Máscaras

Vestidos con bordados; zapatos de charol; trenzas y coletas; pendientes y pulseras. No fue el rosa el color de mi infancia. Los tonos pastel no decoraron mi habitación, tampoco mi vida. Tenía muñecas que nunca saqué a la calle. Una bicicleta con la que daba vueltas a la manzana. Me enseñaron a leer y jugar a las maestras. Con siete años hacía un rico pastel de coco y era capaz de entretenerme sola en casa sin hacer alguna travesura. Detestaba “arreglarme” para ir al médico o a comprar ropa en la ciudad

A los catorce las cosas cambiaron y salía a la calle embadurnada de cremas y sombras. Mi disfraz de ser mayor los sábados y los domingos me gustaba. Pero mejor enfundando unos pantalones que una falda, una camiseta que una camisa. Nada azul marino. Colores alegres y zapatos planos.

A los dieciocho me di cuenta que para ser mayor no había qué disfrazarse y que la belleza no requería pasarse dos horas en el baño entre coloretes, sombras de ojos, delineadores y rímel.

Debía de tener veinte cuando renegué del consumo de la cosmética y mi frase favorita era “quién me quiera, que sea por como soy”. Era el momento de darle más importancia al pensamiento que al cuerpo.

Y ahí seguí durante años. Invirtiendo lo mínimo en cremas y pinturas de guerra. Utilizando los rituales frente el espejo solo en días en donde el protocolo por ser mujer, me obligaba a llevar una sombra de ojos, labios de carmín y la raya negra disimulando unos párpados caídos. Amén de vestido y tacones con los que permanecer en pie y sin doblar el tobillo era un arte solo apto para equilibristas.

Es ahora cuando entiendo la necesidad del adorno y el por qué. El ritual del maquillaje significa esconder la experiencia que los años han dejado en nuestro rostro, ocultar la realidad de las ojeras que produce el insomnio, los surcos que se forman con las tardes de risas o de llanto. Aumentar la expresión de unos ojos que han dejado de sorprenderse ante la vida. Colorear de carmín unos labios que han dejado de besar con la pasión de la juventud.

El paso de los años guarda la experiencia y la sabiduría en un contenedor gris, carente de rótulos luminosos. Lo conocido pierde interés y lo viejo se abandona en un rincón.

Nos miramos en el espejo del presente y vemos como todo ha cambiado. Observamos a los jóvenes y nos damos cuenta de que vimos nacer a los adultos de treinta. Vemos reflejado nuestro rostro irreconocible, en nada parecido al de las fotografías descoloridas que guardamos en el álbum familiar. Somos mayores. Somos los mayores que queríamos ser a los catorce cuando nos pintábamos para llamar la atención. Igual que ahora, necesitamos esa atención que los demás ponen solo en los rótulos de colores. Necesitamos borrar los surcos que la vida ha hecho en nuestros rostros. Irremediablemente buscamos un ayer que nunca vendrá. Y cómo entonces ponemos la mascara que oculte la realidad.

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