La mujer de rojo

Continuación de “El ágape”

Sentarse en aquel taburete alto, con la botella de Martín Códax dentro de la cubitera, no mejoró su humor. Ansiaba beberla de un par de tragos. No deseaba compartirla con ninguno de los presentes. Anhelaba que sorbo a sorbo, copa a copa, aquella botella de albariño frío acabara con la inquietud que vibraba dentro de ella. Algo iba a suceder. Estaba segura. Sus presentimientos no solían fallar.

El día a día solía colocarlos en el mismo escenario. Sin embargo, aquel sábado, y pese a la buena predisposición que insistía en tener, algo vibraba anunciando una tormenta. No le apetecía hablar con él, aunque sabía que sería inevitable.

Entretenida en analizar cada gesto de la conversación que mantenían los hombres de trajes oscuros, no perdía de vista el entorno. En el otro extremo del patio, cobijada a la sombra que procuraba la fachada gótica del edificio presidencial, una mujer no le quitaba la vista de encima. No la conocía, o al menos no recordaba su rostro. Su acompañante, un atractivo moreno de ojos oscuros hablaba animadamente con Andreu Vilallonga, un conocido pianista de la isla. De su fama internacional, los entendidos decían que la había conseguido gracias a la fortuna de sus padres. Nadia desconocía los detalles de las informaciones que había escuchado en los pasillos de los periódicos. Recordó que el tal Vilallonga había salido en alguna portada en la que se le acusaba de evasión de impuestos. No era el único en la isla. Tal vez por eso no le presto mas atención a la vida del personaje.

El líquido dorado y extremadamente frío, comenzaba a hacer su función. Poco a poco los músculos del rostro de Nadia se relajaban e incluso apareció una leve y minúsculo esbozo de sonrisa.

—¿De aquí a dónde te vas? —Colom Bestard se aproximó por la espalda de ella, sigilosamente en un susurro repitió la pregunta. No deseaba que le oyeran más allá de los oídos de Nadia.

—Da igual a donde vaya. Recuerda que hace tiempo que me has olvidado. —contestó ella con un giro brusco de cintura y tono ácido que sorprendió al político.

—¿A caso me creíste?

— Fue lo que dijiste. Y sinceramente me alegré de oírlo.

—Eso me contestaste. Pero yo no te creí.

—Da igual lo que cada uno creyera. Todo eso ya es pasado.

—¿Podríamos irnos a algún lugar más tranquilo y hablar, por favor?

Nadia dejó de mirar a la mujer del sombrero apoyada en la pared del edificio y clavó su mirada en los ojos azules de Bestard.

—¿Quién es la mujer del sombrero con vestido rojo?

—No la conozco.

—No te pregunto si la conoces. Solo quiero saber quien es. Necesito saberlo y tú debes de saberlo.

—Ve y pregúntaselo. Tú eres la periodista.

—Si lo averiguas ahora, nos vamos a dar una vuelta.

—¿Es un chantaje o un favor? —contestó con una media sonrisa —Ahora vuelvo.

A la vez que Bestard se iba a hacer averiguaciones, Nadia se levantó y cogiendo su bolso caminó en busca del lavabo.

—¡Hola, Nadia! ¿Qué tal? Ya veo que Bestard te ha enviado invitación personalizada

—Perdona bonita, pero quien me ha invitado no ha sido él. Vengo en representación de mi jefe. Ahora ya tienes la información para tu reportaje de chismorreos.

Carolina Sierra, se ocupaba de la sección de sociedad en el periódico de mayor tirada local. Íntima amiga de Nadia, en el instituto y en la universidad. Finalizada la carrera fue redactora de las secciones de sociedad de varios periódicos de renombre; desde bien joven estuvo vinculada a la política local sin demasiadas aspiraciones y ningún cargo. Le gustaba codearse con los amigos de su afamado tío, diputado del grupo popular. Se convirtió en eterna rival cuando a Nadia le ofrecieron ocuparse de la comunicación en el grupo parlamentario.

—Por cierto, Carolina, tú sabrás quien es la de la pamela y vestido rojo ¿verdad? —le preguntó a bocajarro.

—Es una extranjera. Creo que su marido intenta meter la cabeza en temas inmobiliarios. Pep me ha comentado que ella tiene una boutique de caballeros en una travesía de Born. Hace poco que viven en la isla.

—Gracias, te debo una.

—No me debes nada, al fin y al cabo las dos nos necesitamos. ¿Y si un día de estos firmamos el armisticio, en el Pesquero, con una buena caldereta de langosta y un buen vino?

—¿Quieres lavar tu conciencia y tu lengua viperina? —contestó Nadia con una carcajada—llámame el lunes y cuadramos agenda. Después de todo la sobrina favorita del diputado Sierra es mi amiga de la infancia. Todo sea por los buenos tiempos.

Al salir de los lavabos, Nadia vio a Bestard hablando con Bonet acaloradamente. Colom Bestard era un hombre frío, calculador que no solía alterarle nada ni nadie. De sentimientos nobles e ideales firmes, jamás se había puesto en duda su lealtad hacia cualquiera que él dijera que era su amigo. Aquella discusión la puso en alerta. Retrocedió, parándose en el umbral de la puerta de acceso al edificio, quedó mirando la escena del patio. La mayoría de los invitados ya se había ido. Los camareros recogían las copas y las botellas vacías. Junto a la mesa alargada, dispuesta como barra del bar ocasional, vio que Carolina hablaba animadamente con Pedro, otro de los hombres de traje oscuro. Aquella conversación no le importaba lo más mínimo, lo que necesitaba era hacer tiempo y averiguar por qué discutía Bestard con Bonet. Se acercó para pedir una botella de agua y como quien no quería la cosa saludó a Pedro. La mirada de Carolina le envió un mensaje claro, estaba coqueteando y Nadia molestaba.

Con una última mirada de reconocimiento al patio en dónde acababa de entrar el camión del catering, la recién nombrada jefa de comunicación del grupo parlamentario salió del recinto.

«Que les den a estos dos, ya me enteraré de qué discuten.» Abrió el tapón de la botella de agua, dio un trago y caminó hacia la puerta de hierro. Tuvo que pasar de lado entre la pared y el camión que apenas dejaba paso para salir.

Cuando estaba esperando que el semáforo se pusiera en verde, oyó a su espalda que Colom Bestard pronunciaba su nombre.

—Nadia, por favor espera. Tenemos que hablar —gritó.

Al otro lado de la calle, la periodista, esperaba con los brazos cruzados.

—Y bien, ¿qué es eso que me tienes que contar? — le dijo a Bestard.

—Es la propietaria de una boutique de caballeros.

—¿Y ya está? ¿Para decirme esto dejas que casi te atropelle un camión y por poco te da un infarto de la carrera que te has pegado al verme salir?

—Me dijiste que si averiguaba quien era podríamos hablar de lo nuestro. Yo he cumplido.

—¿Por qué discutías con Bonet?

—No discutía, hablaba.

—Estabas discutiendo. Bonet es una rata de cloaca. Todos le conocemos y si discutías con él es porque algo no anda bien. No me mientas que nos conocemos demasiado bien. Es igual, ya me enteraré. ¿A dónde quieres que vayamos?

Los Dire Straits sonaban a bastante volumen por los altavoces del coche.

«Come up on different streets

they both were streets of shame

Both dirty both mean yes

and the dream was just the same

And I dream your dream for you

and now your dream is real

How can you look at me

as I was just another one of your deals?”

A Nadia no le apetecía hablar, pero mal o bien, su amigo había cumplido la parte que le correspondía del trato y ahora sería el momento de aclarar los malos entendidos de la última discusión.

—No tengo ni idea a dónde ir… hace tanto calor que sinceramente no me apetece andar por ahí.

—¿Quieres que vayamos a la playa? ¿Llevas tu kit de playa en el maletero?

—Sí, claro, ya sabes que en verano siempre va conmigo —contesto con una amplia sonrisa, mostrando su dentadura perfecta y la luminosidad de sus labios. —Puede ser una buena idea y a estas horas no habrá demasiada gente.

Mientras Nadia esperaba que su amigo cogiera la bolsa de la playa, no dejaba de darle vueltas a la imagen de aquella mujer. Su cara le sonaba de algo, no sabía de qué. La información que le había dado Carolina no le aclaraba mucho, y sobre todo ¿qué pintaba la propietaria de una boutique de caballeros en la toma de posesión de la presidenta? Colom le ocultaba algo y tenía que averiguar que pasaba.

—Ya estoy aquí. Podemos ir a Portals. Después del baño te invito a un helado.

—Tal vez prefiera un ron con limón

—Lo que quieras

—Tarik, recuerda hacerle la transferencia a Andreu Vilallonga y concertar la fecha para la cena en Calvià. No te olvides de darle las gracias por la invitación a la toma de posesión de la presidenta.

—Así lo haré Dana. No te preocupes por nada. Todo saldrá como ha planeado Igor.

Continuará.

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