Una mañana cualquiera

La calidez primaveral templa con timidez la mañana. Reflejos oblicuos iluminan el Rosetón mayor de la Seu, La Almudaina, La Llotja, la torre del reloj del Consulat de la Mar, fachadas y tejados medievales de la Mediterranía.

Juegan las nubes y Bellver se esconde observando desde lo alto la bahía sembrada de mástiles pintados con las suaves pinceladas del alba. Más allá de Xorrigo, el viejo Helios se despereza y lanza sus rayos. Falta altura para iluminarlo todo.

Uno tras otro, tres filas de coches alineados como hormigas de colores, se detienen ante el beato LLull. Semáforo en verde. Bajo la ventanilla y me abstraigo del trasiego mañanero en la insistente mirada a la obra de los canteros. En medio el Parc de la Mar. Busco un nuevo detalle, una nueva perspectiva. Los coches circulan a toda prisa. Veo a Rubén Dario en el paseo Sagrera y en lo alto de la muralla, cuelgan los cubos. Dicen que nos son cubos, que es el Bou de Santiago Calatrava colocado en el Museo Es Baluart. No entiendo el arte contemporáneo.

Al otro lado de la calle, jóvenes y viejos, mujeres y hombres caminan, corren, pedalean bajo los ficus centenarios. Pantalones cortos, mallas de colores, camisetas apretadas, con auriculares van absortos en su música distanciados de esa otra realidad.

Miro a lo lejos, al dique del oeste, más allá del faro de Portopí y cerca del Castillo de San Carlos, la liberación de la monotonía, de los días de pandemia, la ilusión de conocer lugares nuevos, allí están, como cada mañana, los ferrys cargados de camiones vacíos y maletas repletas de proyectos. Listos para zarpar hacia el otro lado del mar.

En la esquina del Bastión de Sant Pere voltea el coche hacia Avenida de la Argentina. A la izquierda, Santa Catalina y Es Jonquet, ven pasar el tiempo entre molinos, restaurantes y antiguas casas de pescadores. Los dos barrios en uno, miran a Palma, enamoran al paseante y enorgullecen a los vecinos. A la derecha, el parque de Sa Faxina y su mastodóntico monolito fascista que nos recuerda el sufrimiento de los inocentes asesinados.

Sa Riera divide el Paseo Mallorca; la ciudad burguesa y comercial, del ensanche; el viejo edificio de la Universidad y los institutos, de la Plaça del Fortí y de Hornabeque. Más adelante la Residencia Militar mirando en diagonal al abandonado campo de fútbol del Real Club Deportivo Mallorca, inaugurado en 1945. Aguanta el escudo del equipo mallorquín sobre los decadentes y destartalados muros del Lluís Sitjar, por encima de lo que un día dio paso al campo y a las gradas. Queda el recuerdo de los gritos y cantos de los forofos futboleros, de los goles y las victorias. Retumba ahora el clamor del fútbol al otro lado de Vía Cintura, en Son Moix.

En la plaza Barcelona, asoma la arboleda de Martín Mora. Los alcornoques sombrean la doble cola de coches; dando paso a la otra ciudad: la de los edificios altos, la de los bares de barrio, la de obreros que van a tajo y los niños al colegio, la del mecánico, el frutero y el tendero. Esa ciudad que vive al margen del viajero, de los lujos y la historia. El barrio de Son Cotoner rezuma vida y algarabía en las tardes de verano.

Llego a mi primer destino y sigo calle arriba para girar a la derecha por Salvador Dalí, rodeó la ciudad. Otra vez el mismo torrente. Sa Riera ya no se ve bonita, no luce con flores y cipreses. Los graffitis y la basura encauzan el canal que atraviesa otro parque, un campo grande con gradas de cemento, árboles y césped. En el “Parc de Sa Riera” aún quedan algunos desheredados entre tiendas de campaña y cartones, escondidos en rincones que no desluzcan el entorno.

Y al otro lado el campo santo, en dónde acabaron con la vida de los alcaldes de Inca —Antoni Mateu— y el de Palma —Emili Darder—, con la del político e intelectual Alexandre Jaume y mil quinientas sesenta personas más que lucharon y defendieron unas ideas dignas y mal vistas por los dictadores.

Enmudece la ciudad tornándose triste antes de sumergirse en otro mar de metal y rugidos de motores. Vía Cintura rodea y esconde, entre vehículos y alquitrán, las vidas, las historias, los lugares, los sueños, las ilusiones, las pesadillas y los llantos de miles de personas de esta Ciutat de Palma, en donde habitan, a donde llegaron, en dónde nacieron. Palma: cinco distritos, ochenta y nueve barrios, una ciudad asomada al mar que ansiosa espera los turistas ausentes en año y pico de pandemia.

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