Lugares por descubrir

La realidad de la pandemia

El mapa de la tablet no sabe nada de contagios, ni de brotes, ni de pandemia. Tal vez de aquí a unos años aparezca el dibujo del bicho verde al lado del dibujo del castillo o del la cámara de fotos. Mientras eso no ocurra, para conocer la situación geográfica de la pandemia no queda otra que guiarnos por las noticias del Ministerio de Sanidad.

Cualquier viaje es una aventura y comprende un riesgo. No importa escalar una montaña o hacer rafting en un río. Salir de nuestra zona de confort y asumir situaciones diferentes en lugares diferentes es aventura. Cada verano salimos de nuestra casa con una idea genérica apenas sin planificar. Este año ha sido diferente.

Teníamos claro que mientras las autoridades nos dejaran circular, cruzaríamos el Mediterráneo con la furgo. Habíamos aprovechado una muy buena oferta de la compañía naviera en el mes de marzo que incluía el precio de la furgo y pese que el mes de marzo la situación era crítica, no perdimos la esperanza. Cuando en junio se levanto el estado de alarma el brillo de la ilusión volvió a verse en la mirada. Bel fue la primera que nos dijo “¡ya podemos viajar! Este año volverá a haber viaje en furgo y camping ¿no?”. Mi marido y yo nos miramos sorprendidos y volvimos la mirada a nuestra sobrina de dieciséis años.

Después de aquella tarde comenzaron los rebrotes y la idea inicial de visitar la costa de Oporto en Portugal fue perdiendo fuerza. Poco a poco se diluyeron las visitas a la librería Lello, a Guimaraes, a la playa de Vila Chä… Decidimos posponer para otra ocasión la visita al país vecino. Lo mejor sería quedarnos en territorio español y ver cómo evolucionaban los rebrotes.

Desechamos la visita a Albarracín, a Bronchales y a Zaragoza. El numero de casos en Aragón aumentaba exponencialmente y no era cuestión de arriesgar llevando con nosotros dos adolescentes.

Ningún medio hablaba de la situación de los casos positivos. No sabíamos el numero de pacientes en UCI, ni la gravedad del estado de los que engrosaban las cifras. Las autonomías habían incrementado el número de pruebas PCR y era lógico que aumentaran los casos diagnosticados.

Todo parecía indicar que las paradas y las visitas en nuestra travesía se limitarían a lo imprescindible, una noche en algún hotel y a la mañana siguiente continuar la ruta hasta llegar a la casa de Asturias. Nada de camping, nada de visitas, nada de nada.

A Bel y a su amiga Alba les daba igual, al menos estarían en Asturias y por poco que saliéramos, algún paseo por el monte sí que se harían.

Nosotros no nos conformábamos y seguimos recorriendo palmo a palmo el mapa, contrastando con la información de cada día y buscando rutas seguras o al menos con el mínimo riesgo posible de contagio de Covid-19. Descartamos las grandes urbes y los monumentos muy conocidos y que podrían tener aglomeraciones aunque sólo fuera para ver la fachada. Sólo quedaba la opción de que estas vacaciones fueran las mas rurales de los últimos años y aún así habría que descartar bastantes poblaciones que nos interesaban.

Visitar la España deshabitada era una opción y dentro de ella los pueblos de la cornisa cantábrica. Evitar la canícula del mes de agosto era un objetivo inegociable. Otro filtro a aplicar, el lugar debía tener un camping que nos garantizara una condiciones higiénicas buenas y que admitiera perros en la parcela.

La cosa se complicaba. Los buenos campings de primera categoría (los que esperas que en cuestión de higiene sean correctos) tenían precios demasiado elevados para el presupuesto y además no admitían perros.

Un par de días antes de zarpar rumbo a la península elegimos el hotel para hacer noche y el camping en Euskadi que cumplía todos los requisitos.

Viajar en furgo esquivando los rebrotes

Cinco horas de travesía con Balearia en el Cecilia Payne, un catamarán de 87 metros de eslora y 24 de manga. Llegamos a Denia a la hora prevista. 35° y algo de tráfico. Parada en el área de servicio del Rebollar, antes de llegar a Requena, parada técnica y comida. 10 euros un plato de huevos fritos, ensaladilla y dos cañas. El calor nos quita el hambre y aumenta la sed. Las botellas de agua fría que llevamos en la nevera portátil se acaban de forma proporcional a la temperatura que va en ascenso.

Seguimos hasta Cuenca con un sol de justicia. El aire acondicionado nos alivia hasta que volvemos a bajarnos de la furgo, en el aparcamiento gratuito en la parte mas alta de la ciudad vieja, al lado de lo que algún día fue un castillo y dónde las sombras escaseaban. Caminamos unos metros cuesta arriba, buscando vistas a los meandros del río que circunda la ciudad, sin conseguirlo. Para llegar caminando al mirador, un par de cientos de metros mas arriba, que según la guía, las vistas eran espectaculares, necesitaríamos que el sol se apagara o que de repente bajaran veinte grados. Era mas fácil continuar hacía abajo y fotografiar el monasterio de San Pablo. En el siglo XVI, este monasterio, se construyo (1523) en la Hoz del Huécar, albergó a los dominicos. Cinco siglos mas tarde, el 3 de abril de 2005 es declarado bien de interés cultural y hoy es Parador Nacional

Subir cuesta, bajar cuesta. Así es el casco viejo de Cuenca. Con sus calles adoquinadas y edificios construidos en otros siglos, fuimos recorriendo la arquitectura de una ciudad fundada por árabes y conquistada por reyes cristianos.

Llegamos demasiado tarde para adentrarnos en las naves de la catedral de Santa María y San Julián, reconstruída en varias ocasiones desde su construcción inicial entre los años 1196 al 1257; y demasiado temprano para disfrutar de la algarabía de las terrazas de bares y restaurantes que la acompañan en la plaza.

Cuenca, en verano, despierta cuando se pone el sol. Los niños juegan bajo las agujas del reloj de la ciudad. Ese reloj que observa la ciudad desde lo alto de la Torre de la Mangana o “Torre de las horas” toca las horas desde hace siglos, indicando a conquenses y forasteros el paso del tiempo desde su asentamiento de un Alcázar árabe.

Y abajo, en lo más profundo del cañón, el río. Ese río silencioso en verano que se esconde, entre el verde de los árboles y las sobras del puente de San Pablo y de las casas colgantes; separando las dos Cuencas, la del burgo y la del clero. Deshacemos camino tras sentir el crujir de las tablas que dan paso en la grandiosa estructura aposentada en pilares de piedra y hierro. Dejamos para otra visita los museos del arte abstracto y el de la ciencia y callejeamos por callejuelas y plazas hasta que el estomago nos alerta de la hora de la cena.

El TripAdvisor nos indica un lugar para cenar a buen precio. Dejamos atrás los edificios medievales. La furgo nos lleva a la ciudad moderna, frente a los juzgados nuevos. Allí está Estudio 5. En Facebook dice que es una hamburguesería. ¿Terraza o interior?

Laya y Nima se han quedado descansando y aprovechamos el aire acondicionado. Luis Miguel nos prepara la mesa y vamos leyendo la carta descargada mediante el escaneo del código QR. Una buena cena, buen trato y buen precio.

Volvemos al hotel, en dónde aún no habíamos hecho el check in. Alejado de la ciudad, dormimos a precio de ganga. Sin lujos pero con mas de lo necesario (tele y wifi) descansamos lo suficiente para afrontar la segunda jornada .

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