La cena

Despertó. Saltó de la cama. Tomó un vaso de leche con galletas a la vez que revisaba los últimos likes en sus redes sociales. Se lavó los dientes y la cara, no daba tiempo para una ducha rápida. Se vistió. Guardo sus cosas en el bolso y comprobó que todos los accesorios de la cámara estuvieran en la mochila. Se puso la cazadora vaquera. Cogió todo sin olvidarse del trípode y cerrando la puerta de la casa se fue hacia el coche. En el coche de alquiler, un Toyota Yaris de color rojo, programó el GPS rumbo a la costa oriental. Conocía el camino y no creía que se perdiera si fallara el Google Maps. No solía conducir durante distancias largas. Aquella mañana se había propuesto un reto: conducir sola más de cien kilómetros. Encendió la radio y emprendió el viaje. El trazado de la carretera era fácil, una hora por autopista y algunos minutos por carreteras comarcales. Se sentía bien. Estaba siendo la mujer que hacía años que quería ser. Con todo el tiempo para ella, libre de compromisos y de obligaciones.

A la hora indicada en la aplicación, llegó a la playa de Toró. El sol estaba en lo más alto sin ninguna nube que desluciera el magnífico cielo azul. Cogió la cámara, colocó la mochila a la espalda y cerró el coche. Apenas diez pasos la separaban del muro desde donde observaba la costa. La marea baja dejaba ver la playa con sus rocas en forma de lanzas que apuntaban hacia el cielo. Por la senda, a la orilla de la carretera, caminó hacia el pueblo disfrutando del paisaje. No evitó congelar el tiempo en decenas de fotos que sustituirían a las que había tomado hacía más de veinte años, en la última visita cuando aquel pueblo de pescadores no se había masificado de turistas. Cuanto había cambiado todo, cuanto había cambiado su vida.

Recorrió las calles, paseó por el puerto y admiró las pinturas en aquellos cubos de hormigón golpeados por el salitre. Fotografió geranios en los balcones de las casas centenarias. Imaginó como sería la vida en aquella villa dos siglos antes. Subió calle arriba y en un bar de la plaza, se sentó al sol. La gente discurría en un ajetreo de los días laborables. Los repartidores cargaban las carretillas de bebida hasta la entrada de los bares. Mujeres de espalda corvada y pliegues en la cara, cargaban bolsas en cada mano. En la terraza de la vinatería había bastantes mesas vacías, eligió la más soleada. A cabo de un rato una camarera morena de pelo rizado, con los ojos tan negros como su melena y con un lunar en la mejilla apuntó en la libreta de comandas “pincho de pollo y una cerveza”. En menos de dos minutos, con media sonrisa dejó el pedido en la mesa y le dijo —¿recién llegada al pueblo?.

—Sí, un poco de turismo entre semana.

—Tú no eres de por aquí. En media hora acabo el turno ¿quieres que te enseñe las playas?

—No estaría mal, pero prefiero ver como descargan el pescado en el puerto.

—Eso está hecho, te presentaré al patrón. Suele atracar el barco sobre las seis. Antes puedo mostrarte los alrededores.

—Demasiado tarde, en un rato debo irme. Esta noche tenemos cena.

—Es una pena, lo hubiéramos pasado bien —dijo la camarera dándose media vuelta.

Lisa, terminó el bocadillo de pollo rebozado con mahonesa y se bebió la cerveza con la lentitud que da el relajo de un día sin obligaciones. Dejó pasar el tiempo hasta que un hombre con bigote inglés, calva brillante y barriga doble envuelta en un delantal negro salpicado de manchas de grasa, comenzó a cerrar las sombrillas y apilar las mesas y las sillas.

—Estamos cerrando —dijo aquel hombre con voz alterada.

—Ya me voy, muchas gracias, todo muy bueno —contestó Lisa con tono ofendido, levantándose. Desanduvo el camino hasta el puente, siguió recto hasta el cruce en el que la señal indicaba “Playa de Toró”.

El día no había llegado a su fin pese al deseo de tumbarse en el sofá en pijama. Tenía los pies doloridos, las zapatillas eran nuevas y le habían hecho una rozadura en el talón. Estaba cansada de la caminata que aunque no había sido demasiada distancia, el paso lento le había cargado la espalda.

El parking estaba completo de coches, campers y autocaravanas. La marea, ahora, estaba alta y la gente se apiñaba entre la diminuta playa de arena seca y en la rampa de hormigón que subía al parking. Nada excepcional había sucedido en su primera ruta sola. Viajar en pareja como había hecho siempre tenía sus ventajas pero también los inconvenientes de ceder ante los deseos del otro. Pensó que tal vez había hecho mal, ¿se había precipitado en decir a la camarera que tenía una cena?. —Al fin de cuentas que importa a la hora que llegara —estaba arrepentida de evitar una tarde diferente con aquella desconocida con mirada atrevida —parecía simpática y era guapa, también parecía divertida.

Condujo despacio, el tráfico era espeso y la visibilidad era casi nula debido a la niebla. Cuando llegó a Avilés ya era de noche. Había quedado con sus amigas de siempre en una sidrería del puerto. Detestaba aquella ciudad desde su infancia, cuando la atravesaba en el autobús en las excursiones del colegio. El recuerdo del olor a huevos podres del humo que salía por las chimeneas de los altos hornos, le producía vómitos. Nunca le agradó aquella ciudad gris. Jamás sintió interés por conocerla bien, por vivir los carnavales y el descenso de Galiana. Aparcó al lado de la estación del tren. Aún recordaba aquella mañana en la que fue con su mejor amiga y encontraron al novio de fiesta. Después de aquel domingo las cosas cambiaron entre ellas sin saber bien por qué. Hizo tiempo retocando el contorno de ojos, aplicando un poco de carmín y difuminando el colorete. Nada que destacara en su rostro, pero lo suficiente como para no tener que oír las críticas de siempre sobre su aspecto hipioso. Detestaba las cenas anuales de las amigas, pero a la vez sentía una necesidad inexplicable de verse con ellas y comprobar que con el paso de los años las conversaciones eran similares. Ahora habían cambiado las noticias de bodas y nacimientos por las novedades de las últimas parejas divorciadas, las enfermedades de conocidos comunes, y los funerales de padres y abuelos. “Sin duda nos hacemos mayores”, pensó. Desde el aparcamiento, buscó la avenida paralela a la ría. Caminó tranquilamente, aún tenía tiempo suficiente para una cerveza más a solas. Sintió calor en la oreja derecha, alguien debía de estar hablando bien de ella si era cierto el dicho popular; miró la pantalla del móvil; tenía diez conversaciones no leídas y cinco llamadas perdidas. El móvil estaba silenciado y no se había enterado de los últimos mensajes del grupo “las superchicas”.

Entró en la marisquería en la que habían quedado para cenar, cuando el camarero se acercó preguntó cuál era la mesa reservada por Silvia Álvarez. El chaval, que no debía tener cumplidos los dieciocho años, consultó el libro de reservas.

—Es la mesa del fondo, no ha llegado nadie —le contestó con un remarcado acento de occidente, casi gallego

Pasaron muchas cosas por la mente de Lisa, pero no llego a ninguna conclusión. Tomó asiento en la barra, frente a la puerta abierta que daba a la calle. Pidió otra cerveza. Los coches circulaban a más velocidad de la permitida. La gente paseaba sin prisa, unos con el perro, otros con los niños y algunas mujeres solas cruzaban la calle ancha a paso ligero aislándose en el sonido de los auriculares. La cena se había suspendido y el drama estaba servido en el micromundo del WhatsApp.

Bea había recibido mensajes de la amante de su marido durante toda la mañana, advirtiéndole de las infidelidades del que había sido su pareja de toda la vida. Y no sabe qué hacer. Lisa sorprendida pide datos a su amiga, pero Bea no aparece conectada desde el mediodía. “No puede ser que me haga esto a mí. Yo que lo dejé todo por él”. Su otra amiga, Evelyn, que detesta a su marido y está enamorada de otro y no les cuenta nada a sus amigas, diez minutos más tarde del mensaje de Bea, anuncia “Chicas, lo siento, me ha venido la regla. Estoy con unos dolores terribles. No podré veros esta noche”. En el último café que tomó con Bea y Luisa, comentaban que se había liado con un tío muy feo y más bajo que ella sin tacones.

Lisa no salía de su asombro leyendo las excusas de sus amigas. De la disculpa de Mila no se sorprendió. Hacía años que simplemente se excusaba con “un besín, una cola y me voy”. El grupo aceptaba a Mila con sus rarezas y sus nulas ganas de socializar. Lisa reflexiona sobre la vida, la de ella y la de sus amigas, el camino que habían seguido todas ellas, sus inquietudes, sus problemas, las vivencias, las ambiciones. Todas tan iguales y tan diferentes. Probablemente su vida hubiera sido más parecida a la de sus amigas de no haberse lanzado a la aventura en el otro lado del mundo. Viajó lejos, conoció otras culturas, aprendió otros idiomas y conoció hombres y mujeres que nada tenían en común con ella, amó, odió, fue amada y también traicionada. Sin hijos, varios maridos y una profesión en la que debía relacionarse con gente de todo tipo había sido la clave de la evolución.

El teléfono no dejaba de sonar. Los mensajes en el grupo se multiplicaba sin que Lisa tuviera tiempo de leerlos.

—¡Qué les den! —gritó asustando a los clientes que se quedaron mirándola. Decidió apagar el móvil y pedir una buena ración de almejas a la sartén, otra de croquetas de merluza y una botella de vino blanco bien frío. La noche comenzaba y sobre sentimientos encontrados no había ninguna ley que los prohibiera. Había presenciado demasiadas situaciones absurdas como para darle importancia a un plantón en toda regla. Ella también había buscado excusas y plantado a amigos en infinitas ocasiones. A fin de cuentas ella ya no pertenecía al mundo de sus amigas y las conversaciones en el WhatsApp no eran igual a las que mantenían entre ellas en las terrazas del pueblo. Conocía igual de bien al ser humano que a ella misma y sabía que cuando una mujer deseaba encontrarse con un ser querido no existía marido, amante, amiga, amigo, hermanos ni padres que lo impidieran.

Al día siguiente, Lisa esperaba que la camarera de pelo y ojos negros, terminara su turno. Ana le enseñó las playas más escondidas entre carcajadas y miradas con las que Lisa no sentía para nada incómoda. Cenaron en la casa de Ana, en la terraza. Brindaron con un borgoña y contemplaron el cielo estrellado sobre un mar bravo iluminado por una luna llena.

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