El bicho

Colás había terminado de atender a los animales. María tenia la olla en el fuego desde primera hora. El olor a pote llegaba hasta la entrada del pueblo. Los dos estaban sentados en el banco que les había hecho Ernesto, conocido entre los vecinos como “el carpinteru”. Ernesto no era carpintero de profesión, pero siempre se le veía rascar madera con una navaja que había comprado en Taramundi, en aquella excursión que hizo con el cura y les mujeres del pueblo. Como todos los paisanos del pueblo, Ernesto y Colás, habían trabajado en un chamizo picando carbón. No tuvieron suerte para entrar a trabajar en Hunosa, pero se conformaron con el dinero que el patrón les daba cada semana y las pesetas que juntaban de vender los sábados en el mercado lo que la huerta daba.

Aquella mañana, María y Colás estaban quisquillosos y no hablaban mucho. Tomaban el sol mientras que María remendaba un delantal y Colás, apoyado en el bastón, miraba al valle, cuando una pareja de chavales pasó con la mochila al hombro, calzaos con unas botas de esas modernas y unos bastones de hierro. Ella llevaba un chubasquero rosa y él uno verde, los pantalones eran iguales, marrones, de esos con muchos bolsillos.

—Buenos dias señores. Para ir al refugio ¿vamos bien por aquí?

—Si hombre, todo para arriba por ese camino de ahí.

—Gracias, gracias —contesto la pareja siguiendo su camino.

No había pasado media hora y una pandilla de chavales que no iban tan preparados como los anteriores, preguntaron a María si iban bien para llegar a la Peña. María miró al cielo y les dijo que iban bien, pero que en poco tiempo llovería. Los mozos se rieron y siguieron monte arriba.

—Esta gente de ciudad o son unos atrevidos o no saben nada— refunfuñó María .

Colás que estaba atento a todo lo que sucedía, aunque estuviera dormitando en la entrada de la casa, salió escopetado del gallinero, lanzando palabrotas.

—Estoy hasta los cojones. Luego baja la niebla y a subir monte arriba con los del SEPRONA para buscarlos.

—Cálmate Colás. Ya estas acostumbrado y no te cuesta trabajo ayudar. ¡Pobre gente!Pisar hierba es lo único sano que les queda a los carbayones

—Pues que pisen el césped del parque, ¡coño!, que allí no hay que ir a rescatarlos cuando hace malo y se pierden.

—Cálmate Colás. Anda, vamos a comer que las fabes ya están cocidas. Además, hoy, Bertín trajo una hogaza de pan de Busdongo que huele a gloria bendita. Voy a abrirte una botella de vino de las que nos trajo Pachu de Benavente.

Marido y mujer comieron frente a la tele viendo el telediario.

“La pandemia sigue en aumento pese a las restricciones impuestas por el gobierno”. “Los ciudadanos utilizan su tiempo libre haciendo excursiones por la naturaleza”

—Ves Maria, todos vienen al monte y este pueblo parece la calle Uría en el día de America en Asturias. Y nos van a contagiar a todos nosotros. Este pueblo que no tiene a nadie enfermo… y vamos a morir todos. Hay que hacer algo. Voy a hablar con Josón y con los demás a ver que podemos hacer.

—¡Ay Colás… déjalo estar! No busques líos que estamos muy tranquilos.

—Tranquila estarás tú. Yo estoy harto de recoger la mierda que dejan estos mequetrefes, harto de ir a buscarlos y de que hagan fotos a todo lo que se menea en este pueblo.

Después de comer, ni ella ni él fueron capaces de hacer una siesta. Colás se levanto, puso la zamarra y las madreñas. Se despidió de su mujer diciéndole que iba al bar, a jugar a las cartas.

— ¿Qué pasa Colasón? Parece que vienes de malas pulgas —dijo Felipe, el dueño del único bar del pueblo.

— Si, no estoy muy contento, no. Estoy hasta los huevos de ver gente pasando delante de mi casa sin juicio… y todos van camino del Pico. Y como dicen que van haciendo deporte, nadie lleva puesta la mascarilla contra el bicho. Y no solo eso, después no miran el tiempo y … hale… a subir monte arriba cuando baja la niebla… Y para rematar todo el camino lleno de porquerías; que si bolsas de chucherías, que si bolsas del Alimerka, que si latas de cerveza y hasta botellas de sidra encontré el otro día…

— Coño, pero así el pueblo tiene un poco de vida y a mi me dejan algún euro en el bar –contestó Felipe

—No sé yo si merece la pena la ganancia por el estropicio que hacen

—De todo lo que dices tienes razón, pero a mi lo que más me preocupa ahora es el bicho. Y coño, es verdad que pasan todos con la cara descubierta.

— Que si Felipe, que sí, hay que hacer algo. Ahora estamos todos sanos y con todos estos vamos a acabar en Murias.

—¡Será en Santullano, que es donde está ahora el hospital!

—Entonces ¿lo cambiaron?

—¡Hace años! ¡Como se nota que estás como un roble, Colasón!

—Pues por eso mismo tenemos que cuidarnos, pa estar sanos como yo.

La puerta del bar se abrió y entró Xuanón hablando con Ernesto. Al poco rato llegó Josón y Pachu que encontraron a los demás sin haber comenzado la partida de mus. Estaban todos discutiendo. En un rincón del chigre estaba Nacho, el veterinario, tomando un café y escuchando el debate que los paisanos del pueblo, casi todos jubilados, tenían para ver que hacían con los excursionistas. Nacho no decía ni pio, no fuera que por decir lo que pensaba recibiera.

—Entonces ¿qué hacemos para que no entre el bicho en el pueblo?— preguntó Pachu mirando uno por uno a los tertulianos.

—Propongo ir a Pola a hablar con el alcalde y pedir que no los dejen subir —dijo Xuanón

—Ya… y tu piensas que van hacer caso a la señal que ponga el ayuntamiento? ¡Los cojones!. Esos no hacen caso de nada — dijo Ernesto.

—Pues entonces que pongan a la Guardia Civil en el cruce —propuso Josón

—Esos aparcan, están media hora y luego vienen al bar —gruñó Pachu que conocía a los guardias más veteranos.

—Pues nada, lo que hay que hacer es un piquete como en las huelgas y que no pase ningún forastero —se atrevió a decir Colás que andaba rumiando la idea durante todo el día— y si hace falta prendemos fuego al camino para que no pasen.

—¡Colás, no seas burro, hombre! ¿Cómo vamos a encender un fuego en el camino? Entre todos vais a joderme el negocio por culpa del bicho —le contestó Felipe cabreado.

Hasta aquel momento Nacho que se había mantenido en silencio y atento a la discusión levantó la cabeza y abrió la boca para decir que él apoyaba a Colasón. Todo el bar quedo callado mirando al muchacho que todavía no había cumplió los treinta.

—Chaval ¿tú que dices hombre? ¿Estas loco? No ves que si hacemos una barricada vienen los forestales, los picoletos, el alcalde y hasta el sursuncorda y se monta aquí la de Dios.

—Eso es lo que hay que hacer: montar una buena y que cojan miedo para que no venga nadie al pueblo a traernos el bicho. ¡Redios, que se queden todos en su puta casa, coño! —gritó Colasón

Felipe que llevaba un rato callado detrás de la barra mirando la tele, subió el volumen del aparato. Todos callaron y miraron a la pantalla. Estaban emitiendo una tertulia en la que hablaban del coronavirus. Nadie se atrevió a decir ni mu hasta un cuarto de hora más tarde cuando comenzó la serie de los zombis.

— Veis como lo de cortar la carretera es buena idea. Vale más hacer una gorda a que se ponga mal el asunto y luego que todos se ponga todo el pueblo enfermo a la vez —sentenció Nacho.

Al sábado siguiente, todavía no había amanecido cuando Xuacu, el de Teresa, acompañaba a Colasón en el tractor que arrastraba un remolque. Llevaban unos cuantos neumáticos y un par de troncos que habían talado en verano. Habían quedado en la carretera, a un par de metros del prao de Xuanón, a mitad de camino entre el cruce y el pueblo. Al cabo de un rato vieron llegar a los paisanos del pueblo con el azadón en el hombro. En poco tiempo tuvieron limpio de maleza el seto y también limpiaron la cuneta dejando la tierra a la vista. Podaron las ramas de los árboles que podían prenderse fuego. Felipe bajó el depósito de una tonelada lleno de agua y la moto bomba por si el tema se les iba de la mano.

A los críos del pueblo, que ya andaban por los dieciséis años, les mandaron carretera abajo con ordenes concisas; en cuanto vieran a un mochilero tenían que gritar la señal para que los mayores encendieran la mecha.

Fue a eso de las once cuando apareció un humo negro que se veía desde todo el valle. Los montañeros que ya formaban un grupo grande, sin dar crédito a lo que veían, sacaron los móviles y empezaron a grabar videos y fotografiar todos los detalles de la escena. En cuestión de un par de minutos, un helicóptero daba vueltas por el cielo que ese día estaba tan azul como el de Benidorm, cosa rara en aquella fecha. Después se oyeron un montón de sirenas que subían desde la carretera general por el camino al pueblo. La Guardia Civil, el SEPRONA y los bomberos fueron llegando hasta donde estaban quemando un par de leños de madera y dos neumáticos. Al otro lado del fuego aún no habían descargado los troncos de los cerezos y el resto de los neumáticos que llevaban en el remolque.

El sargento de la Guardia Civil dio orden al jefe de bomberos que apagaran la hoguera que interrumpía el paso a los excursionistas.

—Os dije que esto de la barricada no era buena idea… ¿Ahora qué? —se lamento Felipe tapando la cara con las dos manos.

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