baja en la siguiente estación. No ha pasado el sombrero como suelen hacer los músicos callejeros que se cuelan en los vagones de metro. Le sigue a través del cristal. Le mira y le dice adiós. Se fija en la funda del saxo que lleva colgada a la espalda, es de cuero negro y no parece muy gastada. Le lanza un beso. Sonrió, cerró los ojos.

“Cuanta gente rara hay en el metro de Madrid. Me corrijo, no son raros son diferentes, probablemente ellos también me vean diferente… de provincias dirán”

Próxima parada Preciados. Se baja canturreando la canción que salía del saxo. Recorre el andén, sube por la escalera mecánica. El olor a sudor le vuelve a producir arcadas. Está en medio de un mar de gente. Se marea. Un fuerte olor a palomitas anuncia un kiosco a la vuelta del pasillo. Ve un mendigo tirado en un rincón. La gente pasa a su lado. Nadie se fija en él. Puede que duerma. Está tumbado de lado mirando a la pared, tapado con un edredón viejo y sucio. Invisible entre el mar de personas que van y vienen. Al fin llega a la calle. Se paro a coger aire. Hace frio, se pongo los mitones y coloca el foular alrededor del cuello. El cielo es azul oscuro ya se ven las luces de neón en los edificios. Entre ruido de sirenas, coches y el hablar de la gente vuelve a escuchar aquella canción. Caminó calle abajo buscando aquel lugar repleto de libros en donde siempre soñó perderse. Abre la puerta y suena una campanilla que cuelga del techo. El olor a papel y tinta, a olor a libro nuevo le reconforta. Guarda los mitones en la mochila, deja que el foulard cuelgue alrededor del cuello y desabrocha la cazadora. Dentro de la librería hace calor. La madera en un blanco antiguo y la forja negra dan paso a un espacio de recovecos repletos de libros. Sube por una escalera con peldaños de madera de roble viejo al primer piso. Recorre cada una de las salas que en otro tiempo debían ser las estancias del hogar de algún señor y su familia. Imagina las escenas que vio en las obras de teatro del XIX. Los espacios tienen estanterías de madera en las paredes y mesas con montañas de libros en medio. Han distribuido los libros por temas. Cada tema en una estancia. Recorre las estanterías disfrutando de cada volumen, leyendo el título en cada lomo de los libros. Ojea los libros que le atraen por su portada. Sube al piso de arriba y después al de mas arriba. Cuatro plantas repletas de estanterías de casi dos metros de alto. Los pocos clientes que hay están en silencio buscando títulos o simplemente pasando los ojos por los miles de libros. En un rincón hay una chica sentada en el suelo entre dos estanterías, leyendo un libro. La mira, pero está abstraída en la lectura, no se entera qué Nadia la observa. La escena le sugiere una foto, pero no se atreve a sacar la cámara y disparar.

Lleva dos libros en la mano. Llevaría mas si fueran más baratos. Vuelve a la planta baja para pagar. La cajera, morena con melena lisa atada en una cola, le está contando al chico que estudió filosofía y derecho, que acabó el año pasado y que este año no se ha matriculado en nada. Es guapa. El chico la mira. Se vuelve hacia la entrada, pero no sale. Gira a la izquierda y se va hacia la parte de atrás de la planta baja, en donde al entrar, vio un café. Se acerca a la barra y pide un café con leche y una galleta de almendra. Sobre la barra de bar hay revistas con las novedades editoriales, coge un ejemplar y se va a una mesa. Se sienta y revisa si hay mensajes en el móvil. “Nadie me ha escrito”. Saca una foto a escondidas de aquel lugar que le recuerda a un café finés, la retoca, pero no la publica en Instagram. El olor a canela y jengibre dibuja una sonrisa en su cara. “Noto como brillan mis ojos. No puedo evitar sentirme la mujer más feliz del mundo”, piensa. Ojea las novedades de las editoriales. La decoración del bar es igual al resto de las estancias del edificio. Es una mezcla entre la decadencia de los edificios antiguos y la pureza de las lineas rectas de la decoración boho. Una combinación arriesgada y cuidado que ha logrado un entorno cálido en donde disfrutar de la lectura.

—¡Hola!

Nadia se gira. Es el hombre de traje gris. Lleva el sombrero en la mano, no ve el saxo. Un par de mechones rizados caen por su frente, el resto de la media melena con alguna cana ha quedado recogida en una cola. Los ojos de la periodista se han clavado en su rostro.

“Ahora puedo fijarme en los labios escondidos entre la barba. Son muy rojos y gruesos. Las mejillas ya no parecen tan prominentes como cuando tocaba el saxo”

—¿Le molesta si me siento con usted?—.

Mueve la cabeza asintiendo. La mesa es grande, de esas que suelen compartirse, con bancos a los lados.

—No, siéntese —le contesta quitando la mochila.

Lo mira durante un par de segundos descaradamente. Sus ojos son negros y su piel morena, color aceituna, es tersa, bien cuidada, sin arrugas ni manchas, luminosa. Sus dedos largos acaban en unas uñas nacaradas y una manicura perfecta. No parece un buscavidas. Posa su abrigo en la silla vacía al lado de la otra mesa. En cada movimiento despide un olor a vainilla y sándalo.

Nadia toma un sorbo de café y mordisquea la galleta de almendra.

— Bon profit—.

— Gracias— acierta a decir cuando traga el trozo de galleta que tenía en la boca.

— Eres la chica del metro — afirma con rotundidad.

La camarera se acerca les dice que en unos minutos cerraran el bar. Nadia termina el café, se pone la chaqueta y el foulard. Cuelga la mochila a la espalda, se despido con un adiós del hombre del traje gris y se dirige a la salida.

— Perdona, no quería molestarte, es que creo que nos conocemos — le oye decir cuando ya esta con los pies en la acera.

—Creo que se confunde.

Aquel hombre continua hablándole a la vez que aceleraba el paso. Él lo aceleraba más hasta que un semáforo en rojo la paró.

—¿Qué quiere de mí? —pregunta Nadia

—Perdona si te molesto pero es importante que hablemos

—¿Hablar? ¿De qué?

— Veo que no me recuerdas. Mi nombre es Tarik. Y tú eres Nadia ¿verdad?. Vayamos a algún café donde podamos hablar tranquilamente.

—Sí soy Nadia. Tu nombre no me me suena de nada.

—Han pasado muchos años y muchas cosas desde la última vez.

Caminaron calle arriba hasta encontrar un bar medio vacío. Ya era de noche aunque en el reloj de la plaza, las agujas marcaban las seis de la tarde.

Nadia y Tarik entraron en el bar. Él eligió la mesa del fondo, la mas apartada del resto. Se sentaron uno frente al otro y la periodista pidió un café con leche bien caliente para ella y un té negro para él.

—Y bien ¿de qué quieres hablarme?

—Quiero pedirte perdón

—¿Perdón? —dijo Nadia —¿Perdón por qué? Dices que nos conocemos de hace tiempo pero yo no te recuerdo en absoluto.

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