Frente al mar

“Aquí yacen Carmen y Severo Ochoa. Unidos toda una vida por el amor. Ahora eternamente vinculados por la muerte”. Levantó la mirada de la lápida, el azul del cielo estaba ahora ensombrecido por un nubarrón gris oscuro. Las olas batían fuerte contra las rocas del acantilado. En el espigón algún pescador recogía los aperos. Amenazaba tormenta. El epitafio, labrado en el mármol blanco, le recordó el sentimiento que durante tantos años bullía en su corazón.

Caminaba lentamente sobre la hierba crecida del camposanto con olor a salitre. Inquieta, alternaba la mirada de su muñeca a la puerta de forja que la separaba del mundo de los vivos. Llegó antes de la hora acordada. Al cuello llevaba colgando su cámara. Fue en el solsticio de verano cuando le había jurado amor eterno, de eso ya habían pasado tres años. De aquel juramento ya no quedaba nada. Trece meses de soledad intentando vivir en un mundo al que había dejado de pertenecer en el mismo instante en que la conoció. Jamás pensó que la vida la volviera a golpear arrancándole el amor nuevamente. Había sido su único amor verdadero.

Ensimismada, seguía con la mirada el punto rojo en el mar haciéndose cada vez más grande a medida que se acercaba al puerto cuando oyó una voz desconocida que le hablaba justo detrás.

— Eres Belén ¿verdad? — dijo la mujer temblorosa que acababa de llegar.

— Sí, soy yo — contestó girándose — y tú debes de ser Gabriela.

Las dos mujeres se saludaron con un beso en cada mejilla. Se hizo un silencio intenso e inacabable que Gabriela rompió.

— Este es uno de mis lugares favoritos. Te habrá parecido raro haber quedado en un cementerio.

— No suele ser habitual. Hasta ahora todos los encuentros a los que acudí fueron en lugares concurridos y con escapatoria fácil — contestó Belén con media sonrisa — hay mucha plasta suelta por el mundo…

— Entonces, ¿te has arriesgado o has confiado en mi? — preguntó Gabriela a la vez que entornaba la mirada con un gesto de picardía.

— El aburrimiento te hace hacer cosas extrañas. Un poco de adrenalina no está de más. Además con los muertos evitamos miradas indiscretas y cotilleos malintencionados. El cementerio es un buen lugar para conocer a una amiga virtual. Y este cementerio es de cinco estrellas o mejor dicho de miles de ellas si se nos hace de noche.

— Me gusta ver las estrellas, pero con lo oscuro que se está poniendo no creo ni que podamos ver la luna.

Las dos mujeres continuaron charlando a la vez que caminaban hacia la salida. Diecinueve noches chateando hasta las cuatro de la madrugada desde las nueve de la noche, no habían sido suficientes para evitar la inquietud de ese primer encuentro con la realidad, cara a cara y sin tiempos muertos para frases estudiadas.

Había sido Gabriela quien después de darle un match en la aplicación, inició la conversación con Belén. La respuesta tardó más de dos horas en aparecer en la pantalla del móvil de Gabriela. El pelo negro y el lunar de la cara había llamado la atención de la escritora que vio en Belén la mirada que tanto había buscado en las calles, en los bares, en las bibliotecas. La mirada limpia y transparente en la que poder confiar.

— ¿Te apetece una cerveza o prefieres una copa de vino? — se atrevió a decir Belén —llevo de las dos cosas en el coche.

— Estaría bien una copa de vino mirando el mar. Pero dentro de un coche no muy cómodo.

— Sígueme — dijo Belén dirigiéndose a la furgoneta gris que estaba aparcada al lado del murete que protegía del acantilado. Abrió las dos puertas traseras, desplegó un tablero que hacía de mesa y sacó dos sillas. En una nevera portátil había un pack de cervezas y dos botella de vino. Colocó una de las botellas sobre la mesa y de una caja de plástico extrajo dos copas de balón.

Gabriela no daba crédito a lo que veían sus ojos. Aquella escena parecía sacada de una película romántica que tanto le gustaban. Sentada en una de las sillas y Belén en la otra, ambas con la copa mediada de chardonnay hicieron un brindis por la amistad real y dieron gracias a la vida virtual y a las redes sociales por haber contribuido a aquel encuentro que aunque raro, ahora era mágico.

El cielo se había despejado y vieron como la luna asomaba en el infinito. El invierno no atraía a los paseantes por aquel lugar, ni tan siquiera había algún coche aparcado. Estaban solas sentadas en sendas tumbonas, abrigadas con una manta, mirando al mar.

La tensión del primer momento se aflojaba proporcionalmente a los sorbos de vino y la conversación fluía de un tema a otro. Entre anécdotas y risas, la noche llegaba con música de fondo saliendo por los altavoces ubicados en las puertas abiertas de la furgoneta a la que llamaba “Handry”.

— El jazz y el vino hacen buena pareja — comentó Gabriela — Había experimentado frente a una chimenea, pero bajo las estrellas y con el mar de fondo es una nueva vivencia

— ¿Y, te gusta?. Te prometo que no lo tenía planeado. Hace unos meses que comencé a montar la furgo con intención de pernoctar por ahí y desde entonces nunca falta algo de beber y de comer.

— Claro que me gusta. Creo que lo puedes ver en mi cara. Es una sensación diferente estar aquí con el cementerio al lado, la ermita y el faro con sus destellos. Desde cría me gusta subir hasta aquí por las tardes, sentarme a leer o a ver volar las gaviotas, pero nunca había estado por la noche.

If you can keep me/ I wanna stay here with you forever, cantaba Nina Simone cuando Gabriela vio en su Watch de color rosa que marcaba las cuatro de la madrugada. El tiempo había pasado muy rápido. Las dos botellas de cristal verde se habían vaciado hacía un buen rato y la humedad de la noche había forzado a que las dos mujeres se metieran en la furgo. Belén había colocado el colchón y con los cojines apoyados en los laterales de “Handry”, se miraban a los ojos embriagadas no tanto por el vino, sí por la música. Juntas tararearon algunas canciones y gritaron alegres los estribillos de a quien le importa en la versión más antigua de Alaska. Pero a la voz de la Simone siguieron las canciones más románticas de Elvis. Belén lanzó los dos cojines en los que estaba apoyada al otro lado y sin mediar palabra se tumbó al lado de Gabriela.

— Es muy tarde y mañana trabajo. Debo irme ya.

— No puede ser. Creía que estabas bien aquí. Podemos cerrar el portón, sacar los sacos y dormir.

— Qué va. No. Necesito mi cama y darme una ducha. No puedo dormir en la furgoneta.

De un salto y en un abrir y cerrar de ojos, Gabriela estaba de pie frente a Belén que ahora estaba sentada con los pies hacia afuera del vehículo.

— ¿Nos volveremos a ver? — acertó a decir tímidamente en un susurro.

— No lo sé. Ahora estoy cansada y tengo sueño. Me lo he pasado muy bien contigo y he estado cómoda, pero ahora me debo ir.

Aquella mujer de silueta curvada, vaqueros ajustados y cazadora de cuero se fue alejando en la oscuridad de la noche. Ya no se distinguía cuando las puertas del vehículo se cerraron haciendo un gran estruendo y asustando a un gato que dormitaba. Pulsó los seguros de las puertas delanteras. Eligió la play list de música de relajación que le había recomendado su prima. Se metió en el saco de dormir con su inseparable perro al lado. Bajó la intensidad de la luz y dos lágrimas mojaron sus mejillas. De nuevo la soledad era la única compañera en aquella oscuridad en la que permanecía desde que cogió sus cosas para no volver. Una desconocida le había hecho creer la existencia del amor a primera vista. Las dos buscaban huir de la realidad que tanto odiaban.

El sol y el murmullo de gente que pasaba la despertó. Miró el móvil, pero no había ningún mensaje de Gaby.

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