En la playa

Segunda parte de “La fiesta”

Mi mano izquierda se deslizaba sobre la piel aterciopelada, llegando con la yema de los dedos a dónde la vuelta atrás era casi imposible. La excitación carecía de sentido racional. Alguna vez me había imaginado como podía ser acariciar a una igual a mi, y sin poder evitarlo mis dedos exploraban los recovecos de aquella ninfa que permanecía en estado catatónico; los dedos de la mano derecha ya jugueteaban con las profundidades húmedas de una vagina aletargada por la monotonía, los kilos de mas y la prostatitis de Jaques; los de la izquierda se esforzaban en explorar.

Veinte años de diferencia en la edad, eran muchos años. La seguridad en abordar el sexo, a los cincuenta, permitía disfrutar sin tapujos, ni prejuicios, ni vergüenzas. Los problemas de salud y nuestra vida sedentaria evitaban la exigencia de una relación carnal plena. Tal vez fue por eso que cada día nos íbamos distanciando poco a poco y pasábamos menos tiempo juntos. Cada mañana, Jaques, salía de casa después de desayunar en el porche y de comentar las noticias de los diarios digitales. Nunca comentaba su plan del día. Aprendí a no preguntar después de que una mañana, me dejó claro que no debía de entrometerme en sus cosas. Celoso de su vida mas privada, reservaba los acontecimientos de sus negocios, sus preocupaciones y también gran parte de sus amistades para una vida paralela a la nuestra de la que desconocía casi todo.

Durante la cena, solía contarle cada minuto de mi día; lo que hacía hecho por la mañana, a quien había visto por la tarde en el club de golf, las discusiones con los compañeros de profesión que no paraban de quejarse de lo mal que se pagaban las colaboraciones. No ocultaba nada y por ello, a veces, me reñía —dar a conocer tanta información sobre ti misma te debilita ante los demás. Das a conocer tus puntos débiles y te harán daño en cuanto te descuides—solía reprocharme. No lograba entender su racionamiento hasta aquel día en que recibí una amenaza por mail. Al principio me lo tomé como una broma, después llegó otro y al cabo de quince días comenzaron a pasar cosas extrañas a mi alrededor. Durante un mes, cada lunes me retrasaba en llegar a la oficina por culpa del coche, “presión baja en el neumático izquierdo trasero”, ”presión baja en neumático delantero derecho”, “fallo motor” y así un innumerable de mensajes en el display del Toyota que achaqué a la mala suerte, a la fabricación de aquella serie de RAV4 o los astros. Para nada pensé que se tratase de alguien de la oficina o del entorno en el que pasaba mi tiempo libre en mis múltiples actividades culturales; mis clases de pintura, el club de lectura, el gimnasio del club de golf o entre el grupo de fotógrafas que solíamos juntarnos entorno a la tertulia de imagen y sonido que habían creado unos ex-empleados del estudio en dónde trabajaba como freelance.

Absorta en aquellos pensamientos me sorprendió un fuerte golpe en el casco de la embarcación. Rodé hacia babor enganchando la mano entre las bragas de la rubia. Había conseguido soltarme y ponerme de pie cuando otro golpe me tiro encima de las dos mujeres que seguían respirando inmóviles encima de la cama del camarote de proa. De un salto salí escaleras arriba, a cubierta. Alrededor de la embarcación me constaba que no había peligro de golpearnos contra una roca. El ancla tenía la longitud suficiente como para no alejarse hacia ningún peligro. Subía la escalerilla cuando otro golpe me tiró hacia atrás. Me levanté y subí los cuatro escalones. Desde la popa miré a mi alrededor. El agua se movía, las olas golpeaba el casco. Avancé hasta la proa, y vi la estela que dejaba una embarcación a motor, sin que se distinguiera la embarcación.

El oleaje se había calmado como también se había calmado la excitación que tenía hacía unos minutos, miré el reloj. Jaques no había vuelto. Las rubias no despertaban y seguía buscando excusas para no irme de aquella cala. Pensé en que en realidad no era necesario zarpar y regresar al puerto. La distancia era grande y el sol bajaba hacia el horizonte.

Con una bolsa de basura en mano fui recorriendo todos los rincones tirando los restos de la fiesta. Saque un cubo y una fregona del cofre de proa y limpie la cubierta. Mas tarde bajé a preparar algo de picoteo. Miré a la cama y las mellizas habían cambiado de postura, en dónde estaban los pies de una, ahora estaba la cabeza. Me senté en el extremo de la mesa y desde allí me quedé observándolas mientras ingería Quelitas con tacos de queso que había encontrado en el fondo de un armario. Abría una botella de cerveza cuando una nueva embestida en el casco de babor hizo que me atragantara. Subí los cuatro escalones y ví como una planeadora se alejaba a una velocidad impresionante. Me asomé por la borda y ví una grieta por encima de la línea de flotación. Las embestidas no las había producido el oleaje. La grieta no era muy grande y no parecía que tuviera mayores consecuencias. Vi la ola al dar media vuelta, era enorme. Sentí el impacto de las balas en el mástil antes de caerme.

—Esto es todo lo que recuerdo, agente —

—No se preocupe señora, si recuerda algo mas háganoslo saber. Mañana volveremos a visitarla. Ahora descanse.—

La enfermera llegó con el carro de curas y con una sonrisa, cerró la puerta tras los pasos de los dos agentes de la policía. Desde hacía una semana, la visita de los agentes se producía a la misma hora de la cura de las heridas de Paula. Varias fracturas abiertas en la pierna derecha y una herida de bala que le atravesó la cadera. Había tenido suerte y el proyectil no había rozado las arterias principales. No había tenido tanta suerte al golpearse en la cabeza, el TAC había mostrado un ligero derrame y una fisura que le producían dificultad en el habla y perdida de memoria.

— ¿Cómo se encuentras esta mañana? — la enfermera le hacía la misma pregunta cada día desde hacía un par de semanas mientras le retiraba los vendajes para hacerle las curas. Ella contestaba con una sonrisa triste, postrada en la única cama de aquella habitación desde la que se veía el Mediterráneo y la ciudad de Palma. Solamente la policía venia cada mañana. Nadie había preguntado por ella desde que la ambulancia escoltada por un coche patrulla la trajera aquella noche. La guardia costera había avistado un cuerpo desnudo en la orilla de la playa. Se acercaron para desembarcar y fue cuando se dieron cuenta de que aquel cuerpo rodeado de un charco de sangre aún estaba con vida. Los refuerzos policiales rastrearon la zona pero no lograron encontrar nada ni a nadie que se relacionara con aquella mujer que presentaba un disparo de un arma muy potente.

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