Leyendo Niadela

Reflexión a propósito de la lectura de un libro que no me acaba de impresionar

Me da igual que hoy domingo llueva. Mi plan era quedarme en casa leyendo, escribiendo, cocinando o escuchando música, un paseo por las redes y algún entrenamiento dominical. El encierro pandémico acabó por acostumbrarme a estar alejada de la sociedad mas social, esa sociedad sumida en el más atroz del sufrimiento por no poder regodearse de sus miserias con sus amistades de vinos y cervezas, de mantel y tenedor.

Aprovecho y retomo la lectura intermitente de “Niadela” de Beatriz Montañez. Ciento veintitrés de trescientas treinta páginas sin que despierte ese ansía lectora de llegar al final del libro. Mentiría si dijera que está mal escrito o que tiene un lenguaje simplón. No, todo lo contrario. Me sorprende la capacidad de descripción de la naturaleza, del bosque y de su propia casa conquistada por todos esos animales desconocidos para quienes viven en ciudad.

No es mi caso. Viví en la ciudad, en el campo y ahora en el pueblo. Aplasté arañas, cucarachas y puse trampas a ratas y ratones. Vi cantar abubillas y jilgueros. Bebí De la Fuente y rellené cubos de agua. Di de comer a terneros y ordeñé vacas. Caminé entre barro y me bañé en ríos casi helados. Por esto me aburre Niadela. La experiencia narrada de Beatriz no me dice nada. Nombres de animales y la descripción del mundo adoptado para huir del otro, del que está repleto de cosas, de gentes, de ruidos, de suciedad, de vacío.

Niadela es un paraíso que dejará de serlo cuando todos se den cuenta de que ese es el verdadero mundo. El mundo que se despierta con el canto de las aves y la luz del sol. En el que no existen gimnasios porque existe la huerta de dónde sacas el alimento, el bosque que te da la leña para hacer el fuego. En dónde no necesitas televisión porque los días pasan contemplando el paisaje y el meteorólogo son los insectos y el viento. La aventura es la alimaña que merodea.

Decía Llucia Ramis @lluciaramis en TV3, a colación de la presentación del libro y la entrevista a Beatriz Montañez, en el programa Planta Baixa, que era la ilusión de su vida, pero que no se atrevía a hacer lo que ha hecho la autora de Niadela. Plantea en el coloquio, previo a la entrevista, la exposición al exterior a la que nos hemos habituado a través de las redes sociales y la vida en soledad en plena naturaleza. Por un lado le gustaría alejarse de la exposición mediática y por otro el miedo a la falta de esa misma sociedad.

Para la mayoría de la gente que conozco verse solo es el mayor de los miedos.

Resulta interesante el planteamiento sobre el concepto de vivir en la naturaleza planteado por otra contertulia, Cristina Sánchez Miret @cristinasanchezmiret , quien a modo de anécdota explica la percepción del concepto para alguien que vive en un pueblo como ella, que vivir en el monte sería vivir en el Pirineo y, para sus amigas de Barcelona, donde Cristina vive es vivir en la montaña. Menciona la cercanía del tren que la lleva en veinte minutos a la ciudad. Esto me hace reflexionar sobre el verdadero aislamiento: no está en alejarse del medio habitual en donde vives, sino de la sociedad en la que interacionas. Las distancias son salvables. ¿Cuántas veces nos hemos sentido solos rodeados de gente? ¿Por qué sentimos esa necesidad de interactuar y estar presente en las redes sociales? ¿Por qué tener miedo de vivir solo en la naturaleza habiendo medios de transporte?

Sigo reflexionando, con el libro al lado, y recordando las entrevistas que he visto estos días. Llegó a la conclusión de que el verdadero miedo es a la ausencia de la comodidad que tenemos en nuestras vidas, a la falta de agua corriente, a la falta de agua caliente, a tener que iluminarnos con velas, a convivir con animales desconocidos.

Hemos perdido la memoria, nos hemos olvidado que nuestras madres o abuelas lavaban en lavaderos comunales con el agua fría de los manantiales, que acarreaban cubos de esas mismas fuentes hasta la casa y que la mayor distracción era hablar con las vecinas mientras remendaban, tejían o hilaban la lana. Se nos ha olvidado la vida en los pueblos. Ubicamos en el mapa en dónde están las guerras y desconocemos el nombre de las aves que aún quedan. Paseamos por los senderos marcados con botellas de plástico con agua y no bebemos de los arroyos de las montañas por miedo a que estén contaminados. ¿Contaminados de qué? Lo que no tendrán cloró ni será agua depurada en plantas potabilizadoras.

Es domingo, llueve y las plantas del patio se riegan, huele a campo mojado. Muchos estarán enojados porque hoy no habrá terrazas. Pero seguirán pensando que vivir en un pueblo es un aburrimiento.

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