De la “Selmana de les lletres asturianes” a la intolerancia de los forasteros.

Allá por los años ochenta, hablar con palabras sencillas en mi lengua madre, la que me vio nacer y la que me rodeo en cada paso que daba, entre castaños, ablanos, nogales, carrascos, vacas, playas, minas y montañas, me decían que era de aldeanos, de pueblerinos. Nunca comprendí a aquellos de ciudad que se avergonzaban de su origen. Por mi forma de ser y pensar, aquellos hijos de Castilla, no influyeron en mí. Tampoco los “nacionaliegos” me hicieron apología ni de bables, ni de la unidad lingüística de la “fala” ni mucho menos de que Asturias era un país.

En los noventa, consciente de toda la gramática existente y viendo como la Editora del Norte, traducían al asturiano a autores como Bernardo Atxaga, Muñoz Molina, Manuel Rivas y publicaba a autores asturianos como Nel Amaro, Xandru Martino, Xandru Fernández y muchos otros, conocí aquel otro mundo en que veía a los escritores como los héroes de Itaca, en un viaje sin fecha de llegada. En aquellos años de adolescente iba formando mi propia visión de la realidad interesándome por aquello que surgía a mi alrededor. Leí Obabakoa en Asturiano y disfruté con los poemas de Antón García o de Baristo Lorenzo. Miraba a Xandru Fernández desde el extremo de la barra de la Buraka leer el Comercio o algún panfleto asturianista que Pin solía colocar entre el Cultural del País y alguna que otra revista. A las tardes en el chigre, se sumaba Pozo y algunos más que formaban tertulias y que seguía en la distancia, entre la timidez y la vergüenza que a veces produce la ignorancia. Aquella inmersión en la literatura asturiana fue natural, tan natural como el profundizar en lo que nos rodea, en lo nuestro.

Pero no era consciente de todo aquello por lo que se manifestaban, como tampoco era consciente de la importancia de unificar criterios lingüísticos, y que la Academia de la Llingua tuviera la misma importancia que cualquier academia de cualquier lengua, que el asturiano se enseñara en los colegios o que los pueblos se denominaran por el nombre en asturiano. Hubo otros lugares dónde aprendí a amar la música celta, la nuestra. Con Dixebra, Escanda, Llan de Cubel y otros muchos sonando en mi cabeza, el destino me alejó de la Tierrina.

Fue en Baleares, dónde me di cuenta de la gran importancia que tiene valorar la cultura de un pueblo. Y cuando hablo de cultura, lo digo en su máxima extensión, gastronomía, música, bailes, poesía, literatura, costumbres y por supuesto el carácter con que el entorno marca a las gentes.

Al poco de llegar comencé a trabajar en un lugar en donde los compañeros se extrañaban de mis expresiones y mis giros de frases. Pese a hablar en castellano no eran capaces de entenderme ¿era eso no saber hablar? No, eso era llevar el asturiano castellanizado por el mundo, porque al no saber asturiano como debería haber aprendido, había asimilado palabras como castellanas cuando no lo eran. Tuve suerte de que el mallorquín y el asturiano comparten origen y poco a poco nos fuimos entendiendo.

La lengua, el catalán, es aún hoy tema de discusión y debate diario en centros de trabajo y barras de bar. De manifestaciones a favor y en contra. Aunque existe una normalización lingüística y el catalán es la lengua oficial en Baleares, coexistiendo con el castellano, hay quienes habiendo nacido aquí insisten en utilizar el habla del Estado Español. Otros en cambio, los más mayores, los aldeanos, como decía aquel, no saben hablar castellano. Curiosamente familias “butifarras” no utilizan el mallorquín ni en la intimidad. Y por contra te puedes encontrar a un alemán hablando en mallorquín y un mallorquín mezclando su lengua con palabras en alemán para entenderse entre ambos. La facilidad para el aprendizaje y el trabajo que se desarrolla para promover la lengua de les Illes, es loable y poco valorado por los desinteresados que lo ven como un impedimento más que como un conocimiento.

Tuve que salir de Asturias para sentirme más asturiana, para valorar la historia de mi tierra y el sufrimiento de la imposición de una cultura forastera. Fue Mallorca quien me enseñó que las tradiciones deben cuidarse y fomentarse, que la cultura reside en el pueblo y que hay que cuidarla, mimarla y enriquecerla. Que los invasores no deben imponer sus normas porque al final perdemos la esencia de lo que somos. La cultura de los pueblos debe de convivir en el mayor de los respetos, interactuando y alimentando el intelecto de las personas y no creando el odio o el desprecio.

Tras más de veinte años en esta tierra amo tanto los textos de Xuan Bello como las glosas de Mateu Xurí, disfruto de igual manera viendo bailar el “Parado” como el “Pericote”, en mi casa cocino tanto la fabada como el tumbet, y comparten estantería libros en asturiano, en catalán, rondalles mallorquines y hasta textos en inglés o alemán y obviamente en castellano.

No hay lenguas minoritarias, hay políticos que no entienden de raíces culturales ni de realidades lingüísticas, e incluso de movimientos migratorios. Porque ante todo, a la cultura y a los idiomas de las gentes se les debe un respeto y no un linchamiento. Porque no se trata de número de hablantes, la cultura no debe ser cifras. La cultura es conocimiento e historia de los pueblos.

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