El ágape

Aquella mañana de verano, Nadia se sentía especialmente inquieta. No era un sábado cualquiera, era el primer sábado de julio. Lucía el sol en lo alto y el café desprendía un aroma embriagador por toda la casa. Calentó un cuarto de taza de leche en el microondas, y la mezcló con el café de tueste natural. Aquel era el mejor momento de la semana. Desayunar con el tiempo y la tranquilidad de quién no tiene obligaciones, era sin duda, una de las cosas con las que más feliz se sentía.

Sintonizó la radio y dejó sonar una melodía conocida. Los instrumentos de viento sonaban impetuosos, salpicados de silencios que volvían a dar paso a los fuertes movimientos de la orquesta. Nadia cerró los ojos y se imaginó estar al borde de un acantilado en la Bretaña a la que tanto ansiaba visitar. La voz del locutor explicando la pieza de Debussy la sacó de la ensoñación. Miró el reloj. Tenía cuarenta minutos para salir por la puerta de la casa. Antes, debía meterse bajo la ducha, aplicar sus cremas corporales y faciales. Buscar los complementos acordes con el modelito que había elegido para ponerse y acabar con un toque de maquillaje y un peinado rápido y resultón. No iba a la oficina. Estaba invitada a un evento.

Cuando salió del Ford, el soporífero calor le dio un golpe en toda su cara. De los dieciséis grados del aire acondicionado en el interior del vehículo paso a los treinta y seis en la calle. Sintió un ligero mareo que la obligó a apoyarse un minuto para coger aire.

Ir sola a la toma de posesión de la Presidenta, no le resultaba incomodo. Su vida social, no destacaba por estar invitada a todos los saraos de la ciudad, pero sí a los más destacados de la vida política.

Cuando le pasó el ligero vahído, se fijó que al otro lado de la calle, los invitados se agolpaban delante del arco, charlando tranquilamente. Sin dudar, aún le daría tiempo a tomar un botellín de agua bien fría en la terraza del bar que tenia delante.

«Ya sabía yo que estos estarían en el bar». Pensó dando un trago largo de agua helada.

—¡Hola Nadia!. ¿Vienes de fiesta o a cubrir la noticia?— le preguntó Ricard en tono sarcástico, desde la última mesa de la terraza.

Aquel hombre orondo, de barba blanca, con la camisa a medio abotonar, pelo desaliñado, gafas de pasta y alpargatas descalcañadas, solía aparecer en sus peores pesadillas y también en los momentos menos adecuados. Sin duda, aquel era un encuentro muy poco agradable. Ricard Codima era una de las voces más influyentes de la ciudad. Militante del poder que tomaba posesión aquella misma mañana, era uno de los hombres más temidos de la derecha isleña. Habitual en corrillos de café, era conocido por su pestilente olor a whisky barato, habanos low cost y por conocer, al dedillo, las historias de cama del elenco parlamentario, amén de ser un buen sabedor de la historia de aquella ciudad.

—Buenos días Ricard. ¿Haciendo tiempo para el ágape?— le contestó Nadia a modo de saludo, sabiendo que aquel engendro de hombre no soportaba que le dejaran en evidencia. Ricard Codima arrasaba con todos los canapés en cualquier evento público o privado.

Ocupó un lugar discreto, detrás de una de las seis columnas, justo al lado del vano del ventanal ojival; en donde hacía algún tiempo, el hombre que la miraba desde el otro lado de la sala, le había confesado sus pecados. Colom Bestard era la mano derecha de la presidenta y el mas fiel seguidor de Nadia.

Sin mucho disimulo, y disculpada por la elevada temperatura que se acumulaba entre las paredes de piedra, la periodista se escabulló entre los asistentes.

En el jardín, el ambiente era más fresco. El abanico era el acompañante de todas las invitadas y los camareros acabaron el hielo antes de que la multitud saliera del edificio gótico.

«Y ahora, a saludar a toda esta gente y poner la mejor de mis sonrisas».

Los camareros salieron de la nada con sus bandejas repletas y los mas sedientos se apiñaban ante la barra improvisada de lo que pretendía ser un bar. Repuesto el hielo, la gente aplacaba el calor con agua para proseguir con cerveza o vino.

Desde aquella esquina, Nadia tenía una visión panorámica. Los personajes que solían ocupar las noticias que redactaba pasaban a saludarla como quien rinde pleitesía a la reina, a sabiendas de que con un solo gesto, en este caso, con una sola noticia, podría poner su valía en duda. «Si cambiáramos el vestuario podríamos estar en el mismo año en que se construyó el edificio. Todos somos simples lacayos. Ellos me temen por mis palabras y yo los temo por su poder».

Continuará

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