Urueña. Un lugar para leer.

Los árboles bailaban con el viento o debería decir con los vientos porque sentía que me arañaba por todos lados como si viniera cargado de cristales rotos. Coloqué la bufanda de colores a modo de pasamontañas sin quitarme los mitones. Cuando los tejí no recordaba el frío de los Campos de Valladolid. Demasiado tiempo de aquel diciembre del noventa y siete cuando, de camino al trabajo en la ciudad, se hacían escarchas de hielo en mis pestañas. En las gafas, las gotas de lluvia no me dejaban ver las casas de adobe. Subí la cremallera del anorak. La muralla medieval no era capaz de detener el temporal. No supe si porque era domingo de diciembre o porque vivía muy poca gente en el pueblo, éramos los únicos transeúntes deambulando por el adarve y los cubos. Desafiando a Meteo, quería ver los campos que en aquellos días se teñían de verdes. 

Un turista, con la misma cara de frío que yo llevaba, se cruzó sin mediar palabra. Un hombre con ropa de trabajo nos dijo buenos días.

En la plaza vi un cartel que ponía “librería”. En el cristal un cartel con el horario. Faltaba menos de media hora para el cierre. Sin dudar, abrí la puerta de madera y cristal, la de la derecha. No sonó ninguna campanilla ni el maullido de ningún gato. Olía a papel y madera. Una pared con fotografías en blanco y negro, de políticos y presidentes, se habían hecho hueco entre los libros; justo enfrente de la puerta, como queriendo recibirnos. Las fotos eran originales, se notaba. Eran fotos hechas desde distancias relativamente cortas. Eran imágenes que recordaba de haberlas visto en algún lugar. Supuse que la imaginación me estaba haciendo una jugarreta o que tal vez fueran similares a las de algún periódico o fueran premios de foto-periodismo. Al fin y al cabo las fotografías a políticos y presidentes se repiten a diario en cada periódico. Volví a mirarlas con más detenimiento. Allí también había imágenes de conflictos armados, de países en guerra.  Recordé a Bauluz, pero aquellas fotos no eran de Javier. Me giré y vi una vitrina de cristal que guardaba unas cuantas cámaras fotográficas. Todas reflex, todas profesionales. Aquel lugar era un lugar mágico. Contenía mis dos pasiones: fotografía y libros. Las estanterías de madera cubrían las cuatro paredes de la estancia repletas de libros que llegaban a un techo también forrado de madera. Me sentí nerviosa, como un niño en una tienda de juguetes. No sabía para dónde mirar. Los ojos no acertaba a leer los títulos. Aquel pequeño lugar era la librería que siempre había soñado tener. Respire hondo. Vi un libro de Leguineche entre otros muchos títulos que conocía. Pensé en comprarlo. Luego se me olvidó. La emoción no me dejaba buscar y elegir como lo suelo hacer cada vez que me pierdo en una librería. Había muchos libros de viajes. En un montón, sobre la mesa central vi que Urueña era el título de un pequeño libro que parecía una guía del pueblo. Movida por un resorte invisible cogí el libro y sin mirarlo me fui al fondo de la librería. Allí estaba Tamara. Su nombre lo supe después de la visita a Urueña. Le pregunté por el libro que tenía entre mis manos. Me explico que era de imágenes de fotos que Fidel Raso había tomado en distintos momento. Le pregunté si tenía más libros sobre el pueblo. Me enseñó otro, más técnico, más histórico. Una cosa llevó a la otra y entablamos una conversación. Yo quería saber todo sobre aquel pueblo de Castilla que salía en las guías de viajes y en algún artículo sobre libros. Era la Villa del Libro y no lograba entender cómo y por qué aquel pueblo tuviera la fama de ser el pueblo en dónde más librerías había por número de habitantes. Al principio noté cierta extrañeza ante mis preguntas sin atisbo de gesto alguno, esa intuición que casi nunca me falla y que me hace sentir lo que nadie ve. Pero ella, respondiendo a mis preguntas, fue contando cosas del libro, del pueblo, de la librería. Pausadamente, sin prisas. En Urueña no parecía que alguien tuviera prisa. Yo si tenía prisa. Esa prisa por no llegar a ningún sitio. Nadie nos esperaba y teníamos unas vacaciones sin planes. Tamara nos contó su amor por los libros viejos y nuevos. Algunas peculiaridades de aquella librería más parecida a una biblioteca particular que a lo que los grandes mercados de libros nos han acostumbrado. Su voz dulce y suave, de ritmo acompasado hacía que fuera un placer escuchar sus explicaciones. 

Perdí unos instantes la noción del tiempo. Me hubiera gustado quedarme allí mismo, en un rincón, viendo pasar los días y los viajeros de Urueña. Haciendo cualquier cosa, ayudando en cualquier tarea. Sin importar salario, vivienda… nada. No necesitaba nada para disfrutar de aquel paraíso de calma repleto de historias. La admiraba. Tamara debía tener mi edad y allí estaba entre sus libros haciendo probablemente lo que más le gustaba hacer, leer; apartada del mundo y tan sumergida en el.

Nos contó que en el club social se comía bien si lo que queríamos era tapear. Que no nos extrañara lo de “centro social”. Volví a imaginar… un lugar llenos de mayores ociosos contando batallitas o un centro con televisión y un futbolín con la música a todo volumen en dónde los jóvenes del lugar tramaban sus fiestas. No. El Centro Social era eso mismo, literalmente un centro social. Fuera de las murallas, más parecido al bar del pueblo que a los antros que me había imaginado. Tenía varias estancias y por los carteles vi que también era el consultorio de un médico que pasaba visita un par de días a la semana. También debía de tener una sala en dónde hacer eventos. A la derecha, según se entra, está el bar; cuatro mesas y la barra. En una de las paredes la carta. El camarero de nuestra edad o de la edad de Tamara, atendía a los lugareños en la barra y a otros clientes de las mesas. Quitamos nuestros abrigos y enseguida, una mesa quedó libre. Pedimos un caldo, unas carrilleras y queso de cabra con cebolla caramelizada. La presentación era exquisita y la comida espectacular. 

Urueña, es sin duda la sorpresa del año que acaba. El lugar para perderse entre sus calle, por sus caminos y encontrarse leyendo un libro a la sombra de su ermita románica. Sacando fotos a las mañanas de niebla o a la recogida del cereal. Conversar tranquilamente con esas gentes del campo que mirando al cielo te dicen lo que pasará mañana. O simplemente viendo pasar el tiempo lentamente en alguna plaza o corro, como dicen allí.

A Tamara se le olvidó contarnos que el libro “Urueña. Un destino de primera”, lo había escrito ella, si que dijo que las fotos eran de Fidel Raso; pero la brevedad de la visita fue tiempo suficiente para descubrir sin querer que había conocido a una periodista amante de la buena literatura, de los viajes y de los gatos. Una mujer, de esas pocas que existen, llenas de magia que te gustaría tener cerca y compartir historias tomando un té y un pedazo de tarta de manzana.

Regresaré a Urueña cuando Bóreas se duerma. Oleré las amapolas, el tomillo y la lavanda, los endrinos y los rosales silvestres. Entraré en sus museos.Y por la noche, con una copa de vino, escucharé a la lechuza ulular y leeré uno de esos libros que te hacen viajar.

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